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Pittacus Lore – Los archivos perdidos, los legados de nueve (PDF)

Pittacus Lore – Los archivos perdidos, los legados de nueve (PDF)

Pittacus Lore – Los archivos perdidos, los legados de nueve (PDF)

Pittacus Lore – Los archivos perdidos, los legados de nueve (PDF)

Introduccion del Libro Pittacus Lore – Los archivos perdidos, los legados de nueve (PDF)

Cuando John libera a Número Nueve de su celda en “El Poder de Seis”, él es feroz, temerario, y está listo para luchar. Pero el estar prisionero cambia a una persona… incluso a un loriense. Observa cómo era Nueve antes de su captura, y lee acerca de su dramático escape desde su punto de vista. En Soy el Número Cuatro: Los Archivos Perdidos: Los Legados de Nueve, descubre la historia detrás de Nueve. Antes de conocer a John Smith, también conocido como Número Cuatro, antes de ser prisionero, Nueve estaba cazando mogadorianos en Chicago con su cêpan, Sandor. Lo que pasó ahí cambiaría a Nueve para siempre…

Prólogo

Hay reglas para esconderse a plena vista. La primera regla, o al menos la que Sandor me repite más a menudo, es: “No seas estúpido”.

Estoy a punto de romper esa regla al quitarme los pantalones.

La primavera es mi estación favorita en Chicago. Los inviernos son fríos y ventosos, los veranos calurosos y estridentes. Las primaveras son perfectas. Esta mañana está soleada, pero todavía hay un frío amenazante en el aire, un recuerdo del invierno. Llega un rocío helado desde el Lago Míchigan, haciendo que mis mejillas escozan y humedeciendo el pavimento bajo mis zapatillas.

Troto por los veintiocho kilómetros del camino a la orilla del lago todas las mañanas, tomando descansos cada vez que puedo; no porque los necesite, sino para admirar las agitadas aguas gris azuladas del Lago Míchigan. Incluso cuando hace frío, siempre pienso en sumergirme; en nadar hasta el otro lado.

Lucho contra el impulso tal cual lucho contra el impulso de mantener el ritmo de los ciclistas vestidos con spandex de neón que pasan como un rayo. Tengo que ir lento. Hay más de dos millones de personas en esta ciudad y soy más rápido que todos ellos.

Aun así, tengo que trotar.

A veces, hago el recorrido dos veces para sudar de verdad. Esa es otra de las reglas de Sandor para esconderse a plena vista: siempre parecer más débil de lo que soy en realidad. Nunca insisto. Es absurdo quejarse. Hemos estado en Chicago por cinco años gracias a las reglas de Sandor. Cinco años de paz y tranquilidad. Cinco años desde la última vez que los mogadorianos nos tuvieron de verdad en la mira.

Cinco años de un aburrimiento cada vez mayor.

Así que cuando una repentina vibración sacude el iPod atado bajo mi brazo, mi estómago cae en picado. Se supone que el aparato no reacciona a menos que los problemas estén cerca.

Solo me toma un momento decidir qué hacer a continuación. Sé que se un riesgo; sé que va contra todo lo que me han dicho que haga. Pero también sé que hay riesgos que vale la pena correr; sé que a veces tienes que ignorar tu entrenamiento.

Así que troto hacia el lado del camino de los corredores, fingiendo que tengo un calambre. Cuando he terminado de elongar, desabrocho los pantalones de chándal para correr que he estado usando en cada trote desde que nos mudamos a Chicago, y los meto de cualquier forma en mi mochila. Por debajo estoy usando un par de mallas cortas, blancas con rojo como los de los Cardenales de San Luis1, los colores enemigos aquí en Chicago.

Pero los colores de los Cardenales en territorio de los Cachorros2 no son nada para preocuparse comparado con las tres cicatrices rodeando mi tobillo. Las rivalidades del béisbol y las sangrientas venganzas interplanetarias sencillamente no se comparan.

Mis calcetines bajos y mis zapatillas hacen poco por esconder las cicatrices.

Cualquier persona en las cercanías podría verlas, aunque dudo que mis compañeros corredores tengan el hábito de inspeccionarse los tobillos unos a otros.

Sólo el corredor en concreto que hoy estoy intentando atraer lo notará en realidad.

Cuando vuelvo a trotar otra vez, mi corazón está latiendo mucho más fuerte de lo normal. Emoción. Ha pasado un tiempo desde que sentí algo como esto. Estoy rompiendo la regla de Sandor y es estimulante. Sólo espero que no esté observándome a través de las cámaras que hay en la ciudad que hackeó de la policía. Eso sería malo.

Mi iPod retumba otra vez. No es un iPod de verdad. No reproduce música y los auriculares sólo son para las apariencias. Es un aparato que Sandor armó en su laboratorio. Es mi detector de mogadorianos. Lo llamo iMog.

El iMog tiene sus limitaciones. Capta los patrones genéticos de los mogadorianos en el área inmediata, pero solo tiene un radio de unas pocas cuadras y es propenso a interferencia. Está alimentado por el material genético de los mogadorianos, el cual tiene el hábito de deteriorarse rápidamente, así que no es sorpresa que el iMog pueda ponerse un poco extraño. Como Sandor lo explica, el aparto es algo que recibimos cuando llegamos de Lorien, de un humano amigo de los lorienses.

Sandor pasó un tiempo considerable intentando modificarlo. Fue su idea ponerlo en una carcasa de iPod como una forma de no llamar la atención. No hay una lista de reproducción o carátula de álbum en la pantalla de mi iMog, sólo un solitario punto blanco contra un fondo negro. Ése soy yo; soy el punto blanco. La última vez que lo pusimos a punto fue después de la vez más reciente en que fuimos atacados, raspando la ceniza de los mogadorianos de nuestra ropa para que Sandor pudiera sintonizarlo o estabilizarlo o alguna cosa científica a la que sólo tomé atención a medias…

Título: Los archivos perdidos, los legados de nueve (PDF)
Autores: Pittacus Lore
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.3 MB
Formato: PDF

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Pittacus Lore – Los archivos perdidos, los legados de nueve (PDF) Introduccion del Libro Pittacus Lore – Los archivos perdidos, los legados de nueve (PDF) Cuando John libera a Número Nueve de su celda en “El Poder de Seis”, él es feroz, temerario, y está listo para luchar. Pero el estar prisionero cambia a una persona… incluso a un loriense. Observa cómo era Nueve antes de su captura, y lee acerca de su dramático escape desde su punto de vista. En Soy el Número Cuatro:…

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