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Philippa Gregory – Placeres terrenales (PDF-EPUB)

Philippa Gregory – Placeres terrenales (PDF-EPUB)

Philippa Gregory - Placeres terrenales (PDF-EPUB)

Philippa Gregory – Placeres terrenales (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Philippa Gregory – Placeres terrenales (PDF-EPUB)

Los narcisos eran dignos de un rey. Delicados narcisos silvestres, mil cabezas inclinadas meciéndose al viento, ligeros los pétalos, ligeros los tallos, moviéndose como un campo de cebada verde bajo la brisa estival, claros entre la hierba y densos alrededor de los árboles, como si fueran estanques de rocío dorado. Parecían flores silvestres, pero no lo eran. Tradescant había escogido, sembrado y abonado los narcisos; sonrió al mirarlos, como si saludara a un grupo de amigos.

John se volvió y se quitó el sombrero al oír crujir la grava bajo el inconfundible paso irregular de sir Robert Cecil, que se acercaba.

—Tienen buen aspecto —dijo su señoría—. Amarillos como el oro español.

John le hizo una reverencia. Los dos hombres tenían aproximadamente la misma edad, ambos pasaban de los treinta años, pero el cortesano caminaba encorvado y su cara arrugada revelaba toda una vida de cautelosas conspiraciones en la corte y el dolor de un cuerpo deforme. Era un hombre pequeño, apenas pasaba del metro y medio; sus enemigos lo llamaban enano a sus espaldas. En una corte encaprichada con la moda y la belleza, donde la apariencia lo era todo, donde se juzgaba a los hombres por su apostura y su habilidad en cacerías y batallas, Robert Cecil tenía desventajas casi imposibles de superar; padecía graves deformidades, era muy bajo y tenía que luchar contra el dolor. A su lado, el jardinero Tradescant, de tez morena y anchos hombros, parecía diez años más joven. Esperaba en silencio a que su señor hablara, pues no le correspondía prolongar la conversación.

—¿Alguna hortaliza temprana? —preguntó su señoría—. ¿Espárragos? Dicen que a su majestad le encantan.

—Es demasiado pronto, milord. Ni siquiera un rey recién llegado a su reino puede cazar venados y comer fruta el mismo mes. A cada cosa su temporada. No puedo hacer que los melocotones maduren en primavera.

Sir Robert sonrió.

—Me decepcionas, Tradescant; te creía capaz de obtener fresas en pleno invierno.

—Con un invernadero, milord, un par de hogueras, algunas lámparas y un muchacho que las riegue, tal vez podría daros fresas para la noche de Reyes. —Reflexionó un momento—. Es la luz —dijo como hablando para sí—, creo que se necesitaría luz solar para que maduraran. No sé si bastaría la luz de las velas, ni siquiera la de las lámparas.

Cecil lo observaba, divertido. Tradescant nunca dejaba de mostrar a su señor el debido respeto, pero cuando se hablaba de sus plantas, lo demás quedaba a un lado.

En tales momentos podía quedarse en silencio, pensando en un problema de jardinería, y olvidarse por completo de su señor, aunque lo tuviera delante.

Cualquier otro hombre más preocupado por su dignidad habría despedido a un sirviente por menos de eso. Pero Robert Cecil lo consideraba un tesoro. Entre todos sus empleados, sabía que sólo su jardinero le diría siempre la verdad. Todos los demás le decían lo que pensaban que quería oír. Era una de las desventajas de tener un cargo elevado y excesiva riqueza. La única información que valía la pena recibir era la que se daba sin miedo ni esperanza de favor; toda la información que pudiera comprar un jefe de espías era inútil. Cecil sólo confiaba en John Tradescant. Siempre atareado y pendiente de las cosas del jardín, nunca le mentía.

—Dudo que el esfuerzo valiera la pena —dijo sir Robert—. Casi todas las cosas deben hacerse a su debido tiempo.

John le sonrió de pronto, percibiendo las similitudes que había entre su trabajo y el de su señor.

—Y ha llegado el vuestro —advirtió, con astucia—: vuestro tiempo de madurar.

Se dieron la vuelta para regresar a la gran casa. Tradescant, atento y respetuoso, seguía a un paso al hombre más importante del reino, mirando a un lado y a otro a cada momento. Había cosas que hacer en el jardín; desde luego, siempre las había.

Era necesario repasar el paseo de tilos entrelazados, antes de que el crecimiento del verano produjera ramas descontroladas; en el huerto había que remover la tierra y sembrar rábanos, puerros y cebollas en primavera, cuando la tierra empezaba a calentarse. Había que limpiar de brozas los grandes canales de agua, orgullo del palacio de Theobalds. Pero Tradescant caminaba lentamente detrás de su señor, como si tuviera todo el tiempo del mundo, esperando en silencio, por si sir Robert quería conversar.

Título: Placeres terrenales (PDF-EPUB)
Autores: Philippa Gregory
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.5 MB
Formato: PDF-EPUB

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Philippa Gregory - Placeres terrenales (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Philippa Gregory - Placeres terrenales (PDF-EPUB) Los narcisos eran dignos de un rey. Delicados narcisos silvestres, mil cabezas inclinadas meciéndose al viento, ligeros los pétalos, ligeros los tallos, moviéndose como un campo de cebada verde bajo la brisa estival, claros entre la hierba y densos alrededor de los árboles, como si fueran estanques de rocío dorado. Parecían flores silvestres, pero no lo eran. Tradescant había escogido, sembrado y abonado los narcisos; sonrió al mirarlos, como si saludara a un grupo de…

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