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Vicente Blasco Ibáñez – El Intruso (PDF-EPUB)

Vicente Blasco Ibáñez – El Intruso (PDF-EPUB)

Vicente Blasco Ibáñez - El Intruso (PDF-EPUB)

Vicente Blasco Ibáñez – El Intruso (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Vicente Blasco Ibáñez – El Intruso (PDF-EPUB)

Empezaba a clarear el día cuando despertó el doctor Aresti, sintiéndose empujado en un hombro. Lo primero que vio fue el rostro de manzana seca, verdoso y arrugado, de Kataliñ, su ama de llaves, y los dos cuernos del pañuelo que llevaba la vieja arrollado a las sienes.

—Don Luis… despierte. Muerto hay en el camino de Ortuella. El jues que vaya.

Comenzó a vestirse el doctor, después de largos desperezos y una rebusca lenta de sus ropas entre los libros y revistas que, desbordándose de los estantes de la inmediata habitación, se extendían por su dormitorio de soltero.

Dos médicos tenía a sus órdenes en el hospital de Gallarta, pero aquel día estaban ausentes: el uno en Bilbao, con licencia; el otro en Galdames desde la noche anterior, para curar a varios mineros heridos por una explosión de dinamita.

Kataliñ le ayudó a ponerse el recio gabán, y abrió la puerta de la calle mientras el doctor se calaba la boina y requería su cachaba, grueso cayado con contera de lanza que le acompañaba siempre en sus visitas a las minas.

—Oye, Kataliñ —dijo al transponer la puerta—. ¿Sabes quién es el muerto?

—El Maestrico, disen. El que enseñaba por la noche el abesedario a los pinches y era novio de esa que llaman la Charanga. ¡Cómo está Gallarta, Señor Dios! Ya se conose, pues: la iglesia siempre vasía.

—Lo de siempre —murmuró el médico—. El crimen pasional. A estos bárbaros no les basta con vivir rabiando, y se matan por la mujer.

Aresti andaba ya calle abajo, cuando la vieja le llamó desde la puerta.

—Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San José y que le esperan en Bilbao. No haga a su primo una de las suyas.

Aresti notó la entonación de respeto con que hablaba la vieja de aquel primo que le había invitado a comer por ser sus días. En todo el distrito minero nadie hablaba de él sin subrayar el nombre con una admiración casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y poderío le temían como a una fuerza omnipotente.

El doctor, al salir de Gallarta, se abrochó el gabán, estremeciéndose de frío. El cielo, plomizo y brumoso, se confundía con las crestas de los montes. Parecía un toldo gris que hubiese descendido hasta descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del Triano, que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirmó los lentes y siguió adelante, todavía soñoliento, con esa pasividad resignada del médico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus zapatos de monte se pegaban al barro; la cachaba iba marcando con su lanza un agujero a cada paso.

La noche anterior había cenado Aresti con unos contratistas de las minas —lo más distinguido de Gallarta—: antiguos jornaleros que iban camino de ser millonarios, y no pudiendo coexistir con sus antiguos camaradas de trabajo ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se pegaban al médico, acosándolo con toda clase de agasajos.

Despertaba en ellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que había estudiado en el extranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir en la sociedad primitiva y casi bárbara del distrito minero. Esto les halagaba como si fuese una declaración de superioridad en pro de los mineros de las Encartaciones sobre los chimbos de Bilbao. Además, respetaban al doctor con cierta adoración supersticiosa porque era primo hermano de Sánchez Morueta y este no ocultaba el gran cariño que sentía por el médico.

¡Sánchez Morueta! ¡Como quien dice nada! Hacía varios años que no había estado en las minas. Aun en el mismo Bilbao, transcurrían los meses sin que los más íntimos del famoso personaje viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de gigante. Pero se podía preguntar por él, lo mismo al gobernador de Bilbao que al último pinche de Gallarta: nadie se mostraba indiferente ante su nombre. Desde lo alto del Triano se veían minas y más minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos inclinados, tranvías aéreos, rebaños de hombres atacando las canteras: de él, todo de él. Y de él también los altos hornos que ardían día y noche junto al Nervión fabricando el acero; y gran parte de los vapores atracados a los muelles de la ría cargando mineral o descargando hulla; y muchos más que paseaban la bandera de la matrícula de Bilbao por todos los mares; y la mayor parte de los nuevos palacios del Ensanche; y un sinnúmero de fábricas de explosivos, de alambres, de hoja de lata, que funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no se dejaba ver, pero se sentía su presencia en todas partes. Podía hacer a un hombre rico de la noche a la mañana con solo desearlo. Hasta los señores de Madrid que gobiernan el país le buscaban y mimaban para que prestase ayuda al Estado en sus apuros y empréstitos. ¡Y el doctor Aresti, amado por Sánchez Morueta con un afecto doble de padre y de hermano, se empeñaba en vivir fuera de su protección, más allá de la lluvia de oro que parecía esparcir con la mirada y que hacía que los hombres se agolpasen en torno de su persona con la furia brutal de la codicia, obligándolo a aislarse, a permanecer invisible, para no perecer bajo el formidable empujón de los adoradores!… La única merced que el médico había solicitado de su pariente era el establecimiento en la cuenca minera de un hospital para los trabajadores, que antes perecían faltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su fama de práctico de los hospitales de París, con la popularidad que le habían dado en la villa sus arriesgadas operaciones, fue a aislarse en las minas cuando aún no tenía treinta años, viviendo en una casita de Gallarta con sus libros y su vieja criada Catalina.

Título: El Intruso (PDF-EPUB)
Autores: Vicente Blasco Ibáñez
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.6 MB
Formato: PDF-EPUB

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Vicente Blasco Ibáñez - El Intruso (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Vicente Blasco Ibáñez - El Intruso (PDF-EPUB) Empezaba a clarear el día cuando despertó el doctor Aresti, sintiéndose empujado en un hombro. Lo primero que vio fue el rostro de manzana seca, verdoso y arrugado, de Kataliñ, su ama de llaves, y los dos cuernos del pañuelo que llevaba la vieja arrollado a las sienes. —Don Luis… despierte. Muerto hay en el camino de Ortuella. El jues que vaya. Comenzó a vestirse el doctor, después de largos desperezos y…

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