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Manuel Rivas – Los libros arden mal (PDF-EPUB)

Manuel Rivas – Los libros arden mal (PDF-EPUB)

Manuel Rivas - Los libros arden mal (PDF-EPUB)

Manuel Rivas – Los libros arden mal (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Manuel Rivas – Los libros arden mal (PDF-EPUB)

Al principio me molesta. Es joven. No lo conozco. A veces, ocurre. Se meten en medio. Yo estaba atenta al chico de los tangos. Al que salió a cantar en el palco invitado por Pucho Boedo, el de la Orquesta Oriente. Con traje blanco y un pañuelo rojo al cuello. Con todos vosotros, un amigo que tiene la voz del mar, acunada por la luz del faro: Luis Terranova. Qué guapo. Y aún más guapo cuando se puso a cantar.

Se le fue de la cara todo lo que tenía de infantil. Dibujado, de repente, por los huesos.

Era Chessman, el tango de un condenado a muerte. Nunca había oído cantar así un tango. Parecía que lo acababa de componer él, que le estaba saliendo en ese instante.

Ya son las diez, suena el reloj, un paso doy, voy a mi Dios. Mira tú por dónde, la hora coincidía. Eso fue en el baile de San Pedro de Nós. Ahora no lo recuerdo, pero pienso que incluso los músicos dejaron de tocar. Aquel verano, con Ana y Amalia, recorrí las verbenas con la ilusión de oírlo otra vez, pero no se volvió a saber de él. Yo cantaba el tango en el río, Los libros son mis pasos, calvario del Señor, la silla mi descanso, que el mundo deparó, y así, insistiendo, con sentimiento, fui componiendo su figura en el agua. Ya sé que es trampa. Pero yo también tengo derecho a imaginarme las figuras. No estar sólo a la espera de las que vengan.

Como ésta. Ésta vino por su cuenta.

Es un soldado. Al principio me sorprendo. Me pareció un poco monstruoso. Tan joven y uniformado. Barbilampiño. Muy crío, excepto en los labios, que son carnosos y más atrevidos que el resto de los rasgos. Quizá es que al estar en el agua, contracorriente, la boca se entreabre ansiosa. Me mira con mucha curiosidad. Con una sonrisa melancólica. Tiene la cara algo redonda. A la manera de nuestra familia.

Es rubio. Hay algo de dorado en el agua, no es el centelleo del sol, quizá un fruto de su ser rubicundo. A mí me gusta la compañía de las figuras, pero me molesta que me miren fijamente. Con disimulo, dejo caer la pieza que lavo en esa dirección, muy despacio, para no hacer añicos la imagen sino para que se hunda con calma, a ocultarse en una hendidura, entre guijarros y hierbas, o para que le dé tiempo a esconderse entre los juncos.

Esta vez, no. Esta vez la dejo estar.

Un soldado con cara de crío y mirada de hombre. Un soldado barbilampiño. Una guerrera de botones grandes y cuello duro. Enmarcado en un círculo de agua. Tiene los brazos cruzados y en la manga del izquierdo se ve un distintivo. La mirada de hombre, sí. No me mira soberbio, pero tampoco compasivo. Es lo que tienen las figuras del agua, que vienen a ver, que miran cuando las miras.

Le pregunté a mamá.

Le pregunté por un soldado jovencito.

Ella hace que no oye.

¡Zas, zas! La ropa en la piedra.

Creo que mamá no quiere saber nada de mis figuras. Quizá ya le llega con las suyas. Noto que tiene cuidado de no sacudir la ropa en el río cuando yo me quedo con la mirada absorta en el agua. Pienso que también se mueven, que algunas van de mirada en mirada por el río, porque son figuras muy inquietas. Cuando una lleva tiempo sin aparecer a lo mejor es porque anda por los círculos que están en la parte de mamá. Eso me pasó con el boxeador. El boxeador anduvo un tiempo por aquí, por esta parte del río, y luego se fue. Me parece que se fue hacia donde lava ella, porque Polca me contó que el boxeador era muy amigo de las cerilleras y de las cigarreras.

Pero ella hace como que no ve las mías, y yo, las suyas.

¿Qué dices?

Un soldado. Un soldado con cara de crío.

Hubo varios soldados, dijo. ¡Zas, zas!

Ya. Yo hablo de un soldado rubio y lampiño que parece un crío. Un soldado sonriente. Medio sonriente.

Ése debía de ser Domingo, dice ella por fin. El que murió en Annual. En 1921. El de los tubos de la risa.

La figura sonreía. Sí, era él. El de los tubos de la risa.

Era muy sonriente, dijo Olinda. Listo como un ajo, pero de cuerpo débil.

Enfermizo. Nuestra madre, tu abuela Dansa, lo acompañó a la caja de recluta.

Este chaval no sirve para la guerra, dijo.

Y uno de los que estaban allí, en la oficina de reclutamiento, le respondió: Todo el mundo sirve para la guerra. Si no sirve para matar, sirve para morir…

Título: Los libros arden mal (PDF-EPUB)
Autores: Manuel Rivas
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 3.2 MB
Formato: PDF-EPUB

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Manuel Rivas - Los libros arden mal (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Manuel Rivas - Los libros arden mal (PDF-EPUB) Al principio me molesta. Es joven. No lo conozco. A veces, ocurre. Se meten en medio. Yo estaba atenta al chico de los tangos. Al que salió a cantar en el palco invitado por Pucho Boedo, el de la Orquesta Oriente. Con traje blanco y un pañuelo rojo al cuello. Con todos vosotros, un amigo que tiene la voz del mar, acunada por la luz del faro: Luis Terranova.…

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