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Vasco Pratolini – Oficio de vagabundo (PDF-EPUB)

Vasco Pratolini – Oficio de vagabundo (PDF-EPUB)

Vasco Pratolini - Oficio de vagabundo (PDF-EPUB)

Vasco Pratolini – Oficio de vagabundo (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Vasco Pratolini – Oficio de vagabundo (PDF-EPUB)

Cuando fue el día en que hube de pronunciarme sobre el oficio, a mi padre que me lo preguntaba, respondí:

«¡Quiero ser vendedor de semillas!».

Mi padre dijo que vendedor de semillas no era un oficio. Oficio era el de carpintero, mecánico o panadero. Como yo insistiera, mi padre agregó:

«¡Vendedor de semillas es un oficio de vagabundo!».

Habría querido responderle que no sabía rendirme a la idea de pasar el día encerrado en un taller o en una oficina. Temía las grandes manos de obrero de mi padre: me golpeaban entre el cuello y los sesos. Y ya se enfadaba. Acusaba a mi madre de haberme educado mal. «Este chico tiene alma de vagabundo» le decía.

«¡No sacaremos de él nada bueno!».

Así que me callé mis razones.

Hasta aquel día había sido un chico feliz. Las calles, el aire abierto de los prados en las afueras, y el arenal del río, todo aquello que puede suceder a un chico libre en la calle y en los prados, por el río, había llenado mis días. Estas eran mis razones. Y ante la idea de una ocupación que restringiera la libertad de que gozaba, me había declarado por aquella que inmediatamente se me figuró la más congenial.

Había dicho «vendedor de semillas» porque fue la imagen que primero se me ocurrió, con mi padre delante y sus grandes manos posadas en la mesa de la cocina.

En realidad los vendedores ambulantes tenían rostros y voces definidos; en el transcurso de mis diarias aventuras volvía a hallar su presencia; parecía que ellos también, por juego, recorriesen la ciudad hurgándola en sus recovecos, criaturas libres, ensimismadas en su pregón.

El vendedor de semillas era un hombre pequeño y enjuto, con el cuello de la camisa siempre cerrado y una corbata roja, deshilachada, un gorro con visera pegado a la cabeza como el de un soldado. Llevaba bajo el brazo un cesto rectangular, de mimbre, lleno hasta la mitad de semillas achicharradas, en el que sumergía una medida de madera con forma de porta-huevos. Se anunciaba con el grito: «¡Aquí está el semillero!» arrastrando largamente las vocales. Deambulaba repitiendo por los alrededores su grito, elevando los ojos al cielo: el tono de su voz era de plegaria. A veces se sentaba en los canteros de los jardines, en las veredas a las puertas de los cines, deponía el cesto en tierra como adormecido. De pronto se levantaba, caminaba presto antes de recobrar su paso natural y su grito. Llamábase Checo, y de apodo Misirizzi. «¡Las semillas de Misirizzi son una brasa!» gritaba.

Pero en la estación propicia el amigo de los chicos se convertía en vendedor de lupines blandos y salados, y recorría la costanera desembocando por Oltrarno.

Andaba con pasos menudos y rápidos, parecía que debiese caer de un momento a otro, arrastrado hacia adelante por el peso de la palangana que sostenía con el brazo izquierdo, apoyada en el flanco: tenía en la derecha una sillita de paja. La palangana era verde en el interior, color ladrillo por fuera; dentro los lupines eran de oro bajo el sol, húmedos y como pescados en el río. El vendedor tenía los cabellos blancos, la nariz morada, llevaba pantalón y chaleco, y encima un delantal almidonado. En la cabeza un sombrero de paja. Caminaba precipitadamente con el peso de la palangana que le doblaba en dos, parándose solamente si se le llamaba.

Entonces dejaba la palangana en la sillita, sacaba del bolsillo del delantal cartuchitos y pizcas de sal que derramaba sobre los lupines. Franco, parco era su gesto, como para un rito. Jadeaba siempre. Parecía un alma en pena que recorriese a pasos menudos y rápidos la ciudad, dispensando el oro de sus lupines como una bendición.

¿Cómo explicar esto a mi padre, cómo hacerle comprender la belleza de aquellos oficios al aire abierto, la alegría que resplandecía en los ojos de Checo, en el apresurado andar del vendedor de lupines, el goce que procuraba a los viandantes, por pocos centavos, en semillas y lupines? Con él, el vendedor de roscas dulces y un mago, el hombre de las pajaritas de papel, de los barriletes, que decía:

«¡A la Feria de las Maravillas! ¡Al Paraíso de los Niños! ¡Ea, ea, se mira y no se toca!».

¿Cómo decirle esto a mi padre?

Era un hombre que tenía grandes manos de obrero, leía su periódico, su blusa estaba manchada de grasa; pasaba sus días encerrado en un taller; sus cabellos eran castaños, tiznados. El domingo desaparecía como si fuera de nuevo a trabajar, desconocido en su traje gris. Yo le quería, no sólo le temía: me gustaba su fuerza, su ceño. Era un chico de doce años y habría querido decirle:

«Sabes papá, hay sol cuando estás en el taller, el agua del río es verde, los lupines de oro, y las semillas de Misirizzi son una brasa. No puedo prescindir de todo esto, de mi libertad»…

Título: Oficio de vagabundo (PDF-EPUB)
Autores: Vasco Pratolini
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 779 KB
Formato: PDF-EPUB

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Vasco Pratolini - Oficio de vagabundo (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Vasco Pratolini - Oficio de vagabundo (PDF-EPUB) Cuando fue el día en que hube de pronunciarme sobre el oficio, a mi padre que me lo preguntaba, respondí: «¡Quiero ser vendedor de semillas!». Mi padre dijo que vendedor de semillas no era un oficio. Oficio era el de carpintero, mecánico o panadero. Como yo insistiera, mi padre agregó: «¡Vendedor de semillas es un oficio de vagabundo!». Habría querido responderle que no sabía rendirme a la idea de pasar el día…

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