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Maxence Van der Meersch – Invasión (PDF-EPUB)

Maxence Van der Meersch – Invasión (PDF-EPUB)

Maxence Van der Meersch - Invasión (PDF-EPUB)

Maxence Van der Meersch – Invasión (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Maxence Van der Meersch – Invasión (PDF-EPUB)

Jean Sennevilliers, el calero, salió de su casa para dirigirse a la cantera.

Su casa estaba construida en lo alto del monte Herlem, desde donde se divisaba hacia el Este el pueblo del mismo nombre, formando una aglomeración dispersa de casas rojizas y blancas, agrupadas todas ellas en torno a un alto campanario de pizarras. Más allá se extendía en suntuosas masas oscuras el esplendor de un amplio bosque dorado por el otoño, del que emergían las torres de un castillo señorial. Era la residencia del barón Des Parges, propietario de las nueve décimas partes de las tierras y de las granjas del país. Hacia el Sur, sobre un promontorio, el Fort d’Herlem, vetusta mansión, de taludes llenos de hierba, rodeados de altas hileras de álamos. A su lado, achaparrada, enorme, con sus muros desnudos y sus tejados puntiagudos, la granja de Lacombe agrupaba sus establos, sus patios y sus gallineros. Lacombe, el granjero, era el alcalde de la aldea. Detrás de la granja y del castillo, lejanas, brumosas, envueltas en una siniestra niebla de hollín, se divisaban las ciudades de Roubaix y de Tourcoing, humeantes, erizadas de chimeneas, de depósitos de agua y de gasómetros.

Hacia el Norte, al pie del monte, se abría en la piedra blanquecina un gran barranco abrupto, una especie de zanja profunda, alargada, sinuosa, en forma de inmensa caracola. Era la cantera de los Sennevilliers, Un estanque de aguas tranquilas se destacaba verde entre la piedra blanquecina, con un verde de esmeralda entre el follaje espeso de los sauces pequeños y de los vigorosos juncos que crecían en sus orillas. Al lado, se distinguían los hornos de cal, especie de torres cuadradas cubiertas de apagadores y que humeaban suavemente en el aire tranquilo. Desde aquel lado, se distinguía la perspectiva hasta el infinito sobre la llanura flamenca. A lo lejos, se divisaban, sobre el fondo azul y violáceo del cielo, unas ondulaciones apenas perceptibles; el monte de Messines y el monte Kemmel. Y había también otras dos siluetas, casi imperceptibles: la torre de Halles y el campanario de la catedral de Yprés.

El paisaje era pacífico y no dejaba traslucir nada relacionado con la guerra. A los alemanes ya se les había visto en el mes de septiembre. Un grupo de ulanos vestidos con amplios capotes grises, con el chapska negro de cuero cincelado sobre la cabeza, la larga lanza de gallardete rojo hundida en la silla y el revólver en la mano, que avanzaban al paso, conteniendo a sus caballos inquietos y esbeltos con atalajes de cuero oscuro, muy nuevos, y obligándoles a una marcha más bien lenta. Eran todos hombres robustos, rubios, con el rostro sonrosado, de aspecto sano y constitución atlética. Unas largas charreteras horizontales sobre el capote aumentaban aún más su prestancia.

Encerraron a todos los hombres en la iglesia y registraron la casa de Marelli, el recaudador, para apoderarse del dinero. Reservistas llegados de Lille les persiguieron, matando a dos de ellos. Lacombe, el alcalde, clavó los capotes de los muertos en la puerta de la Alcaldía, repartiendo luego, entre el pueblo, las túnicas ensangrentadas.

A partir de entonces, los ulanos no habían vuelto a aparecer.

Jean Sennevilliers descendió hasta la cantera. Acababa de llegar de Lille la orden de partir todos los hombres. Era a últimos de octubre. Los alemanes habían invadido todo el Norte. Desde primeros de septiembre, el prefecto pedía en vano instrucciones del Estado Mayor de Boulogne con respecto a los movilizables. La única respuesta que recibió fue recomendaciones de espera. Por fin, el 6 de octubre, el Estado Mayor envió al prefecto de Lille la orden de concentración de todos los movilizables. Se hubiera podido mandar la orden por un medio rápido, utilizando un coche, por estafeta militar o por telegrama. Y sin embargo, se envió por correo. El prefecto la recibió a los tres días, cuando los alemanes estaban a las puertas de Lille. El prefecto puso en movimiento a todos los agentes de policía, a los ciclistas, a los voluntarios civiles para llevar la orden de partida en todas direcciones. Las gentes dudaban, porque se adivinaba el peligro. Pero, a pesar de todo, la mayoría de los hombres se puso en marcha. Fue un nuevo éxodo, después del de septiembre, hacia Dunkerque, de miles y miles de hombres lanzados hacia el sur de Francia, hacia lo desconocido.

Jean tenía que partir, al día siguiente; pero, antes, quería terminar su trabajo en la cantera. Trabajó en los hornos de cal hasta el anochecer. Su hermana menor, Lise, le ayudó. Cargó los hornos para que se terminaran de cocer las piedras cuando él se hubiese marchado y dispuso alternativamente una capa de piedra calcárea y otra de carbón. De los hornos salía un vapor blanco carbónico, sofocante. Lise, con la horquilla, escogía los bloques de piedra.

—Cuando vacíes este horno —dijo Jean—, te dará unas veinte toneladas de cal…

Vigila la cocción. Con ellas podréis vivir hasta mi regreso. Si encuentras algún hombre que te ayude, puedes volver a cargarlo. Aprovecha la sequía para sacar la creta del fondo de la cantera. Las aguas del estanque están bajas y todo eso es piedra ganada.

—No te inquietes —dijo Lise.

—Dejo también a tu cuidado a Fannie y al niño. Tú sabes que ella no es fuerte.

Necesita ahorrarse esfuerzos. Sobre todo, que no pase hambre, ni el pequeño tampoco… Pasaremos cuentas después de la guerra.

Trabajaron hasta el filo de la medianoche en cargar los hornos bajo el escaso resplandor de las lámparas de aceite.

Jean volvió a su casa del monte Herlem, cuando se hizo de noche. Fannie le esperaba, llorando y preparando el equipaje. Ya en aquel instante vio en sus rasgos los estragos de la angustia y la tristeza. ¿Cómo soportaría la prueba que la aguardaba si ya estaba así?

Había repartido entre su madre y Lise todo el dinero que tenía y dio seiscientos francos más a Fannie.

—No hace falta que gastes más de veinte francos por semana —dijo—. Lise te guiará cuando tú no sepas salir del atolladero…

Título: Invasión (PDF-EPUB)
Autores: Maxence Van der Meersch
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.7 MB
Formato: PDF-EPUB

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Maxence Van der Meersch - Invasión (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Maxence Van der Meersch - Invasión (PDF-EPUB) Jean Sennevilliers, el calero, salió de su casa para dirigirse a la cantera. Su casa estaba construida en lo alto del monte Herlem, desde donde se divisaba hacia el Este el pueblo del mismo nombre, formando una aglomeración dispersa de casas rojizas y blancas, agrupadas todas ellas en torno a un alto campanario de pizarras. Más allá se extendía en suntuosas masas oscuras el esplendor de un amplio bosque dorado por el…

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