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Rex Gordon – Robinsón de Marte (PDF-EPUB)

Rex Gordon – Robinsón de Marte (PDF-EPUB)

Rex Gordon - Robinsón de Marte (PDF-EPUB)

Rex Gordon – Robinsón de Marte (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Rex Gordon – Robinsón de Marte (PDF-EPUB)

Aquel puesto de lanzamiento, situado en Woomera, alrededor del cual habitábamos todos en barracones de estaño, no se parecía en nada a un campamento militar de los tiempos de la primera guerra mundial. Es verdad que había cráteres producidos por alguna explosión o por inesperados cañonazos; pero eran cráteres hechos en la tierra dura y no en el barro. Cierto es que, a la madrugada y al anochecer daba la impresión de que, los descarnados y ennegrecidos postes metálicos dominaban todo el paisaje y no faltó por lo menos un hombre que decía ver en ello cierta belleza y quiso reproducirla en un cuadro que esperaba ver, un día, colgado en la mismísima Tate Gallery de Londres.

Ignoro si llegó a terminar su cuadro. Lo que sí sé es que no pasó mucho tiempo sin llegar a obtener un permiso para ir a cuidarse en una clínica psiquiátrica. Él hablaba siempre de la soledad y el silencio, de la impresión que le ocasionaban los cohetes, en aquellos tiempos en que se disparaban a bombo y platillos. Lo cierto es que la soledad del desierto se apoderaba de su ánimo debido al paisaje que se adivinaba tras las empalizadas.

No todos eran como él. La mayor parte de los hombres se quejaban de la luz del sol que descendía, día tras día, sobre los techos de estaño, desde lo alto de un cielo bruñido, sin nubes y ventoso. El viento levantaba el polvo y, el polvo, hacía que, algunas veces, el sol apareciera verdoso, con el tono verde-gris del cobre. Todos estábamos de acuerdo en que, nuestra posición, hubiese sido más soportable si dispusiéramos de la cantidad de agua necesaria.

Mirando el desierto hacia el oeste, impresionaba pensar que, en millares de millas, no se encontraba un solo ser humano. Solamente torres de radar, cada centenar de millas, para mensurar el vuelo de los cohetes.

Yo acostumbraba a recibir, por lo menos, dos cartas de mi madre y ninguna otra.

Ella me preguntaba de qué podíamos hablar en un lugar tan vacío y desolado como el que yo le describía. Le contestaba que había mucho que hablar y que escuchar sobre velocidades de escape, combustibles, metalurgia, de las cámaras de combustión, trayectorias y desplazamientos causados por los cambios de dirección en las grandes alturas. Hubiera podido hablarle de muchas más cosas; pero eran de carácter técnico y pensaba que ella tampoco podría comprenderlas.

Yo no estaba loco; a las seis semanas de estar allí comprendí que tenía que elegir entre adaptarme a vivir en medio de aquellas cosas, en compañía de barbudos profesores de universidad, de matemáticos embutidos en sucios shorts, de químicos que cubrían sus calvas cabezas con sombreros de paja y de físicos de pelo en pecho, o empezar a lanzar alaridos. Mucho se podría contar sobre los que aullaban, antes de decidirse a pintar sus extravagancias o a escribir para aprender, por correspondencia, cómo se toca el oboe. Se paseaban con una cara tristísima y, cuando se intentaba hablarles de algo interesante como, por ejemplo, la nueva fórmula comparativa del peróxido-nítrico-ácido, te volvían las espaldas y se alejaban como si hubiesen visto el diablo tras de ti. Los que así se portaban, desaparecían pronto. En Woomera sólo había una cosa que mantuviera a los hombres sanos, y, esta cosa, eran los cohetes.

No pueden ustedes imaginar como, estos hombres, se emocionaban profundamente con los cohetes; quiero decir hablando de la diferencia que existía entre uno y otro cohete. Pero nosotros, cualquiera de los que durante seis o más meses hemos vivido aquí, nos encontrábamos en un estado casi permanente de revuelta. Estaban los americanos con sus investigaciones de altos vuelos, con sus Departamentos de Medicina del Espacio; el ejército de los Estados Unidos con sus laboratorios volantes y sus experimentos con ratones y monos. En cambio, nosotros, permanecíamos atados al control terrestre y sólo se nos permitía lanzar un cohete detrás de otro todo a lo largo de la línea. Claro que me figuro que esto también nos ayudaba. Nada cura tanto a los hombres como sentirse profundamente interesados por algo y se ponen enfermos cuando están aburridos.

El Gobierno lo ignoraba; pero casi la mitad de los cohetes que se lanzaban a lo largo de la línea, llevaban hombres en su interior. Las muertes que acaecían —que fueron pocas— se registraban siempre como «deficiencias en el equipo a causa de la escasa financiación». Esto también era verdad. Si hubiésemos tenido un Wing de la R.A.F. para ayudarnos en el vuelo inicial y una financiación proporcional a la que tenían los sabios atómicos, hubiésemos llegado a la Luna antes de que los americanos lanzaran su satélite artificial.

Por si el lector lo ignora, diremos que, los americanos, lanzaron su satélite artificial en 1954. Ha ido dando vueltas por el universo a una distancia de mil millas y, su objetivo, consiste en actuar como una estación de radar cuyas señales se utilizarían para dirigir bombas volantes contra Moscú, proyecto, por otra parte, muy difícil de realizar debido a la curvatura de la Tierra. En el momento en que estoy escribiendo, las noticias del satélite han empezado a filtrarse entre nosotros. Hasta ahora, sólo habían tenido conocimiento de ello los rusos, que habían iniciado un examen detenido y sistemático hacia cada posición del firmamento desde el año 1949, a base de un potente telescopio y del radar. Su satélite artificial fue colocado en órbita en 1955, cruzando los Estados Unidos por el paralelo 49. Su situación no se había publicado en absoluto y se habían tomado todas las precauciones para que esto no ocurriera, ya que tales hechos se consideraban todavía como secretos militares en el momento en que yo abandoné la Tierra…

Título: Robinsón de Marte (PDF-EPUB)
Autores: Rex Gordon
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.2 MB
Formato: PDF-EPUB

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Rex Gordon - Robinsón de Marte (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Rex Gordon - Robinsón de Marte (PDF-EPUB) Aquel puesto de lanzamiento, situado en Woomera, alrededor del cual habitábamos todos en barracones de estaño, no se parecía en nada a un campamento militar de los tiempos de la primera guerra mundial. Es verdad que había cráteres producidos por alguna explosión o por inesperados cañonazos; pero eran cráteres hechos en la tierra dura y no en el barro. Cierto es que, a la madrugada y al anochecer daba la impresión de…

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