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Julio Cortázar – El Examen (PDF)

Julio Cortázar – El Examen (PDF)

Julio Cortázar - El Examen (PDF)

Julio Cortázar – El Examen (PDF)

Introduccion del Libro Julio Cortázar – El Examen (PDF)

Clara y Juan se acuerdan a veces de Abelito, pero yo me olvido más fácil ahora que lo encuentro tan poco. En cambio me viene a la memoria decir “me viene” está tan bien, porque el tipo abre la puerta y se presenta, otro Abel que vi un par de veces en Mendoza y que me dio miedo. Creo que escribo para tener, del lado hedónico, el miedo exquisito; entonces lo estropeaba una sensación de peligro y de rechazo. Toqué el timbre (buscaba pensión, vi un anuncio, era una casa de altos en la Avenida San Martín hacia el norte, en esa parte que se pone bonita con las alamedas y los comercios sirios) y me abrió la puerta un ser que no había nacido para abrir puertas. Tenía un piyama azul y la cara más pálida que haya visto jamás, un pierrot espantoso plantado contra la oscuridad del zaguán. Ojos dilatados, claros (pero ya no recuerdo el color, o nunca lo vi) mirándome con una blanda intensidad, lamiéndome la cara en un silencio que yo culpablemente hacía durar. Después hablé del anuncio, y el ser se hizo a un lado para dejarme entrar y dijo: “Suba”. La voz era los ojos, como si un alga pudiera hablar: con lo inhumano del papagayo, pero a la vez conteniendo al ser; una voz de testigo que dice la palabra reveladora. Subí, seguro de que no me quedaría en la casa.

Arriba había una mujer vieja en el justo corredor para su acento francés y sus manos llenas de anillos. Fui llevado a mi posible habitación, ella hablaba y el ser nos seguía, mirándome; ahora recuerdo su cuerpo gracioso, el arco azul que dibujaba el piyama en el hueco de la puerta: descanso de danzarín.

La mujer se interrumpió para mandar secamente: “Ándate, Abel”. El ser desapareció deslizándose de costado, mirándome hasta perderse. Debió mostrar lo que sentía porque la mujer bajó la voz para decirme: “Abel le arreglará la pieza, y usted todos los meses le da una propina. No hay que hacerle caso porque es un poco enfermo —” (No creo que dijera “enfermo” pero olvido la palabra, hay una censura que la borra en medio de este recuerdo tan claro).

Quedé en contestar esa misma tarde, me despedí. Al bajar, Abel apareció a mi lado.

Se deslizaba un peldaño antes o después que yo, mirándome. Era horrible cómo me desnudaba. En la puerta le dije: “Buenas tardes”, pero no me contestó. (Años después, viendo a Barrault mimar Pierrot, sentí de nuevo el peso atroz de ese silencio. Pero Abel era amenaza, una ciénaga en el aire, esperando).

Pasó un tiempo, yo vivía en otra pensión. Una noche regresaba muy tarde, demorando el momento de dormir; hacía calor, luna, las calles estaban fragantes. A mitad de una cuadra casi a oscuras, oí reír, cantar y vociferar al mismo tiempo, un agolpamiento de palabras y chillidos histéricos, rápidos parloteos que se cortaban para recomenzar al instante. Brincando y pirueteando vi venir a Abel, blanquísimo de palm beach bajo la luna, la cara un antifaz blanco con agujeros de sombra. Estaba desatado, volcado, el absolutamente invertido Abel corriendo su amok por la ciudad. Un grupo de gente debió reírse de él cuando pasaba; entonces se soltó, venía proclamándose, enloquecido y suelto, quizá dopado; ni me vio al pasar, daba saltitos felices y canturreaba, se reía brincando, por fin inició una canción y dio vuelta en la esquina.

No lo vi nunca más, tal vez por eso me acuerdo tan bien.

La función incalculable de ciertos libros en una vida todavía porosa, atenta, expectante. Pienso en la Anthologie des Poetes de la NRF que compré en 1939 (quizá antes) y fue en seguida un eje de veleta, una delegación de lo desconocido reclamando y mordiendo noche y día. Deslumbramiento de los poemas insospechados, prestigio de nombres que no adherían aún a una biografía, a un retrato (Jouve, Saint-John Perse; y después, en 1945, ver una foto de Perse, esa cara de tendero jovial, como la cara de Rouault que acabo de conocer en un film…) También la antología de Kra, leída en 1935, mal entendida porque entonces mi francés tan lamentable. Doble magia, la locura: Rimbaud, Anne, Anne, fuis sur ton âne; me veo copiando La Comédie de la Soif antes de devolver el libro, y todo Mallarmé, el misterio absoluto con de pronto la delicia: un sens trop précis rature ta vague littérature — Y los otros, pronto aislados de tanto poema sin resonancia: Valéry, Apollinaire, Careo (y éste después, enteramente hallado con Jésus-la-caille y La Bohème et Mon Coeur). Noches de plazas, de capuchinos, de ardientes nadas; el llanto con Léon-Paul Fargue: Et peut-être qu’un jour, pour de nouveaux amis… El amor mirando desde una tacita de café; el precio de un silencio, la vuelta a casa por arboledas y gatos.

Reverdy, que nadie quería en mi grupo, y Michaux, y el exquisito Supervielle — Me basta recordar el volumen, las grandes letras NRF, y de ahí salta Perse, salta Jouve. Y cuando digo Kra (con el naranja de la tapa) entonces Rimbaud, fulgurante y rabioso, Cendrars y Laforgue —después en los dos tomos amarillos del Mercure, después Laforgue payaso dulcísimo fabricando cosquillas, gimiendo, gato entre las piernas que acaricia, araña suave, se hace un ovillo y entonces te traen el diario y ella se ha muerto, pero de todas maneras mañana la temperatura seguirá en paulatino ascenso.

Definición del misterio: La jaula estaba vacía y con la puerta abierta, y cuando vinieron a mirar había en el fondo una rosa, con el tallo en el cubito de agua, y se veía que acababan de cortarla.

Ciertas caricias, ciertos roces— Colette para decirlos, y también Rosamond Lehmann cuando son más furtivos y distantes. Y los gestos… For such gestures, one falls hopelessly in love for a lifetime… ¿No era así, Rose Macaulay?

Ciertas caricias, la extremidad apenas material de un dedo rozando la nuca, donde vive la especie más dulce de cosquilla.

La vuelta al pago.- La antigüedad griega o la obsesión del retorno. Las grandes tragedias estallan a la vuelta: Odiseo, Agamenón, Edipo.

Quand ce jeune homme revint chez lui Et digue don don, et digue dondaine — Lo bíblico, en vez, es tragedia de ida: Moisés, José — y Jesús, el que se va, el que no cierra con llave al marcharse…

Título: El Examen (PDF)
Autores: Julio Cortázar
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 20 MB
Formato: PDF

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Julio Cortázar - El Examen (PDF) Introduccion del Libro Julio Cortázar - El Examen (PDF) Clara y Juan se acuerdan a veces de Abelito, pero yo me olvido más fácil ahora que lo encuentro tan poco. En cambio me viene a la memoria decir "me viene" está tan bien, porque el tipo abre la puerta y se presenta, otro Abel que vi un par de veces en Mendoza y que me dio miedo. Creo que escribo para tener, del lado hedónico, el miedo exquisito; entonces lo estropeaba una sensación de…

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