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Kristin Cashore – Fire (PDF-EPUB)

Kristin Cashore – Fire (PDF)

Kristin Cashore - Fire (PDF-EPUB)

Kristin Cashore – Fire (PDF-EPUB)

 Introduccion del Libro Kristin Cashore – Fire (PDF)

Treinta años antes de que Graceling salvara su reino…Al otro lado de las montañas al este de los Siete Reinos en una tierra rocosa y asediada por la guerra que se llama Dells, Fuego tiene 17 años y es la última monstruo del reino con forma humana. Es preciosa en cuerpo y mente, tiene una cabellera de color rojo brillante que ondea al viento como una llama y comparte el poder de leer la mente y ejercer su influencia silenciosa sobre los humanos con sus congéneres, pero tiene un gran defecto que hace que estos no confíen en ella, la odien, la aparten: sabe distinguir entre el bien y el mal. Cuando la conspiración estalla para derrocar al rey, Fuego deberá elegir entre la fidelidad a los suyos y el amor por un príncipe en cuya cabeza no puede penetrar.

Prólogo

Larch pensaba con frecuencia que, de no ser por aquel hijo recién nacido, habría sido incapaz de superar la muerte de Mikra, su esposa. En parte se debía a que la criatura necesitaba un padre vivo y activo, que se levantara por las mañanas y trabajara como una bestia de carga todo el día, y en parte, por la manera de ser del propio niño, pues era una criatura tan buena, tan tranquila, cuyos gorjeos y arrullos tenían un sonido tan musical… Por no hablar de los ojos, de un color castaño oscuro, iguales que los de su madre muerta.

Larch, que era guardabosque en el predio ribereño de un noble de escasa categoría, en el reino sudoriental de Monmar, cabalgó sin descanso todo un día para regresar a su casa, y al llegar, dominado por los celos, arrebató al niño de los brazos de la nodriza. Aunque estaba sucio y apestaba a sudor y a caballo, el hombre acunó a la criatura contra su pecho, se acomodó en la vieja mecedora de su esposa, y cerró los ojos. Lloraba de vez en cuando, y las lágrimas, al deslizarse por el mugriento rostro, le dejaban unos surcos muy bien definidos en la piel, pero era un llanto silencioso a fin de escuchar los sonidos que emitía la criatura. Ésta lo observaba, y su mirada era un lenitivo para el padre. Pero la nodriza comentó que no era habitual que un bebé tan pequeño enfocara ya la vista.

—No es motivo de alegría que un recién nacido tenga los ojos raros —le previno la mujer.

Larch no veía razón para preocuparse por ello porque la nodriza ya lo hacía por los dos, puesto que, conforme a la costumbre que seguían de forma tácita las parejas de los siete reinos que acababan de tener un hijo, examinaba los ojos del bebé a diario, con las primeras luces, y todas las mañanas respiraba aliviada después de comprobar que no habían cambiado de tonalidad. Y es que, si un niño se dormía una noche con los ojos del mismo color pero, al despertar, tenía los iris de color diferente, era un graceling; y en Monmar, como en casi todos los otros reinos, los bebés graceling pasaban de inmediato a ser propiedad del rey, y las familias rara vez volvían a verlos.

Se cumplió un año del nacimiento del hijo de Larch sin que se produjeran cambios en los iris del pequeño, pero la nodriza no dejaba de rezongar entre dientes. Por historias que había oído, sabía que los ojos de algunos graceling tardaban más de un año en manifestar su condición; además, fuera graceling o no, el pequeño no era normal. Sólo hacía un año que Immiker había abandonado el vientre materno y ya pronunciaba su propio nombre; a los quince meses construía frases simples y al año y medio ya había relegado la pronunciación infantil. Al principio, cuando aceptó ocuparse del pequeño, la mujer albergaba la esperanza de que sus cuidados y su buen hacer le proporcionarían un esposo y un hijo sano y fuerte; pero con el tiempo, ese niño que conversaba como un adulto enano mientras mamaba, o avisaba con elocuencia cada vez que había que cambiarle los pañales, le resultó en verdad horripilante. En consecuencia, dejó su puesto de trabajo.

Larch se alegró de que la rancia mujer se marchara, y armó una mochila para llevar al pequeño colgado sobre el pecho mientras trabajaba; rehusaba salir a caballo los días que llovía o hacía frío, y se negaba a cabalgar a galope; trabajaba menos horas y descansaba a ratos para darle de comer, para acostarlo y que durmiera la siesta, para asearlo… El niño parloteaba sin cesar, preguntaba los nombres de plantas y animales e inventaba poemas absurdos que Larch se esforzaba en escuchar porque esos versos siempre le hacían reír.

—A los pajaritos les gusta volar muy deprisa entre las copas de los árboles, porque dentro de sus cabezas son pájaros —chachareó el niño con aire ausente mientras daba palmaditas a su padre en el brazo, a quien poco después le dijo—. Oye, padre.

— ¿Qué quieres, hijo mío?

—A ti te gusta hacer las cosas que a mí me gusta que hagas, porque dentro de tu cabeza están mis palabras. Larch era muy feliz; no recordaba por qué lo había entristecido tanto la muerte de su esposa, y se decía que era mejor estar como ahora: el niño y él, solos. Rehuyó, pues, de forma gradual a la gente del predio porque su tediosa compañía lo aburría y porque nadie merecía compartir con él la deliciosa compañía de su hijo.

Al despertarse una mañana, Larch se percató de que el pequeño Immiker —de tres años—, acostado a su lado, lo miraba con fijeza; el ojo derecho del niño era de color gris, y el iris del izquierdo había cambiado a una tonalidad rojiza. Aterrado y desolado, el hombre se incorporó de un salto.

— ¡Te llevarán con ellos, te apartarán de mi lado! —le dijo.

—No, no lo harán. —Immiker parpadeó con calma, y añadió—: Porque a ti se te ocurrirá un plan para impedírselo.

Ocultar un graceling al rey suponía un hurto de bienes realengos y estaba penado con el encarcelamiento y multas que Larch jamás podría saldar, pero aun así, el hombre se sintió impulsado a llevar a cabo lo que el niño le indicaba. Tendrían que cabalgar hacia el este, donde se hallaba la escarpada cordillera fronteriza casi deshabitada, y encontrar una oquedad en las rocas o entre la maleza que les sirviera de escondrijo. Puesto que él era guardabosque, sabría rastrear, cazar, encender lumbre y preparar un cobijo para Immiker que nadie sería capaz de descubrir.

El niño aceptaba con una extraordinaria tranquilidad el hecho de tener que huir; sabía qué era un graceling. Larch suponía que la nodriza se lo habría contado; o tal vez se lo explicó él mismo, aunque ahora no recordara haberlo hecho. La memoria le fallaba cada vez más, como si se le cerrara por partes y clausurara recuerdos detrás de puertas que se veía incapaz de volver a abrir; lo achacaba a la edad, ya que ni su esposa ni él eran jóvenes cuando Mikra murió al dar a luz.

—A veces me pregunto si tu gracia estará relacionada con el habla —reflexionó el hombre mientras se adentraban en las estribaciones orientales y dejaban atrás el río y la comarca que fuera su hogar.

—No, no lo está —replicó Immiker.

—No, por supuesto que no —convino su padre, sin explicarse por qué se le había ocurrido semejante idea—. Está bien, hijo, todavía eres muy pequeño; estaremos atentos a las señales. Confiemos en que sea un don útil.

El niño no contestó y Larch comprobó los cierres de las correas con que lo sujetaba a la silla de montar, delante de él; se inclinó para besar la rubia cabeza del pequeño y azuzó al caballo con los talones para que se pusiera en marcha…

Título: Fire (PDF)
Autores: Kristin Cashore
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.1 MB
Formato:PDF

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Kristin Cashore - Fire (PDF)  Introduccion del Libro Kristin Cashore - Fire (PDF) Treinta años antes de que Graceling salvara su reino…Al otro lado de las montañas al este de los Siete Reinos en una tierra rocosa y asediada por la guerra que se llama Dells, Fuego tiene 17 años y es la última monstruo del reino con forma humana. Es preciosa en cuerpo y mente, tiene una cabellera de color rojo brillante que ondea al viento como una llama y comparte el poder de leer la mente y ejercer su…

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