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Yuri Herrera – La transmigración de los cuerpos (PDF-EPUB)

Yuri Herrera – La transmigración de los cuerpos (PDF-EPUB)

Yuri Herrera - La transmigración de los cuerpos (PDF-EPUB)

Yuri Herrera – La transmigración de los cuerpos (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Yuri Herrera – La transmigración de los cuerpos (PDF-EPUB)

Lo despertó una sed lépera, se levantó y fue a servirse agua pero el garrafón estaba seco y del grifo escurría nomás un hilo de aire mojado. Miró con rencor el tercio de mezcal sobre la mesa y sospechó que ése iba a ser un día horrible. No podía saber que ya era, desde hacía horas, verdaderamente horrible, mucho más que el infiernito íntimo que se había procurado a tragos. Decidió salir a la calle. Abrió su puerta, se extrañó de no ver trajinando en el pasillo a la Ñora, que vivía ahí desde que la Casota era la Casota y no dos pisos de casitas para gente a media desgracia, abrió la puerta principal y salió. Nomás dar un paso afuera, un torzón en la espalda lo alertó de que había algo mal.

Supo que no estaba soñando porque sus sueños eran muy vulgares. Cuando lograba dormir varias horas a la vez, soñaba; pero sueños tan vívidos que no servían de descanso, pequeñas variaciones de sus trayectos vulgares y sus conversaciones vulgares y sus miedos de siempre. A veces se le caía la dentadura, lo demás era vulgar; no como esto.

Un zumbido: luego el compacto bloque de mosquitos maniatando un charco de agua como si lo quisieran levantar. No había nadie, nada, ni una sola voz, ni un otro ruido cualquiera en esta avenida que a esta hora ya debía anegarse de coches.

Entonces miró mejor: el charco empezaba a los pies de un árbol, como si alguien se hubiera apoyado en él mientras vomitaba; y lo que sorbían los mosquitos no era agua, sino sangre.

Tampoco había viento. Al atardecer arreciaba con madre, al menos una brisa leve ya debía haber, y lo que había era un letargo sólido: las cosas se sentían mucho más presentes porque de verdad parecían abandonadas a sí mismas.

Cerró la puerta, se quedó un segundo parado frente a ella sin saber qué hacer.

Regresó a su cuarto y ahí también se quedó de pie, observando la mesa y la cama. Se sentó en la cama. Lo que más lo asustaba era no saber a qué tenerle miedo; estaba acostumbrado a lidiar con imprevistos, pero hasta los imprevistos tenían sus límites, uno podía confiar en que al abrir la puerta cada mañana el mundo no se habría vaciado de gente. Esto era como si hubiera dormido en un elevador y al despertarse las puertas estuvieran abiertas en un piso que no sabía que existía.

Una cosa a la vez, se dijo, luego vemos qué chingaos, ahora agua. Agua. Levantó la nariz, volvió a observar con atención su casa y dijo en voz alta Claro. Se levantó, fue al baño con un vaso de vidrio, alzó la tapa del tanque y vio que apenas si quedaba un fondito de tres dedos; se había levantado a mear durante la noche, y el tanque no se había vuelto a llenar después de jalarle. Raspó el fondo del tanque pero nomás le alcanzó para medio vaso. Le quedaba una sola gota de agua en el cuerpo y ésta había elegido un lugar preciso en la sien para taladrar su salida.

A la chingada, se dijo, ¿de cuándo acá les creo tanto a esos cabrones?

Cuatro días atrás parecía una broma el sonsonete, el susto que te pegan al cruzar la puerta para luego decir Tranquilo, sólo soy yo. Todos lo sabían: si era algo, era una chingaderita. Que la enfermedad era cosa de un bicho y el bicho se mantenía nomás en barrios insalubres. El problema podía arreglarse a periodicazos en la pared. Quien no tuviera para periódico podía usar las suelas; no había que estar arreglándoles todo, como si ser jodido fuera un mérito. ¡Te caes de hambre! se popularizó decirle al que estornudara o tosiera, se mareara o dijera ay.

En la Casota, sólo el piso de abajo estaba habitado, y sólo el estudiante anémico se había asustado de veras. A partir de las advertencias lo escuchaba correr hacia su puerta y espiar por la mirilla si alguien entraba o salía del edificio. La Ñora sí siguió saliendo a vigilar qué tanto hacía la gente de la cuadra. Y a la Tres Veces Rubia la había visto salir una mañana, con su novio. Lo trastornaba tener a la Tres Veces Rubia tan cerca, durmiendo y despertando y bañándose a pared y baldosas de distancia; que apretara su carne con tallas minúsculas, que la línea de las bragas le sonriera al alejarse. La Tres Veces Rubia nunca lo registraba, ni siquiera si coincidían al salir y él decía Disculpe o Pásele o Por favor, salvo en una ocasión en que ella iba con el novio y por un momento no sólo se había vuelto a mirarlo sino que le había sonreído…

Título:La transmigración de los cuerpos (PDF-EPUB)
Autores: Yuri Herrera
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 854 MB
Formato: PDF-EPUB

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Yuri Herrera - La transmigración de los cuerpos (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Yuri Herrera - La transmigración de los cuerpos (PDF-EPUB) Lo despertó una sed lépera, se levantó y fue a servirse agua pero el garrafón estaba seco y del grifo escurría nomás un hilo de aire mojado. Miró con rencor el tercio de mezcal sobre la mesa y sospechó que ése iba a ser un día horrible. No podía saber que ya era, desde hacía horas, verdaderamente horrible, mucho más que el infiernito íntimo que se…

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