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Raymond Chandler – Una pareja de escritores (PDF-EPUB)

Raymond Chandler – Una pareja de escritores (PDF-EPUB)

Raymond Chandler - Una pareja de escritores (PDF-EPUB)

Raymond Chandler – Una pareja de escritores (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Raymond Chandler – Una pareja de escritores (PDF-EPUB)

Por muy borracho que estuviera la noche anterior, Hank Bruton se levantaba siempre muy temprano y rondaba descalzo por la casa, esperando a que hirviese el café. Cerraba la puerta de la habitación de Marion colocando un dedo en el borde de aquélla para frenarla al acercarse a la jamba, y soltando el tirador con gran delicadeza para no hacer el menor ruido. Le parecía bastante extraño que fuese capaz de hacer esto y que sus manos permaneciesen perfectamente firmes, cuando los músculos de las piernas y de los muslos le temblaban de mala manera, le rechinaban los dientes y tenía aquella horrible sensación en la boca del estómago. Todo esto parecía no afectar en absoluto sus manos, idiosincrasia que resultaba curiosa y útil y, a fin de cuentas, ¡al diablo con ello!

Mientras el café se hacía, la casa estaba en silencio y no había ningún ruido en el exterior, entre los árboles, salvo la llamada de algún pájaro lejano y el todavía más lejano murmullo del río, se quedó de pie junto a la persiana y miró a Phoebus, el gran gato rojo que, sentado en el porche, observaba la puerta. Phoebus sabía que no era la hora de comer y que Hank no le dejaría entrar, y probablemente sabía la razón: si entraba empezaría a maullar, chillaría más que un revisor de ferrocarril y daría al traste con el sueño matinal de Marion. Y no era que a Hank le importase mucho su sueño matinal, sino que quería disfrutar a solas de aquellas horas tempranas, tranquilamente, sin voces… y en particular sin la voz de Marion.

Miró al gato y Phoebus bostezó y lanzó una nota agria, no demasiado fuerte, sólo para demostrar que a él no le engañaba nadie.

—Cállate —dijo Henry.

Phoebus se sentó, alzó una de las patas traseras y empezó a lamerse la pelambre.

Hizo una pausa en mitad de esta tarea, sin bajar la pata, y miró fijamente a Hank de un modo deliberadamente insultante.

—Antiguallas —dijo Hank—. Los gatos hacen eso desde hace diez mil años.

Pero era eficaz. Tal vez había que ser absolutamente desvergonzado para ser un buen comediante. He aquí una buena idea. Quizás debería tomar nota. Inútil. Si Hank Bruton había pensado en esto, sin duda se le habría ocurrido ya antes a alguien.

Apartó la Cory de la plancha de amianto y esperó a que silbase. Entonces vertió café en una taza, añadió un poco de agua fría y se lo bebió de un trago. Añadió crema y azúcar a la segunda taza y sorbió despacio. Se alivió la sensación nerviosa de su estómago, pero los músculos de las piernas siguieron molestándole.

Bajó la llama debajo de la plancha de amianto y puso de nuevo la cafetera sobre ella. Salió de casa por la puerta principal, bajó descalzo del porche de madera y caminó de lado sobre el césped húmedo de rocío. La casa era vieja y vulgar, pero tenía a su alrededor mucho césped que necesitaba ser recortado y estaba rodeado de pinos no muy altos, salvo por el lado que descendía hacia el río. Como casa, no era gran cosa y estaba endiabladamente alejada de todo, pero por treinta y cinco dólares al mes era una ganga. Debían conservarla. Puestos a vivir en algún lugar, éste era el mejor de todos.

Por encima de las copas de los pinos podía ver el semicírculo de montes bajos, envueltos en niebla hasta la mitad de sus faldas. El sol se encargaría pronto de ella. El aire era frío, pero era un frío suave, no penetrante. Un sitio bastante bueno para vivir, pensó Hank. Y muy bueno para una pareja de aspirantes a escritores que, en lo tocante a talento, no estaban lejos de la inopia. Un hombre debería ser capaz de vivir aquí sin emborracharse todas las noches. Probablemente un hombre podría hacerlo.

Pero probablemente y ante todo, un hombre no estaría aquí. Mientras bajaba hacia el río, trató de recordar qué había ocurrido de anormal la noche pasada. No pudo recordarlo, pero tuvo la vaga impresión de que se había producido una especie de crisis. Probablemente había dicho algo acerca del segundo acto de Marion, pero no podía recordar el qué. Sin duda no había sido un cumplido. Pero ¿de qué habría servido no ser sincero sobre su maldita comedia? Remendarla con chapucerías no la mejoraría. Decirle que era buena cuando no lo era no la haría avanzar una casilla. Los escritores deben mirarse directamente a los ojos, y si no ven nada, deben decirlo.

Se detuvo y se frotó la boca del estómago. Ahora podía ver el agua de un gris de acero entre los árboles, y le gustaba verla así. Se estremeció un poco al pensar en lo fría que estaría y saber que esto era precisamente lo que le gustaba. El agua te agredía durante unos pocos segundos, pero no te mataba, y después te sentías maravillosamente, aunque no por mucho rato.

Llegó a la orilla, dejó en el suelo la toalla y un par de zapatillas que llevaba en la mano, y se quitó la camisa. ¡Qué solitario era aquello! El débil rumor del agua era el sonido más solitario del mundo. Como siempre, lamentó no tener un perro que brincase alrededor de sus piernas, ladrase y se lanzase a nadar con él; pero no se podía tener un perro con Phoebus, que era demasiado viejo y terco para tolerar un can. O él daría buena cuenta del perro o el perro le pillaría desprevenido y le rompería el espinazo. De todos modos, tendría que ser un perro muy singular para meterse en aquel agua helada. Hank tendría que arrojarlo a ella. Y el perro se asustaría y tendría dificultad con la corriente y Hank tendría que sacarlo. Había veces en que bastante trabajo tenía en salir él mismo del agua…

Título: Una pareja de escritores (PDF-EPUB)
Autores: Raymond Chandler
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 951 KB
Formato: PDF-EPUB

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Raymond Chandler - Una pareja de escritores (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Raymond Chandler - Una pareja de escritores (PDF-EPUB) Por muy borracho que estuviera la noche anterior, Hank Bruton se levantaba siempre muy temprano y rondaba descalzo por la casa, esperando a que hirviese el café. Cerraba la puerta de la habitación de Marion colocando un dedo en el borde de aquélla para frenarla al acercarse a la jamba, y soltando el tirador con gran delicadeza para no hacer el menor ruido. Le parecía bastante extraño que fuese…

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