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Victoria Álvarez – Contra La Fuerza Del Viento (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

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Introduccion del Libro Victoria Álvarez – Contra La Fuerza Del Viento (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

La primera vez que embarcó se obligó a pensar que podría ser la última. Su padre siempre le había dicho que la mar era una amante traicionera a la que no convenía tomarse a la ligera, y ningún marinero respiraría tranquilo hasta estar seguro, como sus compañeros en aquel momento, de que el peligro había quedado atrás y de que en unas pocas horas el enorme río que remontaban los conduciría sanos y salvos a puerto. Había motivos para estar satisfechos, y él lo sabía de sobra: la expedición había tenido el éxito que esperaban, sus bolsillos estaban llenos y seguramente la ciudad les recibiría con honores en cuanto pusieran un pie en ella.

Suspirando, estiró los dedos para tratar de desentumecerlos antes de aferrar de nuevo las asas. ¿Por qué se sentía entonces tan inquieto?

¿De dónde venía aquel presentimiento que le atenazaba el estómago desde que había abierto los ojos por la mañana, como si alguien le estuviera susurrando al oído que habían pecado de soberbios y que lo peor aún estaba por llegar?

Todavía le costaba reconocer sus propias manos cuando las veía apoyadas sobre la rueda del timón, como si fueran demasiado pequeñas para aquel trabajo, o demasiado grandes para pertenecer a un muchacho que había abandonado su casa solo unos meses antes. «Acabarás acostumbrándote —le había dicho Smith, el antiguo timonel que de vez en cuando subía de las cocinas para echarle una mano—. Todos hemos tenido miedo la primera vez que nos tocó hacernos cargo de una bestia como esta.»

Bestia, aquella era la palabra. Un monstruo que ronroneaba mansamente entre sus dedos pero que apenas unas horas antes había cabalgado entre bramidos sobre las olas del golfo de México. El sol se había puesto hacía tiempo sobre los cuerpos y maderos a la deriva que habían dejado a sus espaldas, y en aquellos momentos la noche era negra como el pecado. Las velas se agitaban como fantasmas sobre sus cabezas, meciéndose con la brisa que hacía crujir la arboladura y arrastraba hasta ellos el aroma del pantano.

«El aroma del hogar.» El joven se preguntó si alguna vez sería capaz de pensar en la ciudad a la que se dirigían como en un auténtico hogar. Habría dado cualquier cosa por compartir el buen humor de los marineros que charlaban en la toldilla, matando las horas que quedaban para que acabara la guardia de prima con sus cartas y sus petacas.

—Una mulata auténtica, pero tan blanca que a la luz de las velas la confundirías con una damisela recién venida de Europa. No me extraña que esté siempre tan solicitada… —dijo un joven.

—Creo que Dave tiene tantas ganas de desembarcar que si no le sujetamos se tirará al agua en cuanto aparezcan las luces de Nueva Orleans —comentó otro hombre, arrancando un coro de risotadas a su alrededor—. Tu amiguita seguirá esperándote, no importa lo que aún tardemos en llegar. ¡Por lo menos mientras no te presentes en su casa con las manos vacías!

El joven, sin soltar las asas del timón, se volvió para echar un vistazo al círculo de marineros sentados en el suelo. Habían colocado un candil sobre la cubierta y sus rostros parecían flotar en medio de un resplandor anaranjado. Lo único que iluminaba el resto del bergantín era el resplandor de las estrellas.

—Maldita sea, con tanto hablar de mujeres se nos ha ido el santo al cielo —protestó otro de los hombres mientras recogía las cartas desperdigadas—. Hemos escogido la peor noche del viaje para apostar. Ahora mismo todos tenemos una única idea en la cabeza.

—No es para menos —rezongó Dave—. Una semana más encerrados aquí dentro y acabaría enamorándome de Smith.

—Estáis escandalizando al muchacho —oyó que les advertía el antiguo timonel, y las carcajadas se hicieron aún más fuertes. Incluso el aludido se permitió esbozar una sonrisa—. No nos hagas caso, chico; creo que todos tenemos la sangre demasiado caliente esta noche.

Rezongando entre dientes, el anciano apoyó una mano en la cubierta para tratar de ponerse en pie. El crujido de sus articulaciones siempre le recordaba al de los mástiles.

—Charlie —le oyó decir en voz más baja, aproximándose al timón—. ¿Va todo bien?

—Claro que sí —contestó el joven, un poco sorprendido—. ¿Por qué lo preguntas?

—Bueno, llevamos cerca de dos horas haciendo el idiota a tu lado y me parece que no te he oído reír más que un par de veces. No es que seamos muy ingeniosos, pero me llama la atención que estés tan sombrío precisamente hoy, cuando regresamos a casa…

El joven guardó silencio durante unos instantes.

—Tú lo has dicho, Smith —repuso, consciente de cómo su acento extranjero siempre solía traicionarle en los momentos tensos—. Algunos aún no podemos considerarla nuestra casa.

Hubo ruido de pasos descendiendo la escalera del castillo de popa y la corpulenta silueta del capitán apareció en cubierta ante ellos. Los dos marineros guardaron silencio hasta que se hubo alejado unos metros, recortándose en negro contra las estrellas.

—Hay algo oscuro esta noche con nosotros, y no hablo del cielo —dijo de repente el joven a media voz. Al mirarle con más atención Smith reparó en lo pálido que estaba—. Hemos navegado más veces con luna nueva, pero hoy todo parece distinto… como si hubiera algo extraño a nuestro alrededor. Lo llevo pensando desde que empezamos a remontar el Mississippi, pero no me atrevía a decíroslo. Ya sé lo que pensáis de los presentimien…

Antes de que acabara de hablar, una sacudida recorrió el barco, una vibración que hizo temblar cada uno de los palos de la arboladura y que arrojó sobre la cubierta a los marineros que acababan de ponerse en pie. El joven tuvo que hacer un esfuerzo por no perder el equilibrio, aferrándose aún más a las asas del timón mientras Smith, soltando una maldición, agarraba a su vez uno de los brazos de su compañero. Parecía perplejo.

—Por el amor del cielo, ¿qué demonios ha sido eso?

—No lo sé —murmuró Charlie, cuyos dedos temblaban sobre la rueda—. Quizá solo se trate de algún pecio hundido. Los restos de otro barco que acabamos de dejar atrás…

—No hay pecios hundidos en esta parte del Mississippi —exclamó Dave al otro lado de la toldilla. También ellos estaban pálidos—. Y esta sacudida no ha sido producida por una colisión contra nuestro casco. ¡Los palos temblaban casi como si fueran a partirse!

—¿Qué significa esto? —oyeron bramar al capitán. De nuevo les llegó el sonido de sus pasos, esta vez acercándose a la popa—. ¿No sois vosotros los encargados de hacer la guardia de prima esta noche? ¿Cómo es posible que no os hayáis dado cuenta de qué…?

Un nuevo estruendo ahogó sus palabras, esta vez tan intenso que ni siquiera se oyó gritar a los marineros. La madera del barco crujió como si alguien estuviera a punto de arrancarla y las velas remolinearon en las alturas, luchando por soltarse de las jarcias.

Al muchacho le pareció que se le iba a parar el corazón cuando miró por encima del hombro del capitán y comprendió qué estaba ocurriendo. Las estrellas se acababan de esconder tras unos repentinos nubarrones, y el viento empezaba a rizar la superficie del río como si aún estuvieran surcando el golfo de México. La corriente hacía zozobrar el barco de un lado a otro, saltando a merced de los vaivenes como un caballo encabritado.

Aquello era inexplicable. Un minuto antes todo estaba en calma, y lo único que mecía las velas era la brisa que recorría el río. ¿Cómo podía haberse desatado una tempestad de ese calibre si ni siquiera estaban en alta mar?

—¡Por Dios! —volvió a gritar Smith cuando la primera ola rompió contra la proa, inundando casi por completo la cubierta. El bergantín se inclinó de repente hacia un lado, y los marineros se apresuraron a agarrarse a los aparejos para no caer al agua—. ¡Es el infierno que se está abriendo ante nosotros para hacernos pagar por nuestros pecados!

—Eso habrá que verlo —rugió el capitán—. ¡Estamos a unos minutos de Nueva Orleans y aunque este cascarón se haga trizas, aunque debamos hacer el resto del viaje a nado…!

Enmudeció cuando al otro lado del navío, por encima de la proa anegada, asomó una nueva ola, demasiado alta para que pudieran escalarla. Horrorizados, se limitaron a observar cómo la muralla de agua crecía en altura, oscureciendo aún más el horizonte, y se cernía sobre ellos mientras el bergantín se elevaba poco a poco en la misma dirección.

—¡Todo a estribor! —vociferó el capitán. Charlie se apresuró a obedecer, aunque sus dedos se agitaban tanto que no comprendía cómo podían seguir sujetando el timón. No hubo tiempo para más; justo cuando el barco empezaba a virar, la enorme ola se deshizo en un torrente que arrastró todo lo que encontró a su paso por la cubierta.

Hubo gritos entre el palo mayor y el trinquete, y tres hombres salieron despedidos por el costado de estribor. Smith gimoteó mientras Charlie apretaba los párpados con fuerza, rezando todas las oraciones que sabía para despertarse de repente y darse cuenta de que solo había sido una pesadilla. Pero lo que sentía era dolorosamente real: el azote de las olas contra la cara, el balanceo demencial de la nave, las maldiciones del capitán. En medio de aquel infierno de agua dulce, se encontró pensando de repente en su padre y en su hermano pequeño, y en cómo lo había abrazado su madre antes de que se marchara de casa con un hatillo colgando del hombro.

Le pareció que su patrón gritaba de nuevo, pero esta vez nadie pudo entender qué les decía. El agua no se había conformado con barrer la superficie de la nave, sino que había logrado llegar hasta el interior del casco, y el inconfundible borboteo que se propagaba por las entrañas del bergantín no dejaba lugar a dudas sobre lo que iba a suceder. Aquel sonido equivalía a una condena a muerte, y todos lo sabían.

Smith estaba en lo cierto: el infierno les había abierto sus puertas de par en par.

Título: Contra La Fuerza Del Viento (PDF-EPUB-MOBI-FB2)
Autores: Victoria Álvarez
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.7 MB
Formato: PDF-EPUB-MOBI-FB2

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Victoria Álvarez - Contra La Fuerza Del Viento (PDF-EPUB-MOBI-FB2) Introduccion del Libro Victoria Álvarez - Contra La Fuerza Del Viento (PDF-EPUB-MOBI-FB2) La primera vez que embarcó se obligó a pensar que podría ser la última. Su padre siempre le había dicho que la mar era una amante traicionera a la que no convenía tomarse a la ligera, y ningún marinero respiraría tranquilo hasta estar seguro, como sus compañeros en aquel momento, de que el peligro había quedado atrás y de que en unas pocas horas el enorme…

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