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Louise Penny – Enterrad a los muertos (PDF-EPUB)

Louise Penny – Enterrad a los muertos (PDF-EPUB)

Louise Penny - Enterrad a los muertos (PDF-EPUB)

Louise Penny – Enterrad a los muertos (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Louise Penny – Enterrad a los muertos (PDF-EPUB)

La señorita Jane Neal se reunió con su Creador en la niebla matinal del domingo de Acción de Gracias. Fue una auténtica sorpresa para todo el mundo. La de la señorita Neal no fue una muerte natural, a no ser que uno sea de la opinión de que todo sucede como se supone que tiene que suceder. De ser así, Jane Neal llevaba sus setenta y seis años avanzando hacia aquel momento final en el que la muerte la sorprendió en el luminoso bosque de arces que bordeaba el pueblo de Three Pines.

Había caído con las extremidades completamente separadas, como si estuviera dibujando ángeles entre las hojas relucientes y quebradizas.

El inspector jefe Armand Gamache, de la Sûreté du Québec, se arrodilló; sus articulaciones crujieron como el estallido del rifle de un cazador, sus manos, largas y expresivas, se cernieron sobre el diminuto círculo de sangre que había echado a perder la mullida rebeca, como si fuera un mago que pudiera eliminar la herida y curar a la mujer. Pero no podía. No era ése su don. Afortunadamente para Gamache, tenía otros. El olor del aire le recordó el de las bolas de naftalina, el perfume de su abuela. Los ojos amables y tiernos de Jane lo miraban como si se sorprendieran de verlo.

Era él quien se sorprendió al verla a ella. Ese era su pequeño secreto. No era que la hubiera visto antes. No. Su pequeño secreto era que, a sus cincuenta y tantos años, en la cúspide de una carrera larga y, ahora, aparentemente estancada, la muerte violenta seguía desconcertándolo. Lo cual era raro para un jefe de homicidios, y quizá una de las razones por las cuales no había seguido progresando en el cínico mundo de la Sûreté. Gamache siempre albergaba la esperanza de que, tal vez, alguien había entendido mal y no hubiese cadáver. Pero no había margen de error en la cada vez más rígida señorita Neal. Tras incorporarse con la ayuda del inspector Beauvoir, se abotonó la Burberry forrada para aplacar el frío de octubre y se quedó pensativo.

Jane Neal también había llegado tarde, pero en un sentido muy distinto, unos cuantos días atrás. Había quedado en encontrarse con su querida amiga y vecina de al lado, Clara Morrow, para tomar el café en el restaurante del pueblo. Clara se sentó en la mesa que estaba junto a la ventana y esperó. La paciencia no era su fuerte. La mezcla de café au lait e impaciencia le estaba provocando una intensa vibración. Con un ligero pálpito, Clara miró a través de la ventana con parteluz hacia el parque y los arces que rodeaban el camino comunal. Los árboles, que estaban adquiriendo asombrosas tonalidades de rojo y ámbar, eran prácticamente lo único que cambiaba en ese respetable pueblo.

Enmarcada por los parteluces, vio una camioneta bajando precipitadamente por rue du Moulin hacia el pueblo con una hermosa cierva moteada, lánguidamente tapada, encima del capó. La camioneta rodeó el camino comunal haciendo que los vecinos se detuvieran en pleno paseo. Estaban en temporada de caza y en territorio de caza. Pero ese tipo de cazadores provenía en su mayoría de Montreal, o de otras ciudades. Alquilaban camionetas y acechaban por los caminos de tierra al amanecer y al atardecer, como gigantes a la hora de comer, en busca de ciervos. Y cuando localizaban alguno, se deslizaban hasta detenerse, salían de la camioneta y disparaban. Clara sabía que no todos los cazadores hacían lo mismo, pero había bastantes que sí. Esos mismos cazadores ataban los ciervos con correas al capó de su camioneta y conducían por el campo creyendo que el animal muerto encaramado al vehículo anunciaba, de alguna forma, que aquello era obra de grandes hombres.

Todos los años había cazadores que disparaban contra vacas, caballos y animales domésticos, e incluso se disparaban entre ellos. Y, por increíble que parezca, a veces se disparaban a sí mismos, quizá en medio de algún episodio psicótico en el que se tomaban por la cena. Sagaz era el que sabía que algunos cazadores (todos no, pero algunos) consideraban todo un reto diferenciar un pino de una perdiz y de una persona.

Clara se preguntó qué habría sido de Jane. Raramente llegaba tarde, así que le sería fácil perdonarla. A Clara se le hacía fácil perdonar la mayoría de cosas a la mayor parte de la gente. Demasiado fácil, solía advertirle su marido, Peter. Pero Clara tenía su propio secretito. En realidad no lo soltaba todo. La mayoría de las cosas, sí.

Pero algunas se las guardaba y las abrazaba en secreto, y las visitaba en los momentos en los que necesitaba reconfortarse con la crueldad de los demás.

El Montreal Gazette que había encima de su mesa estaba cubierto de migajas de cruasán. Por entremedias, Clara echó un vistazo a los titulares: «El Parti Québécois vota a favor del referendo por la soberanía»; «Redada antidroga en Townships»; «Unos excursionistas se pierden en Tremblant Park».

Clara alzó la vista de los enojosos titulares. Peter y ella habían cancelado hacía tiempo su suscripción a los periódicos de Montreal. En verdad, la ignorancia era una bendición. Preferían el local Williamsburg County News, en el que podían leer acerca de la vaca de Wayne, o las visitas de los nietos de Guylaine, o la subasta de una colcha para la residencia de ancianos. Cada cierto tiempo, Clara se preguntaba si seestaban escabullendo, si huían de la realidad y de la responsabilidad. Entonces se daba cuenta de que le traía sin cuidado. Además, ya se enteraba allí, en el Olivier’s Bistro en el corazón de Three Pines, de todo lo que le hacía falta saber para sobrevivir.

Título: Enterrad a los muertos (PDF-EPUB)
Autores: Louise Penny
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.1 MB
Formato: PDF-EPUB

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Louise Penny - Enterrad a los muertos (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Louise Penny - Enterrad a los muertos (PDF-EPUB) La señorita Jane Neal se reunió con su Creador en la niebla matinal del domingo de Acción de Gracias. Fue una auténtica sorpresa para todo el mundo. La de la señorita Neal no fue una muerte natural, a no ser que uno sea de la opinión de que todo sucede como se supone que tiene que suceder. De ser así, Jane Neal llevaba sus setenta y seis años avanzando…

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