Libros y Solucionarios Más Descargados
Inicio » Literatura » Literatura 4 » Reyes Calderón – Dispara a la luna (PDF-EPUB)

Reyes Calderón – Dispara a la luna (PDF-EPUB)

Reyes Calderón – Dispara a la luna (PDF-EPUB)

Reyes Calderón - Dispara a la luna (PDF-EPUB)

Reyes Calderón – Dispara a la luna (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Reyes Calderón – Dispara a la luna (PDF-EPUB)

Si formularan las preguntas oportunas, me vería obligada a responderlas. Por suerte,Si formularan las preguntas oportunas, me vería obligada a responderlas. Por suerte,los agentes de la gendarmería francesa se empecinan en hacerme revelar datos queignoro. Quieren saber qué relación tenía con el hombre cuyo cuerpo acaban delocalizar en el número 30 de la calle de L’Humanité, junto a la chimenea.

Ni siquieratengo que mentir: la verdad absoluta es que no sé quién es. En mi deficiente francés,expongo que ni tengo ni nunca he tenido relación alguna con el difunto, de quien, pordesconocer, desconozco hasta el nombre.Estoy esposada con ambas manos a la espalda, en pie en medio de la sala, a dospasos del cadáver, al que, a la espera de la llegada del furgón del anatómico forense,alguien ha cubierto con una sábana.

Estoy inquieta y enojada, y la mejilla me ardetras el golpe recibido; sin embargo, esos sentimientos no me impiden captar el gestomalicioso de dos de los agentes, que intercambian miradas obscenas, y añado:—Quiero que quede constancia de lo que voy a declarar: no era amante, nienemiga, ni esposa, ni colega del occiso. Sé que, dadas las circunstancias, resultadifícil de creer, pero les aseguro que lo que digo es radicalmente cierto: el muerto erapara mí un perfecto desconocido. Lo he visto por primera vez esta madrugada alacceder a esta vivienda.

Estaba tendido en el suelo, con un charco de sangre ya oscurabordeándole la cabeza. Y con los calcetines… Bueno, creo que eso no hace faltamencionarlo: ustedes mismos han podido comprobarlo.Oigo las risitas de los agentes, y, como tengo buen oído, cuando estas sedesvanecen, oigo también cómo mascullan sus conclusiones al oído del comisario:—Está claro, señor, estamos ante un crimen pasional.

Dos hombres discuten poruna mujer y acaban matándose entre sí —refiere uno de ellos.Otro, mayor y más bajito, añade:—La verdad es que no se entiende. La pelirroja no vale una bala. Salvo que seaella la que haya disparado. Si quiere mi opinión, no me extrañaría.

¿Le ha visto loslabios? La muy puta se los acaba de pintar. ¿Quién, salvo una asesina de amantes, sepinta ante un cadáver? ¡Vieja Mata Hari! Seguro que si le pasamos el algodón por losdedos, da positivo en pólvora.El comisario se gira y me enfoca con sus ojos saltones. Yo le miro a él también.

Nota que les he entendido, pero no dice nada. Yo tampoco. Se recrea unos segundos,pocos, y luego, con un gesto, ordena que localicen la cartera del muerto. La lleva enel bolsillo trasero del pantalón, apostado más o menos a la altura de las rodillas. Sindejar de mirarme, pide que proporcionen en voz alta datos sobre su identidad.—Según su carné, comisario, es un varón. Tenía cuarenta y cinco años y es denacionalidad española. Responde al nombre de Kepa Otano y reside en la localidadde Olaza… Olazagutia, en la Comunidad Foral de Navarra.Le cuesta pronunciar el nombre. Pero yo no me detengo en su dificultad, cuantoen la aclaración sobre el género del occiso. Y no puedo evitar que se me escape una  isita. No hace falta un carné para saber que el muerto era varón. Aunque en Francia son tan modernos, que vaya usted a saber. A raíz de mi gesto espontáneo, me vuelven a interrogar. Me preguntan por qué la muerte de ese compatriota y vecino me produce hilaridad. Y declaro de nuevo, muy seria esta vez, que es la primera vez que oigo su nombre y veo su cuerpo. Pero que, por lo que dicen, él es navarro y yo soy vasca:cosas tan distintas como parisino y lionés.

Ante ese comentario, todos vuelven sus ojos hacia mí, como si, por esa aclaración, me hubieran pillado en un renuncio. E insisten. Las mismas preguntas, una y otra vez. No les culpo. Les comprendo. Pero mi respuesta no puede ser otra: les repito que no le conocía. Lo hago con todo el convencimiento del que soy capaz. No necesito mucho porque es la pura verdad, y es una suerte porque miento bastante mal.

De hecho, mis mentiras llevan siempre tics incorporados. Involuntariamente, se me encoge la nariz, me atuso el cabello y me paso los dedos por la comisura de los labios. Esta vez no me ocurre. No podría suceder aunque quisiera: con las manos esposadas, no hay tics que valgan. Aunque mi angustia subsiste.

El comisario también está empezando a ponerse nervioso. Se llama Roland Mathieu. Es un hombre grande, o más bien grueso, con un poblado mostacho canoso con las puntas enceradas. Se las enreda, con ambas manos, cada pocos minutos. Ese parece ser su tic. Hacía tiempo que no veía un bigote así. En él no desentona. En realidad, le pega. Calculo que estará próximo a la jubilación. Manda mucho, pero su voz de pito impone poco; al menos, a mí no ha logrado acobardarme. Aunque soy capaz de ponerme en su lugar.

Título: Dispara a la luna (PDF-EPUB)
Autores: Reyes Calderón
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.8 MB
Formato: PDF-EPUB

LINKS DE DESCARGA:
Comparte Nuestros Libros!
Facebook
Twitter
Google +
Youtube
Correo
Reyes Calderón - Dispara a la luna (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Reyes Calderón - Dispara a la luna (PDF-EPUB) Si formularan las preguntas oportunas, me vería obligada a responderlas. Por suerte,Si formularan las preguntas oportunas, me vería obligada a responderlas. Por suerte,los agentes de la gendarmería francesa se empecinan en hacerme revelar datos queignoro. Quieren saber qué relación tenía con el hombre cuyo cuerpo acaban delocalizar en el número 30 de la calle de L’Humanité, junto a la chimenea. Ni siquieratengo que mentir: la verdad absoluta es que…

Review Overview

0%

User Rating: Be the first one !
0

Deja un Comentario

Tu dirección de email no será publicada.