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Pittacus Lore – Los archivos perdidos, la busqueda de Sam (PDF)

Pittacus Lore – Los archivos perdidos, la busqueda de Sam (PDF)

Pittacus Lore – Los archivos perdidos, la busqueda de Sam (PDF)

Pittacus Lore – Los archivos perdidos, la busqueda de Sam (PDF)

Introduccion del Libro Pittacus Lore – Los archivos perdidos, la busqueda de Sam (PDF)

Cuando un mogadoriano solitario se encuentra con un misterioso amnésico en Santa Mónica, sabe que hay más de este tipo de lo que se ve a simple vista. De hecho, podría poseer la llave de todo.

En Soy el Número Cuatro: Los Archivos Perdidos #4, descubre qué ha pasado con una de las personas con información crucial para que la garde se una y luche para salvar a Lorien… y a la Tierra.

Prólogo

No sé si puedo.

Estoy muy débil para hablar, así que no lo digo en voz alta, solo lo pienso. Pero Uno puede oírme. Siempre puede oírme.

―Tienes que hacerlo ―dice―. Tienes que despertar. Tienes que luchar.

Estoy en el fondo de un barranco; mis piernas están torcidas bajo mi cuerpo, una roca me presiona entre los omóplatos de forma incómoda y un arroyo choca contra mi muslo. No puedo ver porque tengo los ojos cerrados, y no puedo abrir los ojos porque no tengo la fuerza.

Pero para ser honesto, no quiero abrir los ojos.

Quiero rendirme, dejarme ir.

Abrir los ojos implica enfrentar la verdad. Implica darme cuenta de que me lanzaron a la orilla seca de un río. Que lo húmedo que siento en mis piernas no es el río, es sangre de una fractura expuesta en mi pierna derecha y el hueso sobresale ahora de mi espinilla.

Implica saber que mi propio padre me dio por muerto, a unos once mil kilómetros de casa. Que lo más cercano que tenía a un hermano, Ivanick, es el que casi me asesinó al empujarme brutalmente del borde de un empinado barranco.

Implica enfrentar el hecho de que soy un mogadoriano, miembro de una raza extraterrestre empeñada en exterminar a los lorienses, y en la eventual dominación de la Tierra.

Cierro los ojos y los aprieto, intentando esconderme de la verdad con desesperación.

Con los ojos todavía cerrados, puedo flotar a la deriva a un lugar más dulce: a una playa californiana, con mis pies desnudos enterrándose en la arena.

Uno se encuentra sentada a mi lado, mirándome con una sonrisa.

Este es su recuerdo de California, un lugar en el que nunca he estado, pero compartimos el recuerdo por tanto tiempo durante ese ocaso de tres años, que se siente tan mío como suyo.

―Podría quedarme aquí todo el día ―le digo, mientras el sol me calienta la piel.

Ella me mira con una sonrisa suave, como si no pudiera estar más de acuerdo; pero cuando abre la boca para hablar, sus palabras no combinan con su expresión, pues son ásperas, duras y dominantes.

―No puedes quedarte ―me ordena―. Tienes que levantarte. Ahora.

Abro los ojos. Estoy en mi cama en los dormitorios de los voluntarios en el campamento. Uno se encuentra al pie de la cama. Como en mi sueño, está sonriendo, pero la de ahora no es una sonrisa dulce; es una sonrisa burlona.

―Dios ―se queja, rodando los ojos―. Duermes un montón.

Me río y me siento en la cama. Últimamente, sí duermo un montón. Han pasado siete semanas desde que salí del barranco a rastras, y además de una debilidad residual en mi pierna derecha, me he recuperado por completo. Aunque mi horario de sueño no se ha ajustado: sigo durmiendo diez horas de noche.

Miro alrededor de la cabaña y veo que las otras camas están vacías. Mis compañeros voluntarios ya se levantaron para las tareas matutinas.

Me pongo de pie, bamboleándome ligeramente con la pierna derecha. Uno sonríe por mi torpeza. La ignoro y me pongo las sandalias, una camiseta y salgo de la cabaña.

En el exterior, el sol y la humedad me golpean como una pared. Todavía estoy pegajoso luego de dormir y mataría por una ducha, pero Marco y los otros voluntarios ya están metidos hasta los codos en las tareas matutinas. Perdí mi oportunidad.

La primera hora del día está dedicada a la limpieza alrededor del campamento: hacer el desayuno, lavar ropa, lavar los platos.

Actualmente, estamos trabajando en un proyecto hídrico, modernizando el anticuado pozo del pueblo. Los otros se quedarán atrás en la sala de clases junto al campamento, enseñándoles a los niños de la aldea. He estado intentando aprender swahili, pero tengo mucho camino por recorrer antes de que esté listo para enseñar.

Me esfuerzo en el campamento porque me da un gran placer ayudar a los aldeanos.

Pero, más que nada, trabajo así por gratitud.

Después de sacar a rastras mi cuerpo destrozado del barranco, por cuatrocientos metros a través de la selva, finalmente me descubrió una anciana de la aldea. Me confundió con los voluntarios humanitarios, mi tapadera mientras buscaba a Hannu, Número Tres. Fue al campamento y volvió una hora después con Marco y un médico auxiliar. Me trajeron de vuelta al campamento en una camilla improvisada. El doctor me recompuso la pierna, le dio unos puntos, y me puso un yeso que me acaban de quitar…

Título: Los archivos perdidos, la busqueda de Sam (PDF)
Autores: Pittacus Lore
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 820 KB
Formato: PDF

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Pittacus Lore – Los archivos perdidos, la busqueda de Sam (PDF) Introduccion del Libro Pittacus Lore – Los archivos perdidos, la busqueda de Sam (PDF) Cuando un mogadoriano solitario se encuentra con un misterioso amnésico en Santa Mónica, sabe que hay más de este tipo de lo que se ve a simple vista. De hecho, podría poseer la llave de todo. En Soy el Número Cuatro: Los Archivos Perdidos #4, descubre qué ha pasado con una de las personas con información crucial para que la…

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