Libros y Solucionarios Más Descargados
Inicio » Literatura » Literatura 3 » Najat El Hachmi – La Hija Extranjera (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

Najat El Hachmi – La Hija Extranjera (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

Najat El Hachmi – La Hija Extranjera (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

Najat El Hachmi - La Hija Extranjera (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

Najat El Hachmi – La Hija Extranjera (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

Introduccion del Libro Najat El Hachmi – La Hija Extranjera (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

Esta madrugada ha escarchado. Mientras el rocío se iba helando sobre los campos perfumados de purines, yo me revolvía una y otra vez en mi cama, que no dejaba de chirriar. Esta ridícula cama de muelles mía, estrecha y corta, en mi siempre oscura habitación del casco antiguo. Mi madre debe de haberme escuchado; tiene muy fino el oído, tiene muy ligero el sueño. Pensaba en ella cada vez que me giraba, cada vez que rozaba las sábanas llenas de bolas. He tenido siempre la certeza de que, gracias a los sonidos que le llegaban desde mi alcoba, conocía todos mis movimientos, conocía exactamente todos los rumores de mi cuerpo; incluso cuando estoy completamente quieta, sabe cómo respiro, cómo me palpitan las entrañas. Desde la cama, aferrada a la almohada con los dedos tensos, me repetía, me recordaba a mí misma que no tenía que pensar en ella, que esta era la parte más difícil del día que empezaba, de la vida que empezaba, que, aunque me costara, debía hacerlo. Que si la convertía en parte de mis pensamientos, aunque fuera a hurtadillas, sería como mirar atrás para transformarme en estatua de sal. Notaba el aire enrarecido y húmedo, y si olfateaba un poco podía seguir el rastro de mi propio aliento, exhalado durante las horas previas, las emanaciones de mi propio cuerpo. Para entretenerme, trataba de averiguar la composición —en realidad, la descomposición— de lo que había salido de mí y era ya algo muerto. Llevada por el insomnio, me adentraba en una espiral de pensamientos evanescentes que me conducían de un lugar a otro, y a otro, y a otro. Y así hasta el infinito. Esta manera de funcionar que tiene mi cabeza, siempre dispersa, huidiza, a veces me reconforta. Me distrae, aligera las horas pesadas. Esta noche ha sido así a ratos, solo a ratos. Otras veces, las horas se me han hecho eternas, insoportables, de una claustrofobia asfixiante, y más de una vez he estado a punto de levantarme y huir en ese mismo instante. No puedo más, me decía palpando a ciegas la mesita de noche de fórmica. Una fórmica anticuada, fría y reluciente, que presenta un dibujo como de madera de árbol de verdad. ¿Dónde se ha visto un árbol gris? Siempre me he dicho que era una mesita pretenciosa, con esas patas oxidadas.

La fórmica que no dibuja nada, lisa y artificial, tal como es, me parece más digna, más realista. Todo eso he pensado esta madrugada al poner los dedos sobre la superficie fría, y así he reprimido el impulso de salir corriendo en ese mismo instante.

Tras la pared que me separaba de mi madre, ella acompasaba una respiración pesada, densa, y me tranquilizaba saber que dormía, que el mal trago que iba a pasar durante el día se le haría menos doloroso si había podido descansar. Quizá sea esta la última noche que pueda dormir tranquila, porque ya no vivirá más como ha vivido hasta ahora Cuando ha sonado el despertador, he hecho lo de siempre. Me he lavado la cara, he preparado la cafetera. Contemplaba la cocina consciente de que en un futuro me tranquilizaría recordar todos esos detalles, de que cuando haya pasado un cierto tiempo me preguntaré a mí misma: ¿Cómo eran las puertas de los armarios? ¿De qué material estaban hechos los tiradores? ¿Qué tonos tenían las baldosas del suelo? Lo he escrutado todo para retener el recuerdo de esa cocina angosta y alargada. De sus muebles amarillentos, de la encimera de conglomerado barato e hinchado cerca del fregadero. La nevera, unos palmos más allá, también amarilleada por el tiempo. Es el color de la cocina, el color de la casa, el color de mi vida aquí: un amarillo mortecino, sin alma ni pasión ni matices de ningún tipo, un amarillo insípido. Lo observaba todo y me sentía como la Eveline de Dublineses, solo que a mí no me maltrata nadie. He puesto al fuego la cafetera italiana de hierro colado, comprada en el mercado un día que Mumna la encontró de oferta y se la trajo a mi madre porque sabía que le hacía mucha falta. Durante un instante, he pensado que no la dejo tan sola como creo, que, aunque ella y yo vivamos solas, en realidad conoce a mucha gente que la aprecia y que se compadecerá de ella como ha hecho antes. He puesto a calentar la leche cuando he oído a mi madre haciendo sus abluciones en el baño. Me la he imaginado pasándose el agua por los brazos hasta los codos, con unos gestos tan repetidos desde pequeña que ya no parecen destreza sino algo suyo, innato, incrustado en ella misma. Cuando la leche ha empezado a subir la he retirado del fuego y he puesto el cazo con el agua para el pan. He dejado que se templara un poco mientras vertía en la artesa la misma cantidad de harina de siempre, a ojo, formando una montaña cuyas proporciones empiezo a dominar con la precisión que ella exige, o casi. Nunca haré un pan como el suyo, claro, pero ya no se queja tanto de mi falta de práctica.

Hago un agujero en el centro del montoncito de harina, tiro en él la sal y la levadura que he desmenuzado con cierto deleite. El tacto fresco del fermento recién salido de la nevera y la forma en que se va aglutinando a medida que lo amaso me producen un extraño placer en las yemas de los dedos. Sé muy bien que, desde esta minúscula superficie de piel de mi cuerpo, las sensaciones se me van a alguna parte concreta del cerebro, que después las irradia por todos lados. Así soy yo, así funciono, pero no se lo voy a contar a nadie.

Hallar placer en cosas que objetivamente no deberían provocarlo, multiplicar ese instante de placer de manera exponencial y exportarlo a cada uno de mis rincones, tiene que ser a la fuerza un hecho sospechoso, nada habitual. No sé si la gente también es así, pero no pienso arriesgarme a averiguarlo. Ese es el efecto que produce en mí la levadura y dejar caer el agua tibia dentro del agujero en la harina, empezar a deshacer el montículo, notar la masa que se va formando y se me adhiere a las palmas y a esa piel tan fina que une un dedo con otro, a cada pliegue que forman las manos; todo eso me arrastra súbitamente hacia dentro y hacia fuera. Lo que me ocurre en las manos se expande, al principio, por todos mis rincones, lo puedo percibir aunque no conozca sus nombres y no pueda imaginarme su anatomía, me estremezco entera por todas partes de un modo que nadie puede ver; y después parezco ser yo la que me expando por todas partes. Debe de ser lo que llaman comunión con el mundo, un éxtasis íntimo y secreto. Esconder esta sensualidad exagerada me ha costado siempre un esfuerzo enorme. Si pudiera, me cambiaría para sentir las cosas con menos intensidad. Cuando he amalgamado los ingredientes, enseguida he depositado la artesa de barro en el suelo para poder amasar con todo el cuerpo. Arrodillada y con los dedos de los pies bien anclados al suelo: no puedo imaginarme una acción más sensual. Pero no me la he inventado yo, así es como siempre he visto hacer el pan a mi madre. Y a todas las mujeres de allí abajo, independientemente de que tuvieran o no encimera en la cocina…

Título: La Hija Extranjera (PDF-EPUB-MOBI-FB2)
Autores: Najat El Hachmi
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.9 MB
Formato: PDF

LINKS DE DESCARGA:
Comparte Nuestros Libros!
Facebook
Twitter
Google +
Youtube
Correo
Najat El Hachmi - La Hija Extranjera (PDF-EPUB-MOBI-FB2) Introduccion del Libro Najat El Hachmi - La Hija Extranjera (PDF-EPUB-MOBI-FB2) Esta madrugada ha escarchado. Mientras el rocío se iba helando sobre los campos perfumados de purines, yo me revolvía una y otra vez en mi cama, que no dejaba de chirriar. Esta ridícula cama de muelles mía, estrecha y corta, en mi siempre oscura habitación del casco antiguo. Mi madre debe de haberme escuchado; tiene muy fino el oído, tiene muy ligero el sueño. Pensaba en ella cada vez…

Review Overview

0%

User Rating: Be the first one !
0

Deja un Comentario

Tu dirección de email no será publicada.