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Ryszard Kapuscinski – Estrellas negras (PDF-EPUB)

Ryszard Kapuscinski – Estrellas negras (PDF-EPUB)

Ryszard Kapuscinski - Estrellas negras (PDF-EPUB)

Ryszard Kapuscinski – Estrellas negras (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Ryszard Kapuscinski – Estrellas negras (PDF-EPUB)

En la breve nota inicial de Estrellas negras, el autor cuenta que en 1962 viajó a Dar es-Salaam (Tanzania) «con el fin de abrir la primera corresponsalía polaca de prensa en África, que en aquel entonces se hallaba en pleno proceso de liberación nacional, de descolonización». De ahí surgiría una larga relación con el continente que daría pie a obras fundamentales del reporterismo del siglo XX como Ébano, Un día más con vida o El Emperador.

Pero la vinculación de Kapuściński con África había empezado un poco antes, cuando entre 1959 y 1961 estuvo primero en Ghana y después en el Congo, que vivían la efervescencia de sus procesos de independencia. De regreso en Polonia, empezó a escribir sendos libros sobre los respectivos líderes nacionales, Kwame Nkrumah y Patrice Lumumba. Pero el encargo de volver al continente para cubrir esa corresponsalía dejó el proyecto a medias, y sus editores reunieron el material ya publicado en la prensa sobre los dos carismáticos políticos en el volumen que ahora tiene el lector en sus manos.

En estos textos tempranos se muestra ya todo el músculo del gran periodista polaco, su capacidad de convertir la crónica en una pieza literaria y al mismo tiempo en un ensayo de calado histórico. Hay en este libro retratos afilados y memorables, empezando por el del tío Wally, el colono empapado en alcohol a quien conoce en el Hotel Metropole. Pero el protagonismo es sobre todo para Nkrumah y Lumumba, porque, como dice Bogumił Jewsiewicki en el epílogo, en el que compara la mirada de Kapuściński sobre África con la de Conrad en El corazón de las tinieblas: «Chinua Achebe, uno de los escritores africanos más conocidos, gustaba de subrayar que hasta que los leones no crearan a su propio historiador, la historia de la caza sólo glorificaría al cazador. Es la diferencia fundamental entre la mirada de Kapuściński y la perspectiva de Conrad. Los reportajes de Kapuściński describen a África y los africanos desde el punto de vista de los leones, y no de los cazadores».

Prólogo

Vivo en una balsa, en un callejón de un barrio comercial de Acra. La balsa se eleva sobre unos postes hasta la altura de un primer piso y se llama Hotel Metropole.

Durante la estación de las lluvias, esta rareza arquitectónica se pudre y se enmohece, y en los meses de sequía cruje y se resquebraja. Pero ¡se mantiene en pie! En el centro de la balsa hay una construcción dividida en ocho compartimentos. Son nuestras habitaciones. El resto del espacio, rodeado por una barandilla de madera tallada, lleva el nombre de terraza. Allí tenemos una mesa grande, donde comemos y cenamos, y varias pequeñas, donde nos sentamos para tomar whisky y cerveza.

En el trópico, beber es obligado. Cuando dos personas se encuentran en Europa, se saludan diciendo: «¡Hola!, ¿qué tal?». En el trópico, intercambian un saludo distinto: «¿Qué vas a tomar?». Aunque también se beba durante el día, el beber de verdad, el programático, empieza con el ocaso, pues el ocaso anuncia la noche, y la noche acecha al osado que se haya burlado del alcohol.

La noche tropical es un aliado incondicional de todas las fábricas del mundo de whisky, coñac, licores, aguardientes y cervezas, y a todo aquel que no reporte beneficios a las destilerías lo combate esgrimiendo su mejor arma: el insomnio. El insomnio es siempre agotador, pero en el trópico es asesino. Torturado por el sol durante el día, exhausto por una sed nunca saciada, debilitado y martirizado, el ser humano tiene que dormir.

Debe. Pero ¡no puede!

Hace demasiado bochorno. El aire pegajoso y sofocante llena la habitación. Ni siquiera es aire, sino algodón húmedo. Respirar equivale a tragar bolas de algodón empapado en agua caliente. Insoportable. Es algo que marea, envilece y exaspera.

Pican los mosquitos, chillan los monos. El cuerpo, empapado en sudor, se vuelve pegajoso y repugnante al tacto. El tiempo se detiene, el sueño reparador no llega.

¡Oh, noche del mal! A las seis de la mañana —invariablemente a las seis, todos los días del año— sale el sol, que añade la incandescencia de sus rayos al bochorno de esta sauna sofocante y petrificada. Hay que levantarse, pero faltan las fuerzas para hacerlo. Napoleón no se ata los cordones porque dice que agacharse hasta alcanzar el zapato le supone un esfuerzo excesivo. Una noche así causa estragos en la psique.

Lévi-Strauss habla de «tristes trópicos». ¡Qué acertado! La persona se siente allí desvencijada como una zapatilla vieja. Apagada, desdentada, inerte. La atormentan añoranzas extrañas, nostalgias inexplicables, pesimismos lúgubres. Espera que se acabe el día, que se acabe la noche, ¡que todo se acabe de una puñetera vez!

Y, cómo no, bebe. Bebe contra la noche, contra la desesperanza, contra la inmundicia de la cloaca de su sino. Es la única batalla que es capaz de librar.

El tío Wally bebe también porque el alcohol le sienta bien a sus pulmones. Tiene tuberculosis. Flaco, respira con dificultad y jadeando. Se sienta en la terraza y grita: «¡Papá, lo de siempre!». Papá se dirige al bar y vuelve con una botella. Las manos del tío Wally empiezan a temblar. Vierte un poco de whisky en el vaso, que completa con agua fría. Una vez apurado, se prepara el siguiente. Los ojos se le llenan de lágrimas y el cuerpo se estremece entre las sacudidas de un llanto silencioso. Está hecho una ruina, una piltrafa. Londinense, en Inglaterra trabajó como maestro albañil. La guerra lo arrastró hasta África. Y aquí se quedó. Sigue siendo albañil, sólo que se ha dado a la bebida y tiene podridos los pulmones. Ni siquiera intenta curárselos. ¿De dónde sacaría el dinero para pagar el tratamiento? Una mitad del sueldo se le va en el hotel y la otra en el whisky. No tiene nada, literalmente nada. Unas camisas hechas jirones, un único par de pantalones zurcidos y unas sandalias que dan pena. Sus compatriotas, impecablemente elegantes, renegaron de él y lo expulsaron de su círculo. Le prohibieron incluso reconocerse inglés. Dirty lump. ¡Sucio despojo! Cincuenta y cuatro años de vida. ¿Qué le queda? El poder beber un poco de whisky y bajar al hoyo. Así que bebe mientras espera su turno para bajar. «No te cabrees con los racistas», me dice. «Ni con los burgueses. ¿No ves que acabarás criando malvas en la misma tierra que ellos?».

Su amor por An. ¡Dios mío, llamarlo amor! An acudía cuando le faltaba dinero para el taxi. Tiempo atrás, había sido chica de Papá, y seguía exigiendo por ello pequeñas recompensas: dos chelines. Tenía la cara llena de cortes cicatrizados.

Provenía de los nankani,[2] una tribu del norte donde a los recién nacidos se les desfigura el rostro. La costumbre había surgido en la época en que las tribus del sur conquistaban a las del norte para luego venderlas como esclavos a los blancos. De modo que los norteños se afeaban la frente, las mejillas y la nariz, para así convertirse en una mercancía invendible. En la lengua nankani, feo equivale a libre; son sinónimos. An tenía unos ojos rebosantes de ternura y sensualidad. Toda ella era ojos.

Lanzaba hacia alguien una de sus miradas largas y felinas, y cuando sabía que lo tenía atrapado, esbozaba una sonrisa y pedía: «Dame dos chelines para el taxi». Y el tío Wally se los daba. Siempre. Luego le servía un whisky y le sonreía mientras se le nublaba la vista. Solía decirle: «An, quédate conmigo. Dejaré de beber. Te compraré un coche». Ella le contestaba: «¿Para qué quiero yo un coche? Prefiero hacer el amor». Él insistía: «Vamos a hacer el amor, tú y yo». «¿Dónde?», preguntó ella en una ocasión. Wally se levantó de la mesa y recorrió los pocos pasos que lo separaban de su habitación. Abrió la puerta y permaneció aferrado convulsivamente al picaporte. En su lóbrego cubículo no había sino una cama de hierro y una mesilla de noche. An soltó una carcajada. «¿Aquí? ¿Aquí? Mi amor tiene que vivir en los palacios. ¡En los palacios de los reyes blancos!».

Todos presenciamos la escena. Papá se acercó a An, le tocó el hombro y gruñó: «Esfúmate». Divertida, An se alejó agitando el brazo en señal de despedida: bye, bye…

Título: Estrellas negras (PDF-EPUB)
Autores: Ryszard Kapuscinski
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 7.3 MB
Formato: PDF-EPUB

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Ryszard Kapuscinski - Estrellas negras (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Ryszard Kapuscinski - Estrellas negras (PDF-EPUB) En la breve nota inicial de Estrellas negras, el autor cuenta que en 1962 viajó a Dar es-Salaam (Tanzania) «con el fin de abrir la primera corresponsalía polaca de prensa en África, que en aquel entonces se hallaba en pleno proceso de liberación nacional, de descolonización». De ahí surgiría una larga relación con el continente que daría pie a obras fundamentales del reporterismo del siglo XX como Ébano, Un día más con vida o El…

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