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Robert Walser – El bandido (PDF-EPUB)

Robert Walser – El bandido (PDF-EPUB)

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Robert Walser – El bandido (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Robert Walser – El bandido (PDF-EPUB)

Edith lo ama. Luego volveremos sobre ello. Tal vez no tendría que haber trabado relación con ese inútil sin dinero. Parece que ella le envíe delegadas o, cómo decirlo, mediadoras. Amigas así tiene él en todas partes, pero nunca ocurre nada serio, y aún menos con la famosa historia de los cien francos. En una ocasión puso por pura condescendencia, por filantropía, cien mil marcos en manos de otros. Si le toman el pelo, él se suma al cachondeo. Con eso bastaría para encontrarlo realmente sospechoso. No tiene un solo amigo. Durante «todo este tiempo» que lleva entre nosotros, no ha logrado, para su contento, ganarse el aprecio del mundo masculino.

¿Acaso no es esto una prueba de la mayor y más grave falta de talento que uno pueda imaginarse? Hace ya tiempo que sus buenas maneras «crispan los nervios» de mucha gente. Y esta muchacha, la pobre Edith, lo ama, mientras él sale todas las noches, a eso de las nueve y media, y porque aún hace calor, a tomar un baño. Lo hace por mi culpa, pero sin rechistar. Uno se ha esforzado lo indecible para crearlo. ¿Acaso cree este peruano, o lo que sea, que puede hacerlo él solito? «¿Qué hay?» Así es como las chicas del pueblo se dirigen a él, y él —¡ay, Dios mío!—, que parece idiota, cree que este modo que tienen las muchachas de preguntarle qué quiere es encantador. Hace tiempo que lo tratan, acá y allá, como a un auténtico desecho, y para colmo él se alegra. Le observan como si fueran a exclamar: «Para variar, ese tipo imposible vuelve a merodear por ahí. ¡Oh, qué pesado!». Le divierte que lo miren con ojos huraños. Hoy ha llovido un poquito, de modo que ella lo ama. Le cogió cariño casi desde el primer momento, aunque a él le pareciera inconcebible. Y ahora esa viuda que ha muerto por su culpa. Volveremos sin lugar a dudas sobre esta mujer relativamente honesta que tenía una tienda en una de nuestras calles. Nuestra ciudad guarda un parecido con una gran corte, tan unidas se encuentran sus partes. De eso también hablaremos. De todos modos seré breve. Estén convencidos de que únicamente les contaré cosas de buen tono. Y es que me tengo por un escritor distinguido, lo que tal vez sea muy insensato por mi parte. Quizá se cuelen también ciertas cosas de menos distinción. Así pues, con los cien francos no ocurrió nada en absoluto. ¿Cómo se puede ser tan prosaico como este individuo de humor incorregible, que ve cómo las muchachas que llevan hermosos delantales le dicen con sólo verlo: «Y ahora éste. Lo que faltaba»? Estas expresiones, naturalmente, le hacen estremecerse ante su propia persona, pero siempre acaba por olvidarlo todo. Sólo un inútil como él es capaz de dejar escapar tantas cosas importantes, bellas y útiles de su cabeza. Estar sin blanca es el sino de un inútil. En una ocasión estaba sentado en un banco, en el bosque. ¿Cuándo fue? Las mujeres de la alta sociedad lo juzgan con más indulgencia. ¿Será porque advierten que es un caradura? Y que le den la mano directores. ¿No es acaso muy curioso? ¿A un bandido como él?

La indiferencia, el pasotismo de los peatones en la calle irrita a los conductores.

Por decirlo rápidamente: he ahí un representante que no me obedece. Le abandonaré a su terquedad. Lo olvidaré majestuosamente. Pero resulta que un tipo mediocre ha tenido cierto éxito con Edith. Sea como fuere, el caso es que lleva uno de esos sombreros elegantes que confieren un aire moderno a quien los porta. También yo soy mediocre y me alegra serlo, no así el bandido que estaba en el bosque, sentado en un banco, a quien, si no, le hubiera resultado imposible decirse en voz baja: «Hubo un tiempo en que solía deambular por las calles de una ciudad luminosa, como oficinista y delirante patriota. Si mal no recuerdo, fui a buscar, por encargo de mi patrona, una pantalla para una lámpara o lo que quiera que fuera aquello. Por aquel entonces me encargaba de vigilar a un hombre mayor, y le conté a una joven muchacha lo que había sido antes de recalar a su lado. En la actualidad estoy instalado en una desocupación de la que, por consideración a la justicia, hago responsable al extranjero. En el extranjero, con la sola promesa de mostrar talento, me pagaban un sueldo todos los meses. En lugar de dármelas de hombre culto y espiritual, iba a la caza de grandes distracciones. Un buen día mi benefactor me puso al corriente de la inconveniencia que suponía —así se lo pareció a él— seguir manteniéndome económicamente por mucho más tiempo. Este comentario por poco me deja mudo del asombro. Me senté a mi delicada mesa, a saber: en mi sofá. Mi casera me encontró llorando. “No te preocupes”, me dijo. “Si me alegras todas las veladas con una bella conferencia, dejaré que vengas a mi cocina y ases las costillas más jugosas sin pagar por ello. No todos los hombres han sido llamados a ser útiles.

Tú eres una excepción.” Sus palabras fueron para mí la posibilidad de seguir existiendo sin tener que hacer nada. El ferrocarril me trajo luego hasta aquí para que el rostro de Edith me pareciera horroroso. El dolor que me provoca se parece a una viga maestra de la que penden los buenos momentos». Esto se decía bajo el cobertizo de hojas, cuando, saltando, salió al encuentro de un borracho que acababa de guardarse la botella de aguardiente en su chaqueta. «Eh, tú, detente», exclamó.

«Confiesa el secreto que ocultas al mundo.» El interpelado se quedó de una pieza, no sin sonreír por ello. Se miraron mutuamente, tras lo cual el pobre hombre prosiguió su camino agitando la cabeza, desgranando toda suerte de comentarios sobre el espíritu de su tiempo. El bandido los recogió todos con mucho esmero. Había oscurecido, y nuestro conocedor de la región de Pontarlier regresó a su casa, a la que llegó con ganas de acostarse. En cuanto a la ciudad de Pontarlier, la había conocido gracias a un célebre libro. Entre otras cosas, hay en la ciudad una fortaleza en la que, durante cierto tiempo, tuvieron el placer de alojarse un poeta y un general negro.

Antes de meterse en el nido o en la cama, nuestro asiduo lector y amante de la lengua francesa dijo: «Hace tiempo que tendría que haberle devuelto el brazalete». ¿Que en quién estaba pensando? Extraño monólogo éste, sobre el cual tendremos probablemente ocasión de volver. Solía limpiarse los zapatos él mismo, todas las mañanas a las once. A las once y media bajaba las escaleras a toda prisa. Al mediodía había casi siempre espaguetis, oh, sí, y se los comía siempre con mucho gusto. A veces se extrañaba de no haberlos aborrecido. Ayer me corté un bastón.

Imagínenselo: un escritor pasea por el paisaje dominical, recoge un bastón, sospechaque le sienta de maravilla, se come un bocadillo de jamón y piensa, mientras devora este bocadillo de jamón, que la camarera, parecida al bastón por su maravillosa esbeltez, es la persona indicada para hacerle una pregunta: «Señorita, ¿le importaría golpearme la mano con este bastón?». Turbada, retrocede ante el solicitante. Hasta la fecha nunca ha querido hacer algo semejante. Llegué a la ciudad y toqué a un estudiante con mi vara. Había otros estudiantes sentados a la mesa redonda, en el café. El tocado me miró como quien observa algo hasta la fecha nunca visto; el resto de estudiantes me miraba de la misma manera. Como si, de repente, hubiera muchas cosas que jamás habían comprendido. ¡¿Pero qué estoy diciendo?! En todo caso fingieron asombro por motivos de decencia, y, mientras tanto, el héroe de nuestra novela, o quien está llamado a serlo, estira la manta hasta la altura de la boca y se pone a pensar en alguna cosa. Tenía la costumbre de pensar siempre en alguna cosa, la costumbre de, por así decirlo, filosofar aunque nadie le diera nunca nada a cambio…

Título: El bandido (PDF-EPUB)
Autores: Robert Walser
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.2 MB
Formato: PDF-EPUB

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Robert Walser - El bandido (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Robert Walser - El bandido (PDF-EPUB) Edith lo ama. Luego volveremos sobre ello. Tal vez no tendría que haber trabado relación con ese inútil sin dinero. Parece que ella le envíe delegadas o, cómo decirlo, mediadoras. Amigas así tiene él en todas partes, pero nunca ocurre nada serio, y aún menos con la famosa historia de los cien francos. En una ocasión puso por pura condescendencia, por filantropía, cien mil marcos en manos de otros. Si le toman el pelo, él…

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