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Marcel Proust – La Fugitiva (PDF)

Marcel Proust – La Fugitiva (PDF)

Marcel Proust - La Fugitiva (PDF)

Marcel Proust – La Fugitiva (PDF)

Introduccion del Libro Marcel Proust – La Fugitiva (PDF)

«¡Mademoiselle Albertina se ha marchado!» ¡Qué lejos va el dolor en psicología! Más lejos que la psicología misma. Hace un momento, analizándome, creía que esta separación sin habernos visto era precisamente lo que yo deseaba, y, comparando los pobres goces que Albertina me ofrecía con los espléndidos deseos que me impedía realizar (y que, en la seguridad de su presencia en mi casa, presión de mi atmósfera moral, ocupaban mi alma en primer plano, pero que, a la primera noticia de que se había marchado, ni siquiera podían enfrentarse con ella, pues se esfumaron inmediatamente), había llegado, muy sutil, a la conclusión de que no quería volver a verla, de que ya no la amaba. Pero aquellas palabras -«mademoiselle Albertina se ha marchado»- acababan de herirme con un dolor tan grande que no podría, pensaba, resistirlo mucho tiempo; había que cortarlo inmediatamente; tierno conmigo mismo como mi madre con mi abuela moribunda, con esa buena voluntad que ponemos en no dejar que sufra el ser amado, me decía: «Ten un poquito de paciencia, tranquilízate, ya verás cómo se te pasa, no te dejaremos sufrir así». Y, adivinando confusamente que si un momento antes, cuando yo no había llamado todavía, la marcha de Albertina habría podido parecerme indiferente, incluso deseable, era porque la creía imposible, y por este camino buscó mi instinto de conservación los primeros calmantes para mi herida abierta: «No tiene ninguna importancia, porque la haré volver en seguida. Ya veré cómo, pero, sea como sea, estará aquí esta noche. Así que no hay por qué atormentarse: No tiene ninguna importancia.»

Y no me lo dije para mí solo: procuré que así lo creyera Francisca no dejándole ver mi dolor, porque ni aun en el instante en que mi dolor era más violento olvidaba mi amor que le convenía parecer un amor feliz, un amor compartido, y parecérselo sobre todo a Francisca, que, como no quería a Albertina, había dudado siempre de su sinceridad.

Sí, un momento antes de que entrara Francisca, yo creía que no amaba a Albertina; creía que lo había analizado todo exactamente, sin olvidar nada; creía conocer bien el fondo de mi corazón. Pero nuestra inteligencia, por lúcida que sea, no puede percibir los elementos que la componen y permanecen ignorados, en un estado volátil, hasta que un fenómeno capaz de aislarlos les imprime un principio de solidificación. Me había equivocado creyendo ver claro en mi corazón. Pero este conocimiento, que las más finas percepciones de la inteligencia no habían sabido darme, me lo acababa de traer, duro, deslumbrante, extraño, como una sal cristalizada, la brusca reacción del dolor.

Tan habituado como estaba a ver junto a mí a Albertina y ahora, de pronto, veía una nueva faz del Hábito. Hasta ahora lo había considerado, sobre todo, como un poder destructor que suprime la originalidad y hasta la consciencia de las percepciones; ahora lo veía como una divinidad temible, tan incorporada a nosotros mismos, tan incrustado en nuestro corazón su rostro insignificante, que si se despega, o si se aparta de nosotros, aquella deidad que antes apenas distinguíamos nos inflige sufrimientos más terribles que otra ninguna y se torna entonces tan cruel como la muerte.

Lo más urgente era leer su carta, puesto que quería buscar los medios de hacerla volver.

Yo creía tenerlos, porque, como el futuro es lo que no existe aún más que en nuestro pensamiento, nos parece todavía modificable mediante la intervención in extremis de nuestra voluntad. Pero al mismo tiempo recordaba que había visto actuar sobre el futuro otras fuerzas ajenas a la mía y contra las cuales no habría podido nada, ni aun disponiendo de más tiempo. ¿De qué sirve que no haya llegado aún la hora, si no podemos nada sobre lo que ha de ser? Cuando Albertina estaba en casa, yo estaba completamente decidido a conservar la iniciativa de nuestra separación. Y ella se había marchado. Abrí la carta de Albertina. Decía así:

«Perdóname, querido amigo, que no me haya atrevido a decirte de viva voz las pocas palabras que te voy a escribir; pero soy tan cobarde, he tenido siempre tanto miedo delante de ti, que, por mucho que me esforcé, no tuve el valor de hacerlo. Lo que quería decirte es esto: es imposible que sigamos viviendo juntos; tú mismo has visto por tu algarada de la otra noche que algo había cambiado en nuestras relaciones. Lo que esa vez pudo arreglarse resultaría irreparable dentro de unos días. Así que, ya que hemos tenido la suerte de reconciliarnos, es mejor que nos separemos como buenos amigos; por eso, querido, te mando estas letras, y te ruego que seas bueno y me perdones si te doy un poco de pena, pensando en lo inmensa que será la mía. Grandote mío, no quiero llegar a ser tu enemiga, bastante duro me será llegar a serte poco a poco, y bien pronto, indiferente. Así que, como mi decisión es irrevocable, antes de mandarte esta carta por Francisca le habré pedido mis baúles. Adiós. Te dejo lo mejor de mí misma…

Título: La Fugitiva (PDF)
Autores: Marcel Proust
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 3.4 MB
Formato: PDF

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Marcel Proust - La Fugitiva (PDF) Introduccion del Libro Marcel Proust - La Fugitiva (PDF) «¡Mademoiselle Albertina se ha marchado!» ¡Qué lejos va el dolor en psicología! Más lejos que la psicología misma. Hace un momento, analizándome, creía que esta separación sin habernos visto era precisamente lo que yo deseaba, y, comparando los pobres goces que Albertina me ofrecía con los espléndidos deseos que me impedía realizar (y que, en la seguridad de su presencia en mi casa, presión de mi atmósfera moral, ocupaban mi alma en primer plano, pero…

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