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Rudyard Kipling – El Carrito Fantasma (PDF)

Rudyard Kipling – El Carrito Fantasma (PDF)

Rudyard Kipling - El Carrito Fantasma (PDF)

Rudyard Kipling – El Carrito Fantasma (PDF)

Introduccion del Libro Rudyard Kipling – El Carrito Fantasma (PDF)

Una de las pocas ventajas que la India tiene sobre Inglaterra es una gran facilidad de conocimiento. Tras cinco años de servicio, un hombre tiene relaciones, directas o indirectas, con los doscientos o trescientos funcionarios de su provincia, todos los ranchos de diez o doce regimientos y baterías, y unas mil quinientas personas más de la casta sin puesto oficial. A los diez años esas relaciones habrán doblado el número, y al final de veinte años conoce, o sabe algo de, todo inglés del imperio, y puede viajar a cualquier lugar, a todos los sitios, sin tener que pagar hotel.

Quienes viajan por el mundo considerando un derecho que se les dé alojamiento han embotado, incluso en el periodo de mi vida, esta generosidad; no obstante, si hoy día se pertenece al círculo íntimo y no se es ni oso ni oveja negra, todas las puertas están abiertas, y nuestro pequeño mundo se muestra muy, muy amable y colaborador.

Rickett de Kamartha se hospedó con Polder de Kumaon hará unos quince años. Pensaba quedarse dos noches, pero lo puso en cama una fiebre reumática y por seis semanas desorganizó el establecimiento de Polder, le impidió a éste trabajar y casi se le muere en el dormitorio. Polder se comporta como si hubiera quedado de por vida deudor de Rickett, y cada año envía a los hijos de éste una caja con regalos y juguetes. Lo mismo ocurre en todos los sitios. Los hombres no se toman la molestia de ocultarnos su opinión, en el sentido de que somos unos asnos incompetentes, o las mujeres que denigran nuestro carácter y no comprenden las diversiones de nuestras esposas, se quedarán en los huesos ayudándonos si caemos enfermos o tenemos problemas serios.

Heatherlegh, el doctor, mantenía, aparte de su clientela regular, un hospital a costa de su propio bolsillo —según lo llamaban sus amigos, un agrupamiento de cubículos desvencijados para incurables— en realidad, se trataba de una especie de cobertizo adaptado para las tripulaciones que han sido dañadas por los temporales. En la India el tiempo suele ser sofocante, y como la entrega de ladrillos es siempre una cantidad fija y la única libertad existente es el permiso de trabajar horas extras sin recibir ni las gracias, los hombres se derrumban de vez en cuando y quedan tan confundidos como las metáforas de esta oración.

Heatherlegh es el doctor más adorable que haya existido, y su receta invariable para todos los pacientes: “acuéstese, tómese las cosas con calma y no se violente”. Dice que mueren más hombres debido al exceso de trabajo de lo que justifica la importancia de este mundo. Afirma que el exceso de trabajo mató a Pansay, quien murió en sus manos hará unos tres años. Tiene, desde luego, el derecho de hablar con toda autoridad, y se ríe de mi teoría: que en la cabeza de Pansay había una hendedura y un poquito del mundo oscuro entró por ella y lo presionó hasta matarlo. “Pansay perdió la chaveta”, dice Heatherlegh, “debido al estímulo de unas largas vacaciones en casa. Pudo o no haberse comportado como un canalla con la señora Keith-Wessington. En mi opinión, su trabajo en la colonia de Katabundi le agotó las energías, y le dio por la melancolía y por exagerar un mero coqueteo tenido durante un viaje. Desde luego que estaba comprometido con la señorita Mannering, y desde luego que ella rompió el compromiso. Entonces, agarró un enfriamiento febricitante, y de allí todas esas tonterías acerca de fantasmas. El exceso de trabajo inició la enfermedad, la mantuvo activa y lo mató, ¡pobre diablo! Atribúyalo a un sistema que utiliza un hombre para que haga el trabajo de dos y medio.”

No creo en esto. Solía sentarme con Pansay ciertas ocasiones en que a Heatherlegh lo llamaban para que fuera a ver pacientes, y sucede que estaba yo a mano para sus confidencias. El hombre me hacía de lo más infeliz describiéndome en voz baja e inalterable, la procesión que sin cesar pasaba a los pies de su cama. Manejaba el lenguaje con la capacidad de un enfermo. Sugerí que, cuando se recuperara, escribiera todo lo sucedido, de principio a fin, pues sabía que la tinta podría ayudarlo a calmar la mente.

Sufría de fiebre elevada mientras lo escribía, y el tono de revista tremendista que adoptó no llegó a calmarlo. A los dos meses lo declararon listo para servicio; pero, a pesar de que necesitaban urgentemente su ayuda para que un grupo de trabajo escaso de personal pudiera sobrevivir una etapa de déficit, prefirió morir, jurando al final de todo que lo acosaban brujas. Obtuve el manuscrito antes de que él muriera, y ésta es su versión de los hechos, fechada en 1885, tal y como la escribió:

El doctor me dice que necesito descanso y un cambio de aires. No es improbable que antes de mucho obtenga los dos; un descanso que ni el mensajero de chaqueta roja ni el cañón disparado a mediodía interrumpirán; un cambio de aires más definitivo que el que pueda darme cualquier vapor en camino a casa. Mientras tanto, estoy resuelto a permanecer donde me encuentro; y, desobedeciendo tajantemente las órdenes de mi médico, hacer de todo el mundo mi confidente. Por sí mismos se enterarán de la naturaleza precisa de mi enfermedad y, asimismo, juzgarán si hombre alguno nacido de mujer en esta tierra fatigante fue alguna vez tan atormentado como yo…

Título: El Carrito Fantasma (PDF)
Autores: Rudyard Kipling
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 268 KB
Formato: PDF

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Rudyard Kipling - El Carrito Fantasma (PDF) Introduccion del Libro Rudyard Kipling - El Carrito Fantasma (PDF) Una de las pocas ventajas que la India tiene sobre Inglaterra es una gran facilidad de conocimiento. Tras cinco años de servicio, un hombre tiene relaciones, directas o indirectas, con los doscientos o trescientos funcionarios de su provincia, todos los ranchos de diez o doce regimientos y baterías, y unas mil quinientas personas más de la casta sin puesto oficial. A los diez años esas relaciones habrán doblado el número, y al…

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