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Rafael Chirbes – Los disparos del cazador (PDF-EPUB)

Rafael Chirbes – Los disparos del cazador (PDF-EPUB)

Rafael Chirbes - Los disparos del cazador (PDF-EPUB)

Rafael Chirbes – Los disparos del cazador (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Rafael Chirbes – Los disparos del cazador (PDF-EPUB)

Llamo a Ramón, mi criado, y le pido que me ayude a salir, y me abrazo a él, que me envuelve en una toalla y me habla en voz baja, repitiendo muchas veces las mismas palabras como si quisiera hipnotizarme. Las gotas de agua se quedan en el mármol del suelo, junto a la bañera, como los restos de una belleza destruida.

Antes, cuando mi hijo traía a Roberto para que pasara con nosotros las tardes de domingo, encontraba en sus ojos infantiles destellos de esa belleza. Pensaba que dentro de él crecían los colores que luego habrían de perseguirlo para siempre. Mi propia mirada descubría las fuentes en las que bebía: el sol dibujando una telaraña en el jardín, el libro de los animales, las colecciones de cromos, la caja de metal en la que Eva guardaba golosinas que extraía con su mano deforme por la artrosis, pero que a Roberto le parecía la de un mago, el cajón de las viejas fotografías. A veces, cuando lo sentía extasiado en mis brazos, deseaba su felicidad, su muerte.

Ramón me coge del brazo y me conduce a lo largo del pasillo desde el salón donde he permanecido oyendo la radio, hasta mi cuarto. Se pone del lado derecho.

Siempre es así. Avanzamos juntos por el pasillo, él flanqueándome el lado derecho.

Sin saberlo, me evita contemplar, con el bulto de su cuerpo, el retrato de Eva con el collar de platino que le traje de Niza, y el cuadro de un húngaro llamado Czóbel que representa una esquina de la calle Vavin, y que adquirí en París hace una veintena de años, o no, bastantes más, porque Manuel aún estaba estudiando por entonces en el colegio de Rouen. Agradezco el cuerpo de Ramón ocultándome las dos imágenes de una memoria que no deseo. Mi rostro hundido en el cuello de Eva y en la lengua el sabor metálico del collar.

Cuando Eva murió, despedí a la cocinera, y tampoco vino más la muchacha que hacía la limpieza. No quise que ninguna mujer volviera a pisar la casa, no por susceptibilidad, ni porque me pareciese que cualquier mujer usurpaba el puesto de Eva, la sustituía, sino porque tenía conciencia de que entraba en la etapa de mi vejez, y un viejo toma actitudes, ofrece imágenes de sí mismo, de su propio cuerpo, que lo humillan ante cualquier mujer que no participe de cierta fascinación por él, que no haya sido seducida. Me pareció más conveniente buscar la presencia de un criado, la compañía varonil, e incluso la fuerza física que puede serme necesaria en momentos que, aunque indeseables, no descarto que en un futuro hayan de llegarme.

Ramón me ayuda a desnudarme, ha colaborado en desagradables tareas de enfermero cumpliendo instrucciones del médico; cargó con mi cuerpo y me acompañó durante los meses que duró mi recuperación de una rotura de cadera que me ha dejado la secuela de un trombo cuyo recorrido vigilan periódicamente los médicos y que para mí es como la firma al pie de ese certificado que todos recibimos al nacer y que se llama muerte.

Ramón se ha convertido en mi mano derecha, o mejor sería decir en mis dos manos. Recoge el correo, hace la compra, cocina con mejor tino que cualquier mujer, mantiene limpia la vivienda, cambia las flores del jarrón que hay sobre el tocador de mi dormitorio, cuida del jardín —sólo periódicamente, ayudado por algún jardinero provisional— y me sirve de chófer en las escasas ocasiones en que aún deseo volver a la casa de Misent.

Soporto mal la casa de Misent. La construí en el momento en que mi relación con Eva vislumbraba su mejor horizonte. Fue la caja que guardó la infancia de la pobre Julia, su instante de belleza y de bondad: las carreras por el jardín, las risas en la playa, las imágenes felices detenidas en viejas fotografías que aún me encuentro cuando registro los cajones buscando ordenar de otro modo las cosas, cambiarles en mi cabeza el curso que siguieron, reconstruirlas poniendo en pie de otro modo los montones de escombros a que todo ha quedado reducido.

Ya no está sola junto al mar. Ya no tiene el aura que le concedía la soledad de aquella costa pedregosa y atormentada en la que el fragor de los temporales lo llena todo, con su ruido de agua y viento, y el de los cantos que se arrastran en la orilla, y que fue para mí el símbolo de mi propia fuerza, de la fuerza de mi propia historia, hecha con la constancia de la voluntad, del cuidado, de las obligaciones aceptadas y cumplidas.

La casa nació para guardar una historia.

Fue diseñada pared a pared, ventana a ventana, con vocación de albergue para la familia que mis principios me habían llevado a fundar. Hoy permanece cerrada y, además, ha sido trivializada por la presencia en sus cercanías de decenas de otras construcciones, la mayoría de ellas carentes de toda voluntad de grandeza: simples apeaderos en los que cada verano se refugian los turistas ocasionales.

Título: Los disparos del cazador (PDF-EPUB)
Autores: Rafael Chirbes
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 625 KB
Formato: PDF-EPUB

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Rafael Chirbes - Los disparos del cazador (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Rafael Chirbes - Los disparos del cazador (PDF-EPUB) Llamo a Ramón, mi criado, y le pido que me ayude a salir, y me abrazo a él, que me envuelve en una toalla y me habla en voz baja, repitiendo muchas veces las mismas palabras como si quisiera hipnotizarme. Las gotas de agua se quedan en el mármol del suelo, junto a la bañera, como los restos de una belleza destruida. Antes, cuando mi hijo traía a Roberto…

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