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Ramón Díaz Eterovic – El leve aliento de la verdad (PDF-EPUB)

Ramón Díaz Eterovic – El leve aliento de la verdad (PDF-EPUB)

Ramón Díaz Eterovic - El leve aliento de la verdad (PDF-EPUB)

Ramón Díaz Eterovic – El leve aliento de la verdad (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Ramón Díaz Eterovic – El leve aliento de la verdad (PDF-EPUB)

La vida no se cansa de arrebatarnos el entusiasmo, pensé mientras observaba la calle desde uno de los balcones de mi departamento. A veces es de golpe, y otras, la mayoría, lentamente, como en un juego de azar en el que no obstante una ganancia pasajera, tarde o temprano la banca termina con el total de las fichas en su poder, y nos deja con las sobras, los recuerdos, la frágil resta entre lo que pudo ser y no fue.

Las casas y edificios morían a mi alrededor, cambiaban sus formas, se convertían en sombras, manchas, evocaciones apenas iluminadas por las luces mortecinas de un bar para borrachos sin huellas. El papel mural del departamento lucía descascarado, las maderas de las ventanas estaban carcomidas y sus bisagras chirriaban de un modo lastimero. De noche el departamento crujía igual que una barca en alta mar y me extrañaba no oír carcajadas demoníacas, como las que se ilustraban en las historietas del Doctor Mortis o El Monje Loco, que había leído en el orfanato al amparo de una luz mísera que, al extinguirse, dejaba en mi mente una serie de pesadillas en las que aparecían las sombras de implacables seres malignos.

Anselmo, mi amigo quiosquero, desde la muerte de su hijo parecía encogerse cada día más dentro de su puesto de revistas y golosinas. Y en mi rostro surgían arrugas que me recordaban que el tiempo llevaba varias décadas anidado entre mis huesos. Había traspasado la frontera de los cincuenta años y con algo de fortuna esperaba seguir en la huella por otros veinte, aunque fuera para contradecir los diagnósticos médicos o a quienes, casi siempre motivados por el deseo de venganza, esperaban verme a la brevedad posible fuera de circulación. Solo el aspecto de Simenon seguía inalterable, albo, gordo, reluciente, viviendo al amparo de esa magia que según había leído protegía a los gatos y los hacía eternos en su misión de vigilar la errática conducta de los hombres. Había dejado de llevar la cuenta de sus años y me limitaba a seguir creyendo que escuchaba su voz cuando despertaba por las mañanas o al llegar al departamento por las noches, y algo en su mirada me obligaba a sentirme culpable de faltas que no atinaba a comprender.

También el barrio cambiaba. Dos de mis bares favoritos habían cerrado. Uno por la repentina muerte de su dueña y el otro por un aumento desmedido en el arriendo que aplicó el dueño de la propiedad, con la intención de arrendarla a una entidad bancaria. De los dos no quedaban más que fachadas desnudas, que de tanto en tanto servían de tema para los reporteros que pretendían dejar constancia de los cambios experimentados en el viejo corazón de la ciudad. A falta de bares, en el barrio surgían decenas de restaurantes peruanos que daban mayor jerarquía a la gastronomía santiaguina, tiendas donde vendían ropa y peluches usados, locales con juegos electrónicos y unos despachos inclasificables donde los desesperados de siempre vendían sus anillos de bodas o cualquier otra pequeña joya que contuviera al menos un miligramo de oro. Aun así, seguía recorriendo las calles de mi barrio, respirando el aire de boliches viejos y casas de mala muerte que sobrevivían a la modernización y a las picotas que destrozaban los muros de adobe y las rendijas donde prosperaban los
nidos de ratas.

Después de un tiempo de mucha actividad, volvía a estar sin trabajo. Estaba de regreso de un viaje a Puerto Natales, donde había investigado el asesinato de la esposa de un comerciante. Un asunto medianamente complicado que resolví escuchando la chismografía de los vecinos hasta descubrir el nombre del amante de la mujer, un funcionario municipal que la había estrangulado, aburrido de esperar que ella decidiera abandonar a su marido para iniciar una nueva vida a su lado.

Me levantaba minutos antes del mediodía, daba vueltas por el barrio, comía en algún puesto del Portal Fernández Concha o en uno de los restaurantes que poblaban los alrededores de la Estación Mapocho y volvía al departamento a leer las novelas que nunca faltaban sobre mi escritorio. Leía y escuchaba música hasta que la noche hacía sentir su fuerza sobre mis ojos. Con eso, y a mi manera, me sentía en paz frente al inevitable paso de los días. Tenía dinero para sobrevivir un par de meses, pagar el arriendo del departamento y alimentar a Simenon. Sin el apremio de tener que llegar a la hora a ningún trabajo, sin deudas pendientes en bancos o cadenas comerciales, podía considerarme un tipo feliz, por lo menos hasta que no recordaba las ineludibles huellas del pasado o que nadie me esperaba al llegar al departamento, desde la noche en que Griseta, mi amiga de tantos años, me llamó por teléfono desde Madrid para decirme que se quedaba de manera definitiva en esa ciudad, ya que después de terminar sus estudios había conseguido un trabajo que le permitiría seguir alejada de Chile, país que ella consideraba chato, gris, lastimosamente aburrido, y donde la alegría de vivir parecía haberse esfumado entre las apariencias, la mediocridad, las extenuantes jornadas laborales y las estupideces que transmitía la televisión para reblandecer el cerebro de la gente. La despedida fue sin drama ni recriminaciones.

Simplemente aceptamos que los amores tienen su tiempo y sus luces, y luego, si no hay leña para alimentar el fuego, no queda otra cosa que observar las brasas y sentir un leve escalofrío en la mitad de la noche…

Título: El leve aliento de la verdad (PDF-EPUB)
Autores: Ramón Díaz Eterovic
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.5 MB
Formato: PDF-EPUB

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Ramón Díaz Eterovic - El leve aliento de la verdad (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Ramón Díaz Eterovic - El leve aliento de la verdad (PDF-EPUB) La vida no se cansa de arrebatarnos el entusiasmo, pensé mientras observaba la calle desde uno de los balcones de mi departamento. A veces es de golpe, y otras, la mayoría, lentamente, como en un juego de azar en el que no obstante una ganancia pasajera, tarde o temprano la banca termina con el total de las fichas en su…

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