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Minna Lindgren – Tres abuelas y un plan de sabotaje (PDF-EPUB)

Minna Lindgren – Tres abuelas y un plan de sabotaje (PDF-EPUB)

Minna Lindgren - Tres abuelas y un plan de sabotaje (PDF-EPUB)

Minna Lindgren – Tres abuelas y un plan de sabotaje (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Minna Lindgren – Tres abuelas y un plan de sabotaje (PDF-EPUB)

Siiri Kettunen se despertó y creyó tener una pesadilla. Se quedó de pie junto a la cama con los pies agarrotados firmemente dentro de las pantuflas, el cabello gris alborotado, y clavó los ojos en la pared de enfrente, que brillaba con un rojo encendido. Sabía que estaba viva porque en el oído izquierdo sonaba el familiar La agudo.

—¡Buenos días, Siiri! Turno de trabajo para hoy: ¡no hay personal! Si deseas información sobre cómo has pasado la noche, aprieta el 1.

Siiri trató de apretar el 1. El número había sido dibujado bailando y sonriente y lo acompañaba una especie de cara de trol. Siiri se estaba comunicando con una pared inteligente. No se trataba de una televisión o de un ordenador, ni siquiera del chisme verde de Irma, su tableta, sino de una pared en la que habían embutido una inteligencia infinita. Brindaba seguridad y daba sentido a la vida de los ancianos. A Siiri le temblaba tanto la mano que en un principio el número 1 no reaccionó a su contacto. Luego la otra mano actuó de apoyo de su temblorosa hermana, se concentró con fuerza y acabó acertando con el dedo índice en el número bailarín, que se inclinó en señal de haber sido elegido.

—Has estado en la cama 8 h 25 min. Sueño: 7 h 5 min. Cantidad de sueño tranquilo: 3 h 47 min. Eficacia del sueño: 88%. Ronquidos ocasionales: 27 min.

Cantidad de movimientos: 229. Duración: 1060 seg. Síndrome de movimientos periódicos de las piernas: 0. Pulso: 52. Reacciones al estrés: 25%.

Siiri no comprendía nada sobre el contenido de aquella información que sonreía alegre en la pared. ¿Tenía que preocuparse si se movía 229 veces en 8 horas y 25 minutos? ¿Era demasiado o demasiado poco? Roncar la divertía. Siempre había regañado a su marido por roncar y ahora ella padecía idéntica molestia, aunque los ronquidos de su marido eran continuos, no intermitentes. Se dormía tan rápido que enseguida comenzaba un fragor que duraba hasta el amanecer. Siiri suspiró profundamente al pensar en su querido esposo, a cuyo lado había compartido cama durante cincuenta y siete felices años, a pesar de los ronquidos.

—Si deseas más información sobre ti, ¡elige el 1!

La pared inteligente la despertó de su colección de recuerdos semimelancólicos.

Al parecer tenía algo importante que comunicarle, pues se encendía y se apagaba intermitentemente con mucho entusiasmo. En la pantalla se balanceaba una especie de personaje de tebeo, tal vez un osezno, si es que no era un pez. Brincaba extraño con el objetivo de animar a la somnolienta anciana para que se interesara por sí misma.

Siiri se concentró para alcanzar el melindroso número 1. Quería saber qué pensaba la pared inteligente de ella.

—¡Hoy cumples noventa y siete años! ¡Despierta Hoy te felicita!

¡Como si ella misma no lo supiera sin que se lo recordaran! Noventa y siete eran casi cien. Irma y ella habían decidido que no aceptarían cumplir cien años. Solo les causaría problemas. Al cumplir años, una señora del apartamento inferior de la escalera A había recibido una invitación para acudir al centro de salud infantil. Al parecer, a todos los de cinco años se les llamaba para realizarles unas pruebas y evaluar su desarrollo psíquico y motor, y como la buena mujer había cumplido ciento cinco, el sistema informático la tomaba por un bebé en edad de jugar. El ordenador no reconocía los números superiores a cien. Siiri opinaba que la señora debería haberse presentado en el centro de atención a la infancia, en su caso al menos sí habría ido: las pruebas debían de ser divertidas. Habría que pintar un triángulo, caminar sobre una línea recta, algo no tan sencillo para una persona de ciento cinco años. Pero la mujer no aceptó la invitación, sino que armó un gran escándalo y anduvo quejándose por todas partes hasta que se murió antes de que las protestas llegaran al funcionario correcto.

—Gracias de corazón —le dijo Siiri a la pared inteligente, que en honor a su cumpleaños le ofrecía la imagen de unas rosas de un flamante rojo encendido.

Siiri fue clavando el dedo índice en diferentes sitios de la pared inteligente, de modo aleatorio, pues no le quedaba claro dónde se ubicaba exactamente el artilugio y cómo había que darle las órdenes. Pero ahora en el centro residencial geriátrico El Bosque del Crepúsculo todo era así: había que frotar y clavar el dedo en las superficies. La inteligencia circulaba por todas partes, en cantidades enormes, plisplas y ocurría algo tremendamente inteligente. El pequeño apartamento de Siiri de un dormitorio estaba repleto de sensores, identificadores, chips, transmisores y cámaras que monitorizaban su vida. En las entrañas del colchón también había un artilugio vigilante que la observaba sin pausa mientras dormía y, a falta de algo mejor que hacer, contaba cada uno de sus movimientos. Si por un casual un día se desplomara sobre el suelo y no se levantara con suficiente ligereza, unas protuberancias inteligentes enviarían una señal al centro de emergencias, desde donde una ambulancia con su equipo médico correría a ayudarla a levantarse. Así se aseguraban de que los ancianos no se murieran tirados en el suelo. En Finlandia reinaba la unanimidad respecto a que la muerte era más trágica si se producía en el suelo del hogar que en la cama del centro de salud. Sobre la cuestión había tenido lugar un emotivo debate hasta en las sesiones plenarias del parlamento, que Siiri solía ver en la televisión con Anna-Liisa e Irma…

Título: Tres abuelas y un plan de sabotaje (PDF-EPUB)
Autores: Minna Lindgren
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.4 MB
Formato: PDF-EPUB

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Minna Lindgren - Tres abuelas y un plan de sabotaje (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Minna Lindgren - Tres abuelas y un plan de sabotaje (PDF-EPUB) Siiri Kettunen se despertó y creyó tener una pesadilla. Se quedó de pie junto a la cama con los pies agarrotados firmemente dentro de las pantuflas, el cabello gris alborotado, y clavó los ojos en la pared de enfrente, que brillaba con un rojo encendido. Sabía que estaba viva porque en el oído izquierdo sonaba el familiar La agudo. —¡Buenos…

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