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Vasco Pratolini – La constancia de la razón (PDF-EPUB)

Vasco Pratolini – La constancia de la razón (PDF-EPUB)

Vasco Pratolini - La constancia de la razón (PDF-EPUB)

Vasco Pratolini – La constancia de la razón (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Vasco Pratolini – La constancia de la razón (PDF-EPUB)

Aquí he nacido; ésta es ahora mi habitación, antes era el saloncito. Del techo pendía la lámpara, un manojo de lágrimas esmeriladas que dominaba la mesa redonda, los platos en las paredes, el perro de porcelana como centinela del buffet de puertas corredizas y cristal grabado. Dentro de este interior, como un caracol en su cáscara, mi madre. Un día que el Terzolle estaba seco y el cañizal, distinto de ahora, bordeaba la orilla extendiéndose hasta debajo de casa, mientras fregaba el suelo, «¡y era un buen fastidio!», sintió que se le quebraban los riñones; apenas pudo llegar al sofá, y allí se tendió. «El sol inundaba la estancia», dice ella; y un gran círculo de sangre, una mancha roja sobre la tapicería azul celeste del diván. Se levantó y volvió a caer; al traerme a este mundo se había desmayado. Permanecimos solos durante horas; la luz sobre los ojos la despertó. Se pone fuera de sí si le recuerdo que la puerta estaba entornada y que, al oír su grito y mi primer llanto, había acudido la señora Cappugi.

—¿Quién, aquella desquiciada? Ya no le funcionaba la cabeza. Consumida por la arteriosclerosis, sólo retenía las cosas que se inventaba. Fue la abuela, que venía a verme como todas las mañanas desde que había luna nueva, la que nos descubrió a los dos vivos de milagro —ella ni siquiera sabía que había salido ya de cuenta, de otro modo hubiera dejado de hacer los trabajos de casa: ¿qué experiencia podía tener a sus diecinueve años mal cumplidos? Mi edad de ahora; pero era una mujer, aunque, claro está, ¡de otra generación!—. Tu padre, a la hora de comer, nos encontró guapos y arreglados. Estaba muy emocionado.

—Reía entre lágrimas, ya sé.

—Tú, tonto, dormías. Hiciste una gran dormida nada más nacer. Seguías durmiendo también cuando te daba el pecho. No se te pudo ver el color de los ojos hasta el día siguiente. Él no volvió a la fábrica, salió y volvió con un gran ramo de gelsominas; y una mañanita celeste, nos había robado el corazón en el escaparate de Por Santa María. —Se le acercó, le dijo: «¿He acertado?». El azul celeste siempre ha sido su color; entonces era rubia, como siempre, pero natural—. ¿No te das cuenta de las canas que me salen cuando hace tiempo que no voy a la peluquería? O negro o azul celeste, para una rubia no hay colores más indicados. —«¿Es ésta?», le dijo. Se había sentado en el borde de la cama y la contemplaba—. Yo me hacía la hipócrita, por mimo, ¿entiendes? «Moreno, ¿estás loco?». —Él la ayudó a ponérsela, y la besó en la frente como a una enferma. Después, según su costumbre: «Quítatela, si teparece una locura, la puedo devolver». Y se reía, sí señor, con aquella sonrisa tan suya.— Como meses atrás, al venir a alquilar el piso.

—Tú ríete… Pero los recuerdos son como tablas de salvación. ¿Querrías verme ahogada?

Fueron en bicicleta, un domingo por la mañana, él con cazadora de cremallera y mocasines. —Estaban de moda entonces. Oh, en cuanto a elegancia, se parecía un poco a ti: a primera vista daba la impresión de un poco descuidado—. Ella llevaba un bolero color cielo; recuerda cómo estuvo a punto de estropeársele con la puerta del baño, recién pintada. La casa, recién construida, era ideal: a unos centenares de metros de la fábrica y sólo de cinco plantas, «no esos cuartelones que empezaban a estilarse». Milloschi se la había indicado. El alquiler les convenía; y el «espacio abierto», que nadie les hubiera quitado de no haberse decidido a desecar el Terzolle como el Paludi Pontine. La cocina estaba torcida, pero a ella no le importó. Les convenció en seguida la distribución de los pisos. Tres habitaciones más los servicios: un cuartito de juguete, pero bien estudiado. Entraron allí como en una gruta cargada de estalactitas, tal vez cogidos de la mano; a ella le gustaría que yo los imaginase, y quizás lo estuviesen, maravillados.

Título: La constancia de la razón (PDF-EPUB)
Autores: Vasco Pratolini
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.9 MB
Formato: PDF-EPUB

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Vasco Pratolini - La constancia de la razón (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Vasco Pratolini - La constancia de la razón (PDF-EPUB) Aquí he nacido; ésta es ahora mi habitación, antes era el saloncito. Del techo pendía la lámpara, un manojo de lágrimas esmeriladas que dominaba la mesa redonda, los platos en las paredes, el perro de porcelana como centinela del buffet de puertas corredizas y cristal grabado. Dentro de este interior, como un caracol en su cáscara, mi madre. Un día que el Terzolle estaba seco y…

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