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Marcela Serrano – Hasta Siempre, Mujercitas (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

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Introduccion del Libro Marcela Serrano – Hasta Siempre, Mujercitas (PDF-EPUB-MOBI-FB2)

Si la gente del Pueblo puso en duda las intenciones de Ada al enterarse de que cruzaría el océano para acompañar el cadáver de la vieja Pancha, a quien no veía desde hacía más de veinte años, difícil resultaba para Nieves Martínez considerarla una idea de fiar. Esa mañana, como la proa de un navío loco, chocó el amanecer rosado con luz ambigua sobre sus párpados al insinuarse los primeros latidos de aquella jornada del mes de septiembre. Se aferró somnolienta al último roce de las mantas suaves, todavía es temprano, una hora más de sueño, Dios, qué cansancio, un ratito más… hasta que un sobresalto cruzó su conciencia, ¡Ada!, aleluya, aleluya, el aeropuerto, el timbre que sonaría puntual dentro de una hora, Lola, su enorme jeep y los preparativos, prima, lima, limón, cuando llegues, Ada, iremos al campo, campo, santo, llanto.

Ejecutando con sigilo los cuidadosos movimientos por la casa para no despertar a sus habitantes, movimientos practicados desde anteriores reencarnaciones, dejó la ducha corriendo mientras entraba a la minúscula cocina, oscura aún, a calentar el agua y a cortar un par de rebanadas de pan del día anterior, un desayuno más, uno de los miles y miles que ha preparado a través de los años, pero hoy alcanzó sólo una taza desde el estante y colocó dos tostadas al fuego, no más, hoy no se hará cargo de la familia, hoy ella parte de viaje, hoy llega Ada al país, hoy Lola y ella la recogerán en Pudahuel y enfilarán las tres juntas hacia la Norte Sur, dejarán Santiago atrás, y cuando la ciudad se extinga y divisen los primeros paisajes de campo puro, Lola considerará que ya es tiempo de prender el CD y a la altura de Paine pedirá un café y un huevo duro en San Fernando, como si aún el viaje fuese largo como lo era en la infancia.

Nieves llevó su ropa hacia el cuarto de baño para vestirse bajo la luz, había dejado el bulto preparado la noche anterior, pensando en no prender la lámpara del dormitorio a la mañana siguiente, los amaneceres de septiembre son aún oscuros, Raúl tiene derecho a dormir como Dios manda, su madrugar no debe afectarle. Eligió el suéter rojo, a las rubias les queda bien el rojo, y Ada se viste siempre de negro, como todas las francesas, el rojo le evitará a Nieves la opacidad yquizás la ayude a perder un poco su timidez, aquel nudo —¿en el estómago o en la garganta, dónde el nudo?— que la inhibe de expresarse abiertamente, quizás le ataje el sentimiento de que toda vida ajena es más valiosa y esforzada que la propia, que todas han luchado por hacer algo importante de sus existencias menos ella, y entonces, tal vez, la envidia no hará su visita inexorable y despiadada. Pero, cómo, ella no había sido envidiosa, ¿no repetía siempre tía Casilda que era la más encantadora?, la hogareña y adorable Nieves, ¿cuándo empezó a descomponerse?, ¿cuándo quedaron cortos los estímulos?, enorme esfuerzo deberá derrochar, que sus primas no se pregunten qué le pasó, en qué momento se transformó.

Al salir de la ducha, al aplicarse con esmero la crema humectante por todo el cuerpo, disciplinadas las yemas de sus dedos para evitar cualquier sequedad, recordó que a los veinticinco juraba que la juventud era gratuita y eterna, loca Nieves, de dónde lo habrás sacado, como si algo, aun lo más mínimo, no tuviera precio. Escobillarse el pelo le ha resultado siempre reconfortante, Nieves y Lola, las rubias de la familia, las niñas lindas, ¿habrá salido ya Lola de su casa?, tan lejos que vive, en los faldeos de la cordillera, y como todo habitante de esas zonas, insiste en que llega al centro de la ciudad en veinte minutos, que la Kennedy, que la fluidez, mentira, es lejísimos su barrio, además de elegante y helado, tan rica Lola, ya a los diez años prometía que nunca sería pobre, ya a los diez, cuando el dinero era para Nieves un concepto distante y abstracto al que nunca dedicó un minuto de concentración, por qué iba a hacerlo si en el Pueblo todo era un regalo, las casas grandes, el calor de las chimeneas y los braseros, la fruta, la miel y las masas horneadas, el comando perfecto de tía Casilda sobre los que allí vivían y trabajaban, ¿por qué pensar en el dinero? La vida misma era un regalo, los juegos, la complicidad y la protección, y fue ella quien más tiempo alcanzó a gozarlo, como la mayor de las mujeres, eternamente protegida sería la vida, ni siquiera la muerte del abuelo la rompió, para eso estaba tía Casilda y también los tíos, a su manera, ¿miedo a la pobreza?, ¿era una demente Lola por presentirla?

Entró en puntillas a su habitación para recoger su cartera, miró a Raúl y sin necesidad de tocarlo constató la profundidad de su sueño, duermo con él como con un hermano, le había dicho una vez a Lola, pero cómo, mujer, si con los hermanos no se duerme (con los primos, sí), pero era a la fraternidad a la que había querido referirse, un hermano que te calienta los pies de noche. Por cierto, no fue ésa su idea cuando Oliverio se lo presentó, cuando lo llevó un verano al Pueblo, a pesar de las objeciones de tía Casilda, que no llevaran visitas, que no le gustaba la gente, que para eso éramos ya bastantes en la familia, que no necesitábamos a los demás, igual Oliverio lollevó, porque Oliverio siempre hizo lo que quiso y por eso lo respetaban en las casas del Pueblo. Es un fresco, dijo Lola ese verano cuando lo vio llegar con Raúl, y Ada la hizo callar, y cuando Nieves lo miró aquella primera noche, sentado a su lado en el comedor, esbozó la más seductora de las sonrisas, era amigo de Oliverio, después de todo, eso rompía cualquier barrera de desconfianza, estudiante de derecho como su primo, y se soñó esposa de un abogado prestigioso, siempre se soñaba esposa de los hombres que conocía. No fue una ardua tarea conquistarlo, al finalizar el verano, las cartas estaban echadas. Que no hubiese terminado siendo ni abogado ni prestigioso escapaba a las posibilidades de previsión de Nieves entonces, aunque tía Casilda le hubiese advertido, no te cases con el primero que te haga la corte, ándate con calma. Pero a ella no le interesaba la calma, para qué, si su verdadera vocación era el matrimonio, con qué afán hacerse la difícil, era tan hermoso el amigo de Oliverio, tan graciosos esos crespos castaños que le cubrían la frente y esos ojos tan verdes como los de ella, imagínate, le decía Lola, imagínate lo verdes que serán los ojos de tus hijos, verde que te quiero verde, muchos hijos de ojos verdes. Claro, no fue el verano más pacífico, no como ella hubiese querido, la historia de Ada cruzó la consabida alegría estival, su escapada al campamento de los gitanos, Oliverio llevándola de vuelta a casa, no seas elíptica, Nieves, lo de los gitanos fue lo de menos. Igual, Raúl sobrevivió a aquel bochornoso episodio y la tía Casilda tomó medidas y no resultó necesario volver a la ciudad. Raúl había empezado por admirar sus hermosas manos, manos de leche como la reina aquella, ¿fue María Antonieta la que se bañaba en leche de burra para conservar la blancura de su cuerpo?, sus manos albas como las de la reina, ¿cuándo dejó de usar guantes plásticos para lavar la loza?, como una arsenalera sus entradas a la cocina, toda cubierta como las amas de casa de los cincuenta en las series de televisión norteamericanas, gloriosas en su domesticidad, con las faldas anchas sobre tiesas enaguas y los suéters muy ajustados presumiendo pechos que aún eran ampulosos según la moda y cubiertas por un pequeño y coqueto delantal esperando al marido con la mesa puesta y el guiso en el horno. Ella era un bebé en los años cincuenta; sin embargo, sus fantasías habían quedado fijas en ese período, el más preciado, el que ensalzó más que ningún otro a las jóvenes esposas en sus casas suburbanas, y aunque el suyo era un pequeño departamento en Providencia, sin flores que cortar ni jardín que cuidar, y corrían los tumultuosos setenta, se imaginaba a sí misma como las esposas de la tele, y el primer día que Raúl volvió a casa a comer después de una jornada de trabajo ella quiso esperarlo con un estofado que cocinó al pie de la letra según La cocina popular, libro regalado por la pequeña Luz, bonito y modesto regalo de bodas, que enseñaba desde cómo prender el horno hasta la confección de una torta Pompadour; todo estaba en ese libro, que a través del tiempo leyó de principio a fin, pero esa primera noche el guiso no cuajó, el tiempo de calor fue excesivo y mientras obligaba a Raúl a esperar en la mesa del comedor, arreglada con mantel y candelabros tal como dictaba la convención, ella en la cocina lloraba sobre la fuente con la carne quemada, carne quemada, leche derramada, no llorar sobre ella. Al cabo de un rato, hambriento y perplejo, Raúl se asomó a la cocina a ver qué pasaba, por qué Nieves tardaba tanto, y la escena de congoja que se presentó ante sus ojos lo conmovió de tal manera que tomó de la cintura a su flamante esposa y la llevó al Kika, ahí comieron un lomito con palta y una cerveza, intentando enterrar así su frustración. A la larga, Raúl se convirtió en un mejor cocinero que ella, hasta el día de hoy se reúne de vez en cuando con Oliverio a comer exquisiteces; Nieves está convencida de que a medida que los hombres van cumpliendo años cambian el instinto sexual que decae por el amor a la gastronomía, ¿qué hombre en la cincuentena no se esmera en la cocina como lo hacía antes en la cama?, y de noche agradecen al cielo que el hambre tenga esa puntualidad para regenerarse, la certeza de su aparición los consuela, cada vez que, ahíto, se consume: una promesa de vida a la mano.

Más adelante, cuando los mellizos habían nacido, Nieves recordaría esa escena de recién casados y la embargaría la añoranza, ya sin dinero para el Kika, cada centavo con un destino preestablecido y, aunque hubiese dispuesto de él, ¿qué habría hecho con sus hijos mientras iba al restaurant?, ¿en manos de quién dejarlos y qué darles de comer?

Título: Hasta Siempre, Mujercitas (PDF-EPUB-MOBI-FB2)
Autores: Marcela Serrano
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 3.6 MB
Formato: PDF-EPUB-MOBI-FB2

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Marcela Serrano - Hasta Siempre, Mujercitas (PDF-EPUB-MOBI-FB2) Introduccion del Libro Marcela Serrano - Hasta Siempre, Mujercitas (PDF-EPUB-MOBI-FB2) Si la gente del Pueblo puso en duda las intenciones de Ada al enterarse de que cruzaría el océano para acompañar el cadáver de la vieja Pancha, a quien no veía desde hacía más de veinte años, difícil resultaba para Nieves Martínez considerarla una idea de fiar. Esa mañana, como la proa de un navío loco, chocó el amanecer rosado con luz ambigua sobre sus párpados al insinuarse los primeros latidos de…

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