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Juan Aparicio Belmonte – Ante Todo Criminal (PDF)

Juan Aparicio Belmonte – Ante Todo Criminal (PDF)

Juan Aparicio Belmonte - Ante Todo Criminal (PDF)

Juan Aparicio Belmonte – Ante Todo Criminal (PDF)

Introduccion del Libro Juan Aparicio Belmonte – Ante Todo Criminal (PDF)

«Si no la hubiera besado, ella aún viviría», le vino esa frase a la cabeza y rompió a llorar. «Es necio pensar eso», trataba de consolarle la mujer rubia, acariciándole más el rostro que la vanidad.

Pero la frase se repetía en el cerebro de nuestro hombre de manera persistente, como el sabor del tabaco negro en el paladar. Sin ese beso, ella aún viviría, y probablemente él no estaría rodeado de alfombras ni vería las vigas de roble cruzando el techo remotísimo de aquel privilegiado ático del centro. Resultaba evidente.

La había conducido a una fiesta salvaje sin ignorar las consecuencias que podía tener para ella una atmósfera como esa. Él había sobrevivido a una pelea no tan divertida en la que cinco personas casi le matan con botellas que estallaron contra el suelo de tarima rayada y las paredes de gotelé afilado, y hasta tuvo que romper unas bragas con los dientes para salir de una asfixia inoportuna.

Y después de sobrevivir, ensangrentado y sonriente, como la víctima de un atentado terrorista que sale ileso de milagro, con más euforia que miedo, había conducido a la pobre mujer a una fiesta aún más despiadada en la sierra, repleta de criminales encubiertos.

—Si no la hubiera besado, ella aún viviría —repitió.

—Que no, que no —insistió la rubia, entre risas—, que eso es una tontería…

—No me vuelvas a contradecir, maldita sea: ella está muerta porque ese beso la convenció de que debía acompañarme.

Estaban borrachos, tirados en el suelo de un ático del centro con vistas al Palacio Real, con peligrosas ganas de montárse lo juntos, y por eso aquella joven se reía de un recuerdo que para él era muy serio. Los nervios y la risa son una pareja tan fatal como inevitable. Pero más que la risa de la rubia, a él le asustaron sus labios y sus pechos visibles bajo la blusa blanca y holgada, con escote, una invitación para que su mano se adentrara en ella sin reparar en las consecuencias. Estaban borrachos, sí, tumbados en una alfombra de lana que desprendía pelusa y contra la que él pegó su boca arenosa. Con ganas de aventura.

Estaban a punto de iniciar una novela negra o erótica, dependía solo de ellos. Fue erótica, al menos en el primer capítulo, y lo hicieron sobre la deshilachada pero cara alfombra nepalí —similar a las que colgaban de las paredes— contra la que él había intentado en vano reprimir su ardor. Lo hicieron, el amor o la cosa, hasta en cuatro ocasiones y a gritos, sin hacer caso de las impertinentes protestas que llegaron, ineficaces como balas de agua, desde el piso de abajo, golpes en el techo y la pared de los vecinos, que él se figuró gordos, pendencieros, borrachos y casi tan cardiacos como él mismo, ensañándose a topetazos con los muros y provocando nubes de cal. Volvió con aquella teoría obsesiva: él tenía una amante ocasional de la que estaba más o menos enamorado —una comisaria de policía, ¿cabe mayor estupidez?—, a la que llevó a una fiesta y luego a otra para celebrar alguna nadería. Fiestas peligrosas, sadomasoquistas o peores.

Al día siguiente supo que ella había fallecido en el incendio que se produjo en la segunda casa, una mansión de la sierra con demasiadas cortinas y demasiados libros, y muchos individuos de aspecto patibulario con ganas de bronca. Acudió al entierro con tal remordimiento que no pudo saludar a los destrozados padres ni a su acusador exmarido (un abogado corrupto al que el juez de vigilancia penitenciaria concedió permiso para asistir al sepelio).

Rememorar todo aquello le hacía sentirse culpable no tanto por el suceso en sí, sino porque estaba tergiversando la tragedia para dar pena y volver a montárselo con aquella rubia tan atractiva. Ella comenzó a roncar y nuestro hombre se incorporó.

Recuperado de la congoja, limpio de pesadumbre tras una ducha de agua templada que le sentó mejor que el medio litro de Coca Cola Zero que cogió de la nevera, abandonó el piso sin despedirse, un poco harto de tanta pared negra, tanta alfombra nepalí y tanta música chill out.

Al llegar abajo pulsó el telefonillo de varios vecinos.

—¿Quién? —respondió uno.

—Tu padre, imbécil, tu padre…

Título: Ante Todo Criminal (PDF)
Autores: Juan Aparicio Belmonte
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 107 KB
Formato: PDF

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Juan Aparicio Belmonte - Ante Todo Criminal (PDF) Introduccion del Libro Juan Aparicio Belmonte - Ante Todo Criminal (PDF) «Si no la hubiera besado, ella aún viviría», le vino esa frase a la cabeza y rompió a llorar. «Es necio pensar eso», trataba de consolarle la mujer rubia, acariciándole más el rostro que la vanidad. Pero la frase se repetía en el cerebro de nuestro hombre de manera persistente, como el sabor del tabaco negro en el paladar. Sin ese beso, ella aún viviría, y probablemente él no…

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