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Juan Gómez-Jurado – Cicatriz (PDF)

Juan Gómez-Jurado – Cicatriz (PDF)

Juan Gómez-Jurado - Cicatriz (PDF)

Juan Gómez-Jurado – Cicatriz (PDF)

Introduccion del Libro Juan Gómez-Jurado – Cicatriz (PDF)

Me inclino hacia delante y vomito en la enorme papelera cromada. Mi estómago se contrae como un limón exprimido hasta dejarlo seco. La oleada de sangre en mi cabeza hace que el tiempo se detenga a mi alrededor, y que solo exista este borde frío metálico en el que me apoyo hasta que logro respirar con normalidad.

—¿Estás bien, Simon? —dice Tom.

El contacto de la mano de mi amigo en el hombro es tranquilizador, reconfortante. Al menos hasta que asiento. Entonces me agarra de la camisa y tira de mí hacia atrás, intentando enderezarme. Tengo que apoyarme en la pared para conseguirlo, porque Tom es un palmo más bajo que yo y pesa veinte kilos menos.

—Pues recomponte, por lo que más quieras. Hoy nos los jugamos todo, grandullón —dice, haciendo un gesto a la recepcionista a su espalda.

Trato de meter más aire en los pulmones, absorbiéndolo a bocanadas largas y descompasadas.

—Quizás habría que aplazar la reunión unos días. Depurar unas cuantas variables, darle a LISA un nuevo…

—Dios, te huele el aliento a baño de discoteca —dice Tom, arrugando la nariz—. No, no vamos a retrasar nada, porque este tío no volverá a Chicago hasta el año que viene, y para entonces estaremos en la calle, pidiendo debajo de un puente o algo peor. ¿Sabes lo que me ha costado conseguir esta cita? Vas a entrar ahí, vas a enseñarle esa puñetera maravilla que has diseñado, y vamos a ser ricos.

Tom tiene razón, por supuesto, aunque no quiero reconocerlo.

No reacciono demasiado bien a la presión ni a las interacciones sociales, ni siquiera a estar cerca de otras personas. Me gusta la soledad. Una vez fui a una psicóloga para hablarle de la ansiedad, los sudores fríos, las náuseas y los mareos que sufría en presencia de otros, y ella me dijo que yo solo creía que prefería estar solo porque nunca había dejado de estarlo. Que mi pretendida preferencia por el aislamiento era una racionalización.

Tenía un cuenco repleto de caramelos de mora encima de la mesa, y yo no podía quitar la vista de ellos mientras ella decía aquellas palabras que revolvieron mis esquemas mentales más de lo que me hubiese gustado. En cuanto sacó el tema de mi hermano, me alegré de tener una excusa para levantarme y dejar el tratamiento. Como quedaban diez minutos para que se cumpliese la hora, me llevé un puñado de aquellos caramelos de mora. Tengo la mano enorme, y aún recuerdo la cara de consternación de la psicóloga cuando su nuevo cliente y tres cuartas partes del cuenco de caramelos desaparecieron por la puerta.

No permito que nadie me hable de mi hermano Arthur. Nunca.

Consigo rehacerme, con un último empujón de Tom. Esquivo un rebaño de pufs de colores chillones que invitan a permanecer en pie y me acerco a la recepcionista. Asiática, sonriente, excesivamente maquillada, con el pelo recogido en una coleta tan tensa que duele a la vista, comanda un escritorio fabricado en resina y cristal que avergonzaría al puente de mando de la Enterprise.

—Siento que haya tenido que ver eso.

La chica suelta una risa cómplice.

—No se preocupe. Es el cuarto al que veo vomitar en la papelera, y solo llevo dos semanas en este trabajo.

Me alarga una caja de pañuelos de papel y yo tomo un puñado, agradecido.

—Seguro que nadie le avisó de que tendría espectáculo gratis cuando le dieron el empleo. ¡El desfile de los pedigüeños!

—Sé lo que supone ver al gran jefe para ustedes, cerebritos. Hay algunos que llegan incluso con una camiseta con el logo de nuestra compañía, queriendo congraciarse con él. Esos ya sé que no van a pasar de los tres minutos.

—¿Así que la famosa historia del reloj de arena es cierta?

Ella se encoge de hombros, como si hubiese hablado demasiado.

—Escuche, parece usted un buen tío.

Firmen sus ADC y les acompañaré a una sala de reuniones, así podrá refrescarse un poco.

Me muestra una pantalla táctil con un texto larguísimo lleno de puntos y de cláusulas legales, anexos y parafernalia de abogados. Ni me molesto en fingir que lo leo y estampo mi firma con el dedo índice al final del documento. No sé si he firmado un acuerdo de confidencialidad o he vendido mi alma a Infinity. Para el caso es lo mismo. Con todo lo que saben estos tipos de mí —de cualquiera de nosotros, en realidad— es como si fueran ya mis dueños…

Título: Cicatriz (PDF)
Autores: Juan Gómez-Jurado
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.4 MB
Formato: PDF

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Juan Gómez-Jurado - Cicatriz (PDF) Introduccion del Libro Juan Gómez-Jurado - Cicatriz (PDF) Me inclino hacia delante y vomito en la enorme papelera cromada. Mi estómago se contrae como un limón exprimido hasta dejarlo seco. La oleada de sangre en mi cabeza hace que el tiempo se detenga a mi alrededor, y que solo exista este borde frío metálico en el que me apoyo hasta que logro respirar con normalidad. —¿Estás bien, Simon? —dice Tom. El contacto de la mano de mi amigo en el hombro es tranquilizador, reconfortante. Al menos…

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