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William Boyd – Tormentas cotidianas (PDF-EPUB)

William Boyd – Tormentas cotidianas (PDF-EPUB)

William Boyd - Tormentas cotidianas (PDF-EPUB)

William Boyd – Tormentas cotidianas (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro William Boyd – Tormentas cotidianas (PDF-EPUB)

Empecemos por el río —todo empieza en el río y lo más seguro es que también acabemos en él—, pero vamos a esperar para ver como se desarrolla la cosa.

Enseguida, dentro de uno o dos minutos, llegará un joven y se detendrá junto a la orilla, aquí mismo, en el londinense puente de Chelsea.

Ahí está, mírenlo: se apea del taxi con aire dubitativo, paga al taxista y, tras echar una mirada irreflexiva alrededor, se asoma a las aguas relucientes (hay marea alta y el río está más crecido de lo habitual). Es un hombre alto y pálido, de unos treinta y pocos años, con facciones armoniosas, el rostro afeitado y el pelo corto y oscuro, recortado con esmero, como si acabase de salir de la peluquería. Está recién llegado a la ciudad, es un forastero, y se llama Adam Kindred. Acaban de entrevistarlo para un trabajo y le apetece asomarse al río —la entrevista ha sido el típico encuentro tenso en el que hay mucho en juego— para satisfacer un deseo indefinido de «aire fresco», como quien de buenas a primeras emprende un viaje a la costa. La entrevista es el motivo por el cual, bajo una gabardina de las caras, viste un traje gris marengo con camisa blanca de estreno y corbata granate, y lleva un maletín negro de aspecto robusto con cierres y ribetes de latón macizo. El joven cruza la calle sin sospechar, ni por lo más remoto, el cambio enorme e inexorable que su vida va a sufrir en las próximas horas.

Adam se acercó al alto parapeto de piedra que bordeaba la calle en curva hasta el puente de Chelsea y, apoyándose en él, se asomó al río. La marea está alta, advirtió, y sigue subiendo: la corriente discurría en sentido contrario al normal, y los detritos flotaban río arriba a una velocidad sorprendente, tierra adentro, como si se hubiese invertido el proceso habitual y en ese momento fuese el mar el que vertía sus inmundicias en el Támesis. Mientras paseaba por la ancha acera del puente en dirección al centro del río, Adam dejó vagar la mirada hacia el oeste, desde las cuatro chimeneas de la central eléctrica de Battersea —velada una de ellas bajo una maraña de andamios— hasta las dos de la central eléctrica de Lots Road, pasando por el pináculo dorado de la pagoda de la Paz. Los plátanos de sombra de Battersea Park, en la orilla de enfrente, aún no habían echado todas las hojas; los únicos árboles que lucían un follaje denso y precoz eran los castaños. Primeros de mayo en Londres…

Adam se volvió y miró hacia la orilla de Chelsea: más árboles. Había olvidado lo verdes que eran algunas zonas de Londres, boscosas casi. Los tejados de las imponentes mansiones victorianas de ladrillo rojo se erguían por encima de las copas de los plátanos del Embankment, la avenida ribereña. ¿Qué altura tendrían? ¿Veinte, veinticinco metros? Salvo por el rumor incesante del tráfico, algún que otro claxon y la inevitable sirena estridente, Adam no se sentía en absoluto en mitad de una inmensa metrópolis: los árboles, el ímpetu silencioso de la marea fluvial que crecía bajo sus pies y esa luminiscencia particular que emiten las masas de agua lo calmaron. Había hecho bien en ir al río. Es curioso, pensó, como nos dejamos arrastrar misteriosamente por ciertos instintos.

Volvió sobre sus pasos con la vista fija en un área sin edificar situada al oeste del puente, un triángulo nítidamente delimitado por el propio puente, la orilla del río y los cuatro carriles de la avenida. El terreno parecía mayor por la vegetación: hierba alta y espesa, árboles y matorrales frondosos y sin podar. Un solar así, pensó distraídamente Adam, en esta zona, debe de costar una fortuna, aunque sea un triángulo estrecho y alargado; y construyó mentalmente un edificio de tres plantas en forma de cuña con doce apartamentos coquetos con su terraza y todo. Pero entonces reparó en que para eso tendría que talar una higuera enorme y vetusta que había cerca del río, de unas cuantas décadas de antigüedad, calculó según se acercaba, aunque seguía echando unas hojas grandes y lustrosas, tiesas y frescas. Una venerable higuera a orillas del Támesis… Qué extraño, pensó. ¿Quién la habría plantado? ¿Qué había sido de los frutos? Le vino a la mente la imagen de un plato de jamón de Parma e higos frescos partidos por la mitad. ¿Dónde había comido eso? ¿En su luna de miel en Portofino con Alexa? ¿O antes? Tal vez en una de sus vacaciones estudiantiles. Se dio cuenta de que pensar en Alexa era un error, pues la serenidad recién conquistada se vio sustituida de inmediato por el pesar y la rabia, de modo que se concentró en las pequeñas punzadas de hambre que empezaba a experimentar, y de repente, al pensar en los higos y el jamón de Parma, tuvo un antojo de comida italiana, pero de la versión más sencilla, honrada y elemental: insalate tricolore, pasta vongole, scallopine al limone, torta di nonna. Sí, con eso tendría suficiente.

Título:Tormentas cotidianas (PDF-EPUB)
Autores: William Boyd
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.9 MB
Formato: PDF-EPUB

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William Boyd - Tormentas cotidianas (PDF-EPUB) Introduccion del Libro William Boyd - Tormentas cotidianas (PDF-EPUB) Empecemos por el río —todo empieza en el río y lo más seguro es que también acabemos en él—, pero vamos a esperar para ver como se desarrolla la cosa. Enseguida, dentro de uno o dos minutos, llegará un joven y se detendrá junto a la orilla, aquí mismo, en el londinense puente de Chelsea. Ahí está, mírenlo: se apea del taxi con aire dubitativo, paga al taxista y, tras echar una mirada irreflexiva alrededor,…

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