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Rafael Chirbes – Los viejos amigos (PDF-EPUB)

Rafael Chirbes – Los viejos amigos (PDF-EPUB)

Rafael Chirbes - Los viejos amigos (PDF-EPUB)

Rafael Chirbes – Los viejos amigos (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Rafael Chirbes – Los viejos amigos (PDF-EPUB)

Pienso que mientras que, aquí, los dedos del frío nos esperan a la salida del restaurante para pellizcarnos, siguen creciendo las plantas y se abren las flores delante de mi adosado en Denia a pesar de lo avanzado de la estación, mediados de noviembre; o que el aire fue tenue la pasada mañana y me envolvió con su respiración templada y húmeda mientras Pedrito aparcaba el coche ante mi casa y cargábamos el maletín que yo había preparado con un par de camisas, ropa interior, la bolsa de aseo, lo necesario para la excursión de dos días, al tiempo que él, de pie junto al coche, apoyando la mano derecha en la superficie de la puerta abatible del portamaletas, decía: «Es verdad que la casa es pequeña, pero tienes una vista grande». Anotar en el cuadernito la sensación que me ha producido ese cielo azul intenso recorrido por nubes, como si hubiera un filtro en el paisaje y todo compusiera una secuencia de película: las ramas de los pinos pasando junto a la ventanilla del coche, la sierra pedregosa, pero en la que las primeras lluvias del otoño han puesto manchas verdes y en la que aún quedan pinedas que a simple vista apenas se distinguen, pero que, si uno se fija, descubre que ocupan buena parte del paisaje, no se sabe muy bien dónde, en huecos en recodos en sitios a contrapelo, a trechos tan escondidas que uno sólo las ve cuando el camino rodea un roquedal y ya las tiene encima. Ramas, rocas, arbustos, unas matas de aulaga, palmitos salvajes que crecen en colonias; un grupo de chumberas repletas de higos que nadie coge, algarrobos que han sobrevivido a los sucesivos incendios intencionados: resistentes del mal. Me digo, mientras me limpio con la servilleta los labios después de llevarme la copa a la boca y tomar un sorbo de vino, que recuerdo y anoto cosas que sólo me interesan de refilón, cosas que esta cena inyecta artificialmente en mi memoria, y que son quizás innecesarias. Seguramente deseo que el ruido de unos pensamientos tape el gemido de otros. Guzmán y Taboada discuten de la política posible y de la que no se puede hacer. «Los políticos en activo, los de hoy, yo los conozco», se burla Pedrito, «¿qué os voy a contar?». Y luego, tras una pausa: «¿Qué hemos ganado?, ¿qué hemos perdido? Puta vida, ¿verdad? Nuestras ilusiones», concluye zumbón. Guzmán se defiende: «En la historia no hay pausas, no se baja y se sube el telón. No hay entreactos. Es una sesión continua». Y se han puesto a hablar los tres de lo que hicieron el día en que murió Franco, del veintitrés efe, de la utopía comunista, de Rusia desmantelada, de China metida en el frenesí del consumo, de América zapateando sola sobre la mesa del mundo. Discuten ante la mirada atenta de los hijos de Guzmán, mientras Pedrito, desentendiéndose por un instante de lo que Guzmán y Taboada recuerdan, ha girado ligeramente la cabeza para poder contemplar mejor el escote de Amalia. Me doy cuenta del movimiento de sus ojos, y siento una punzada de celos retroactivos; o una punzada de nostalgia, y, por eso, para curarme de los celos o domesticar la nostalgia, como movimiento defensivo («nunca llegarás a ser un revolucionario, te gusta demasiado la literatura», me dijo Pedrito por entonces, «ni serás un buen amante. La literatura está reñida con el amor y con la revolución»), pienso en mi casa, en que he salido esta mañana de casa y ya tengo ganas de volver.

Al llegar a Contreras se ha nublado y unos kilómetros más tarde ha empezado a llover. Ya no ha parado de llover hasta Madrid. Recuerdo el movimiento del limpiaparabrisas, las gotas estallando contra el cristal, y lo recuerdo a él cuando éramos niños, amigos de infancia, unos cuantos años antes de que me expulsara de la revolución. La infancia es un bálsamo: los tebeos que nos cambiábamos; yo coleccionaba Pantera Negra, y él, Pequeño Pantera Negra. Los dos comprábamos ejemplares de El Capitán Trueno y El Jabato. Nos poníamos en la cabeza, sujetándolas con cintas de color negro que él le robaba a su madre modista, coloreadas plumas de gallina, plumas de pavo que encontrábamos en los basureros: éramos Sitting Bull y Gerónimo, enfrentando sus estrategias, su capacidad para volverse invisibles tras un vagón, para sorprender al enemigo al borde de una acequia; recuerdos infantiles, veloces, alucinados, giran en la cabeza como tiovivos.

Recuerdos: cuando llegó a la escuela una epidemia de tiña y nos raparon a cero y nos pintaron con azufre (¿o era yodo?) las cabezas; cuando cerraron durante una semana la escuela porque un niño murió de meningitis; recuerdos: el miedo a los tuberculosos, al sacamantecas. Hombres cargados con un saco que cruzaban el pueblo, no sabíamos de dónde venían ni adonde iban. A veces los seguimos de lejos.

Hacíamos paquetes con los periódicos viejos que conseguíamos pidiendo de puerta en puerta por las casas de las mejores familias del pueblo y también recorriendo los vertederos de las afueras. Esos periódicos viejos se los vendíamos al trapero para pagarnos las entradas del cine. Películas de Gary Cooper, de James Cagney, Alan Ladd, Linda Darnell, Virginia Mayo, Shelley Winters o Janet Leigh. Los desmontes en las afueras, con su olor de materia orgánica en descomposición, las redes tendidas bajo las palmeras desmochadas en la explanada del puerto, el hedor de pescado podrido junto a la lonja, olor también de excrementos de animal; la playa llena de algas y los insectos que saltan entre ellas con un crujido seco, lluvia de arena. Los carros, tirados por pesados mulos, cargan las algas y se las llevan a algún lugar tierra adentro. Me gusta ver esos carros tirados por animales e intento imaginar el lugar adonde se dirigen y que yo no conozco, lugares que imagino distintos de los que frecuento y quizás parecidos a los que veo en el cine. Están detrás de las montañas. El olor de humedad: de bodega hasta la que llega la humedad del mar; olor de salitre, de carburo, de petróleo. El crujido de las algas secas cuando las pisamos, el rumor opaco del mar, como un telón sonoro. También más allá del mar hay lugares desconocidos que se parecen a los que vemos en el cine. Hay un par de putas que esperan la caída de la tarde para esconderse entre las piedras de la escollera, sombras de hombres que las siguen a cierta distancia y que se desploman sobre las sombras de ellas, emborronándose unas con otras: los niños, escondidos, miramos de lejos en dirección a esas sombras, qué harán; los cañaverales a las afueras del pueblo forman una doméstica selva en la que al anochecer también se oyen crujidos, susurros, pasos. La infancia, la confusa selva original me llega con el sabor del vino y el rumor de la conversación. Me llega con el gesto de Pedrito cuando le sirve vino a Amalia. Todos hablan en voz alta, pero yo los oigo lejos. Me protege el telón de la confusa selva original. Amortigua sus voces…

Título: Los viejos amigos (PDF-EPUB)
Autores: Rafael Chirbes
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.2 MB
Formato: PDF-EPUB

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Rafael Chirbes - Los viejos amigos (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Rafael Chirbes - Los viejos amigos (PDF-EPUB) Pienso que mientras que, aquí, los dedos del frío nos esperan a la salida del restaurante para pellizcarnos, siguen creciendo las plantas y se abren las flores delante de mi adosado en Denia a pesar de lo avanzado de la estación, mediados de noviembre; o que el aire fue tenue la pasada mañana y me envolvió con su respiración templada y húmeda mientras Pedrito aparcaba el coche ante mi casa y cargábamos…

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