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Philippa Gregory – La reina roja (PDF-EPUB)

Philippa Gregory – La reina roja (PDF-EPUB)

Philippa Gregory - La reina roja (PDF-EPUB)

Philippa Gregory – La reina roja (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Philippa Gregory – La reina roja (PDF-EPUB)

La luz del cielo abierto se me antoja cegadora en contraste con la oscuridad que reina en las habitaciones interiores. Parpadeo y oigo el rugir de muchas voces. Pero no se trata de mi ejército llamándome, ese susurro que va creciendo en intensidad hasta transformarse en fragor no es su grito de batalla ni el golpear de sus espadas contra los escudos. El murmullo de las telas ondeando al viento no es el de mis bordados de lirios y ángeles recortados contra el cielo, sino el de los malditos estandartes ingleses agitados por la brisa de mayo. Es un clamor diferente al de nuestros himnos vociferados, es el aullido de un pueblo hambriento de muerte, de mi muerte.

Frente a mí, irguiéndose por encima de mi cabeza apenas traspongo el umbral de mi prisión para salir a la plaza del pueblo, se encuentra mi destino: una pila de leña contra la que han apoyado una escalera de mano formada por toscas estacas.

Murmuro: «Una cruz. ¿Podrían darme una cruz?» Y luego exijo con más fuerza:

«¡Una cruz! ¡He de tener una cruz!» De repente, un hombre, un desconocido, un enemigo, un inglés, uno de esos que llamamos «malditos de Dios» porque blasfeman sin descanso, me tiende un crucifijo de madera basta, groseramente tallado, y yo se lo arranco sin orgullo alguno de la sucia mano. Lo aferro con fuerza mientras me empujan hacia el montón de leña y me obligan a subir por la escalera. Los pies se me resbalan de los burdos barrotes, pero asciendo poco a poco hasta que, más arriba de mi propia estatura, alcanzo la inestable plataforma que han claveteado en lo alto de la pira. Entonces, sin contemplaciones, me dan la vuelta y me atan las manos alrededor del poste que se eleva a mi espalda.

A partir de entonces, todo transcurre tan despacio que casi tengo la impresión de que el tiempo se ha detenido y los ángeles van a bajar a rescatarme. Cosas más raras han sucedido. ¿Acaso no acudieron los ángeles en mi rescate cuando apacentaba ovejas? ¿Acaso no me llamaron por mi nombre? ¿Es que no marché a la cabeza de un ejército para auxiliar a Orleans? ¿Es que no coroné al Delfín y expulsé a los ingleses yo sola, una muchacha de Domrémy, aconsejada por los ángeles?

Prenden fuego a la leña menuda que hay a los pies de la pira, y el humo comienza a ascender formando penachos y remolinos en la brisa. Las llamas cobran fuerza rápidamente y en seguida me envuelve una nube de calor que me hace toser, pestañear, llorar. Ya me está abrasando los pies descalzos. Cambio tontamente el peso de un pie al otro, como esperando aliviar mi incomodidad, y atisbo a través del humo por si viera llegar a alguien corriendo con cubos de agua y diciendo que el rey al que coroné ha prohibido esto; o por si los ingleses, que me compraron a un soldado, reconocieran ahora que no tienen poder para matarme, o que mi Iglesia sabe que soy una joven bondadosa, una mujer buena, inocente de todo lo que no seaservir a Dios con pasión.

Pero no hay salvadores entre el bullicioso público. El estruendo aumenta hasta convertirse en un chillido ensordecedor, en una mezcolanza de bendiciones y maldiciones, de plegarias y obscenidades. Dirijo la mirada hacia el cielo para ver descender a mis ángeles, y entonces un leño cambia de posición en la pira y hace que el poste se tambalee y que las primeras chispas se eleven en el aire y me chamusquen la casaca. Luego las veo posarse, relucientes como luciérnagas, sobre mi manga.

Siento un picor que me seca la garganta y toso a causa del humo; susurro igual que una niña: «¡Dios mío, salva a tu hija! ¡Dios mío, baja tu mano para salvarme! Dios mío, salva a tu doncella…»

De repente oigo un estrépito y siento un golpe en la cabeza; me veo sentada, desconcertada sobre los tablones del suelo de mi alcoba, tocándome la oreja magullada con la mano y mirando en derredor, como una tonta, sin ver nada. Mi dama de compañía abre la puerta y, al verme desorientada y con la banqueta de rezar volcada en el suelo, me dice con tono irritado:

—Lady Margarita, marchaos a la cama. Ya hace mucho que pasó vuestra hora de acostaros. Nuestra Señora no valora las oraciones de las jóvenes desobedientes. No hay mérito en la exageración. Vuestra madre quiere que mañana os levantéis temprano. No podéis pasaros la noche entera rezando, es una locura.

Después cierra de un portazo, y la oigo decirles a las doncellas que una de ellas ha de entrar a acostarme y dormir conmigo para cerciorarse de que no me levanto en mitad de la noche y me entrego a otra sesión de oraciones. No les gusta que siga las horas que establece la Iglesia; obstaculizan la vida de santidad que yo deseo porque dicen que soy demasiado joven y que necesito dormir. Se atreven a sugerir que estoy exhibiéndome, que juego a ser piadosa, cuando en realidad sé muy bien que he recibido la llamada de Dios y que mi deber, mi más sagrado deber, es obedecerle.

Pero aunque pasara la noche entera rezando, no sería capaz de recuperar la visión que hace unos instantes experimentaba de forma tan nítida. Ha desaparecido. Durante un momento, un momento sagrado, estuve allí, era yo la Doncella de Orleans, la santa Juana de Francia. Entendía lo que podía hacer una joven, lo que podía ser una mujer.

Y entonces me arrastran de vuelta a la realidad y me regañan como si fuera una niña normal y lo echan todo a perder.

Título: La reina roja (PDF-EPUB)
Autores: Philippa Gregory
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.2 MB
Formato: PDF-EPUB

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Philippa Gregory - La reina roja (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Philippa Gregory - La reina roja (PDF-EPUB) La luz del cielo abierto se me antoja cegadora en contraste con la oscuridad que reina en las habitaciones interiores. Parpadeo y oigo el rugir de muchas voces. Pero no se trata de mi ejército llamándome, ese susurro que va creciendo en intensidad hasta transformarse en fragor no es su grito de batalla ni el golpear de sus espadas contra los escudos. El murmullo de las telas ondeando al viento no es…

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