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Rafael Chirbes – Mediterráneos (PDF-EPUB)

Rafael Chirbes – Mediterráneos (PDF-EPUB)

Rafael Chirbes - Mediterráneos (PDF-EPUB)

Rafael Chirbes – Mediterráneos (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Rafael Chirbes – Mediterráneos (PDF-EPUB)

He vuelto a leer el libro que Braudel escribió sobre el Mediterráneo. He recorrido nuevamente las desoladas playas, las llanuras cenagosas, las ciudades que se levantan sobre viejas ruinas ante un horizonte de barcos. Me he encontrado otra vez con los hombres que cultivan con esfuerzo las laderas de los montes y he recordado los caminos invisibles que los comerciantes han seguido durante milenios, aprendiendo a descifrar, sobre la evanescencia de las aguas, un código impreso por innumerables formas de memoria.

Es un libro que he leído en varias ocasiones. Me asomé por vez primera a él cuando aún no era más que un adolescente. No sé con exactitud lo que me enseñó entonces, cuando lo leía en un piso de estudiantes de un barrio a las afueras de Madrid, casi con la culpable sensación de estar perdiendo el tiempo, entreteniéndome en cosas de escasa trascendencia: por aquellos días, teníamos tanta prisa por construir el futuro que el pasado apenas nos interesaba más que como síntoma de lo que iba a llegar, así que imagino que mi vagabundeo por las páginas de Braudel debió de ser torpe y vacilante. También los libros —como los mares— están cruzados por caminos que hay que aprender. Si no, uno puede encallar o extraviarse en ellos.

De aquella aventura, a pesar de todo, me quedó un relámpago de fascinación. No hay por qué extrañarse. Con frecuencia, las afinidades nacen como intuiciones. Hay gentes, libros o ciudades que no entendemos, pero que nos atrapan y nos obligan a visitarlos una y otra vez, seguramente porque advertimos en ellos indicios de que esconden algo que nosotros buscamos. En la media distancia, uno distingue la presencia de un pez bajo las aguas, no por su preciso dibujo, sino por el deslumbramiento de un fugitivo relámpago. Esos libros, ciudades y gentes inquietantes acaban formando necesarias piezas de nuestra identidad.

Braudel escribió en el prólogo de la edición francesa de su obra: «Amo apasionadamente el Mediterráneo, tal vez porque, como tantos otros, y después de tantos otros, he llegado a él desde las tierras del norte». Mi caso ha sido más bien el contrario. Al emprender aquella primera lectura, vivía desde hacía doce años en las hoscas tierras del interior —Ávila, León, Salamanca y Madrid habían sido mis paisajes— y, a pesar de que había nacido a orillas de ese mar, y regresaba a él cada verano, con el ardoroso orgullo que caracteriza a los jóvenes, me creía más cerca de Unamuno, san Juan y hasta de los bolcheviques que trabajaban en las heladas estepas de la Unión Soviética que de los espacios que formaron parte de mi infancia: el apacible puerto abatido por el sol del verano, que sólo se animaba cuando, al atardecer, llegaban las barcas con un modesto cargamento de peces condenados a ahogarse, apenas un par de horas más tarde, en el aceite humeante de una sartén; los monótonos gestos de los marineros que cosían las redes, discutían acerca de la dirección y procedencia de los vientos y bromeaban en el bar; la intrascendencia de una playa a la que, por entonces, cuando yo era un niño, se asomaron los primeros turistas; el ruido de las llantas de las ruedas de los carros que, al amanecer, se dirigían en caravana hacia las plantaciones de arroz.

De la lectura primera de Braudel me sedujo lo que consideraba más extraño a mí, más alejado en el espacio y en el tiempo, un Mediterráneo poblado más por sorpresas que por constantes: el blanco de las velas de una nao desplegadas al viento contra el cielo azul; el fulgor de los cañones; el brillo del oro y el colorido de las caravanas de camellos que lo transportaban desde el misterioso corazón de África hasta las playas de Orán; el silencio inaugural de los desiertos; los alminares de Estambul, asomados al índigo de los estrechos; y, de Venecia, el esplendor de una ciudad soberbia y frágil con las calles hechas de agua. Al fin y al cabo, también en las primeras lecturas de Melville nos cegó el brillo de la ballena blanca; y Conrad llegó como una enmarañada y lejana selva antes de que el paso del tiempo nos descubriera que se trataba de una voz que sonaba dentro de nosotros.

Apagado ese fogonazo inicial, tuve que volver a recurrir a Braudel para que me sirviera como guía en un viaje inverso al que él mismo había llevado a cabo, porque mi progresiva fascinación ante el Mediterráneo no ha nacido de la sorpresa de un encuentro inesperado, sino del progresivo descubrimiento de capas geológicas de mi propio ser, cuya existencia yo desconocía, o que creía ya para siempre desvanecidas.

No ha sido un fogonazo, sino una excavación. Leer y entender mejor a Braudel ha ido ayudándome a entender mi propio mar, de igual manera que el conocimiento progresivo de las gentes que pueblan sus orillas me ha llevado a leer de un modo más provechoso el libro inagotable de ese hombre que llegó del norte.

De su mano fui entendiendo que aquel puerto aplastado por el sol y aquellas barcas que volvían cada tarde y el lenguaje de los toscos pescadores eran palabras que, sometidas a sutiles reglas sintácticas, y a una gramática precisa, formaban parte del mismo idioma que había levantado los palacios de Venecia y puesto en marcha las caravanas del Sudán. Con Braudel, intuí la presencia de ese complejo código del que mi existencia y las existencias de mi gente eran nada más que partículas, pero partículas cargadas de significación para quien quisiera leer cierta página del propio libro del mar…

Título: Mediterráneos (PDF-EPUB)
Autores: Rafael Chirbes
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 690 KB
Formato: PDF-EPUB

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Rafael Chirbes - Mediterráneos (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Rafael Chirbes - Mediterráneos (PDF-EPUB) He vuelto a leer el libro que Braudel escribió sobre el Mediterráneo. He recorrido nuevamente las desoladas playas, las llanuras cenagosas, las ciudades que se levantan sobre viejas ruinas ante un horizonte de barcos. Me he encontrado otra vez con los hombres que cultivan con esfuerzo las laderas de los montes y he recordado los caminos invisibles que los comerciantes han seguido durante milenios, aprendiendo a descifrar, sobre la evanescencia de las aguas, un código impreso por innumerables…

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