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Rosa Regàs – Luna lunera (PDF-EPUB)

Rosa Regàs – Luna lunera (PDF-EPUB)

Rosa Regàs - Luna lunera (PDF-EPUB)

Rosa Regàs – Luna lunera (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Rosa Regàs – Luna lunera (PDF-EPUB)

En la penumbra estática de la casa un timbrazo metálico e insistente alborotó el aire enrarecido como si hubiera echado a volar una bandada de luz y de tiniebla. Se abrió la puerta y el abad hizo su entrada en el amplio vestíbulo con esa precipitación que da cuenta de la importancia de un mandato que no admite dilación ni demora, y de la atención y deferencia que exige el rango de quien lo ejecuta. Lo recibió Manuel, el hijo mayor del moribundo, con un respetuoso, aunque distante saludo y unas explicaciones premiosas que él oyó con la dosis mínima de interés que mantuviera la impaciencia dentro de los límites de la escueta corrección. El abad, con más despreocupación que arrogancia, dejó errar la mirada por las paredes indiferente a los susurros de su voz. La casa entera casi a oscuras permanecía en silencio, suspendido en el aire estancado y en la insonoridad del ambiente el olor a alcanfor que desde hacía días la mantenía en un tono pardo, oscuro, como una fotografía antigua. Sólo el violeta del solideo del abad y de la capa liviana que con displicencia le colgaba por la espalda como si perteneciera a otro cuerpo rompía la sordina en que se habían sumido los colores de las tapicerías y los cuadros, igual que los ruidos que llegaban atemperados, allanados, de la calle.

La mirada dejó de fisgonear y, acompañada por el gesto pontificio de la mano, la fijó en Manuel para darle a entender que había comprendido la gravedad de la situación y que sobraban las palabras. Después levantó el brazo para señalar el rastro de alcanfor y con un paso en aquella dirección indicó que la conversación había terminado y que deseaba ver al enfermo. Manuel, más alto aún que el propio abad y más corpulento, se le adelantó para abrir el camino y el abad complacido lo siguió, pero Francisca, la anciana que había entrado a los dieciséis años al servicio de su señor, apareció de pronto a sustituirlo. Era regordeta y bajita, ágil aún a pesar de la edad, y para la ocasión se había vestido de negro con cuello de puntillas asomando por el peto del amplio delantal blanco, tan blanco y tan perfecto como el moño blanco con que llevaba recogido el cabello casi a la altura de la nuca. Los precedió en silencio, como una sombra más que avanza a pasitos menudos en la penumbra, y fue abriendo una tras otra las puertas y las luces que los iban acercando a la habitación donde su señor, postrado en la cama, había decidido morir.

—Así lo ha dicho —susurró Manuel sobre el hombro del abad.

—¿Dicho? ¿Dicho qué? ¿No estaba ya sin poder hablar? —preguntó con un gesto puntiagudo sin detener el paso.

—Cuesta mucho morirse, ha escrito —rectificó Manuel.

Al abad no le hizo demasiada impresión esta respuesta o no quiso entenderla, ni siquiera oírla, no había ido hasta allí para entretenerse en escuchar historias y Manuel, que se dio cuenta de que lo había dejado con la palabra en la boca y de que la pasión y la intención, meramente literarias justo es reconocerlo, que había puesto en esa frase tan profunda y tan definitiva de su padre no le había causado el menor efecto, dejó de hablarle a partir de aquel momento y guardó un talante despreocupado aunque ni ofendido ni ausente.

El abad, consciente de aquella reacción tal vez gracias a la infinita sabiduría que había acumulado a lo largo de tantos años de ministerio, prefirió no darse por enterado y se dedicó a mirar el entorno que lo precedía. Seguía los pasos de Francisca dejando un rastro de majestad el movimiento ondulante de su cuerpo, volaban someramente al compás de su paso los extremos de la capa como las alas de una gaviota sobre el mar y la cruz pectoral que le pendía del cuello golpeaba al mismo ritmo sobre la pechera de su sotana.

En el salón de invitados, la última pieza antes de llegar al cuarto del moribundo, Monseñor se detuvo un instante observando el cuadro de una mujer tumbada, desnuda, con una serpiente enroscada en los tobillos y un velo azul vaporoso que le cubría con pudor el vientre y los muslos. Se quitó las gafas y acercó los ojos al extremo inferior del cuadro hasta que estuvieron a la distancia de un centímetro.

Un Martí Alsina, leyó, y se dirigió a Manuel con extrañeza como si le hubieran escamoteado este cuadro en la lista de obras completas de la casa.

—¿Hace mucho que lo tiene?

A punto estuvo Manuel de contarle la historia del cuadro que como todos los del salón y de la casa tenía la suya, pero sabedor de que ninguno de ellos había de pertenecerle jamás porque sabía que ya antes de morir su padre les había dado su destino definitivo, cambió de idea. Se los llevarán, pensó, pero se los llevarán sin historia.

El abad debió recordar de pronto cuál era su cometido aquella tarde y entender que por importante que fuera su ministerio en la casa su tiempo era limitado. Se apartó pues del Martí Alsina y siguió su camino tras Francisca que ya estaba abriendo la puerta. Las persianas bajadas y los cortinajes corridos detenían la última luz de la tarde que aún sin verla habría podido herir las pupilas del moribundo. El santuario, más tenebroso aún que el resto de la casa, retuvo por unos instantes la oscuridad que rompía con timidez el hilo de luz de la vela del lignum crucis, uno de los dos millones de esquirlas de la cruz de Cristo que de haberse ensamblado por un milagro habrían puesto en pie un bosque de cruces, un campo de martirios, como había dicho Manuel tantas veces desde que era niño cuando su padre no lo oía…

Título: Luna lunera (PDF-EPUB)
Autores: Rosa Regàs
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.5 MB
Formato: PDF-EPUB

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Rosa Regàs - Luna lunera (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Rosa Regàs - Luna lunera (PDF-EPUB) En la penumbra estática de la casa un timbrazo metálico e insistente alborotó el aire enrarecido como si hubiera echado a volar una bandada de luz y de tiniebla. Se abrió la puerta y el abad hizo su entrada en el amplio vestíbulo con esa precipitación que da cuenta de la importancia de un mandato que no admite dilación ni demora, y de la atención y deferencia que exige el rango de quien lo ejecuta.…

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