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Josephine Angelini – Diosa (PDF)

Josephine Angelini – Diosa (PDF)

Josephine Angelini - Diosa (PDF)

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 Introduccion del Libro Josephine Angelini – Diosa (PDF)

Después de que Helena liberara accidentalmente a los dioses cautivos en el Olimpo, tiene que encontrar la manera de devolverlos a su cautiverio sin que ello suponga comenzar una guerra devastadora.

Pero los dioses están enfadados y su sed de sangre ya ha empezado a causar las primeras víctimas. Para empeorar las cosas, el Oráculo revela que un tirano diabólico se oculta entre ellos, lo que abre una brecha en el sólido grupo de amigos. Mientras los Dioses utilizan a los vástagos como armas para enfrentarse entre ellos, la vida de Lucas pende de un hilo y Helena — que aún no está completamente segura de si le ama o no— debe tomar una decisión, porque la guerra está a punto de llegar a las orillas de la isla.

Prólogo

Helena alcanzaba a ver un río a su izquierda e intuía que se trataba del Estigia. Era un torrente de agua que arrastraba varios icebergs.

Ninguna persona en su sano juicio osaría atravesar aquellas aguas a nado. Se sentía encallada en aquel lugar, pero, aun así, consiguió dar
media vuelta cojeando. Un rápido vistazo al horizonte sirvió para cerciorarse de que no había nadie más en aquella llanura estéril.

—Maldita sea —renegó entre dientes y con la voz entrecortada. Todavía no había recuperado toda la movilidad en las cuerdas vocales. Hacía menos de una hora, Ares había intentado degollarla y, aunque todavía le dolía cuando hablaba, soltar alguna que otra maldición le hacía sentirse algo mejor—. Qué típico.

Le había hecho una promesa a su amigo Zach. Mientras moría entre sus brazos, Helena le había asegurado que bebería de las aguas del río de la Alegría en el más allá. El joven había sacrificado su vida para ayudarla y, justo antes de su último aliento, le había dado la clave para matar a Automedón, y salvar así a Lucas y a Orión.

Estaba decidida a cumplir su promesa, aunque tuviera que cargar con Zach hasta los Campos Elíseos y llevarle a la orilla del río de la Alegría ella misma, con varias costillas rotas y arrastrando una pierna. Por algún motivo, la forma en que solía navegar por el Submundo no estaba funcionando. Hasta la fecha, lo único que debía hacer era decir en voz alta lo que quería y, por arte de magia, ocurría.

Era la Descendiente, lo que significaba que pertenecía a un grupo muy reducido de vástagos capaces de descender al Infierno en cuerpo y alma.

Incluso, hasta cierto punto, podía controlar el paisaje. Pero, tal y como era de esperar, cuando más necesitaba ese talento, se evaporaba. Era algo muy propio de los griegos. De hecho, uno de los aspectos que más molestaba a Helena de ser un vástago era la cantidad de ironía que había en su vida.

Apretó los labios amoratados en un gesto de frustración y, con la voz ronca y rasgada, gritó dirigiéndose al cielo:

—¡He dicho que quiero aparecer junto al espíritu de Zach!

—Tengo su alma, sobrina.

Al girarse, se encontró con Hades, el Señor de las Tinieblas, unos metros detrás de ella. Estaba envuelto de multitud de sombras que se retorcían como hilos de niebla. El Yelmo de la Oscuridad y la gigantesca capucha ensombrecían la mayor parte de su rostro, pero la joven pudo entrever la boca y una barbilla cuadrada. A primera vista, parecía que se había puesto la toga negra deprisa y corriendo, como si hubiera decidido vestirse en el último momento. Su torso suave y fuerte estaba al descubierto, al igual que los brazos y las piernas. Helena tragó saliva y, con los ojos hinchados por los golpes de Ares, trató de enfocar la visión.

—Siéntate, por favor. Antes de que te caigas —invitó en voz baja. De forma repentina, aparecieron dos sencillas sillas plegables. Ella se acomodó con sumo cuidado sobre una mientras Hades se sentaba sobre la otra—. Sigues lastimada. ¿Por qué has venido hasta aquí cuando deberías estar descansando para sanar tus heridas?

—Tengo que guiar a mi amigo hacia el Paraíso, donde debe estar.

Su voz temblaba por el miedo, aunque, a decir verdad, Hades jamás le había hecho daño. A diferencia de Ares, el dios que la había torturado horas antes, Hades siempre se había mostrado amable y bondadoso. Sin embargo, seguía siendo el Señor de los Muertos, y las sombras de su alrededor musitaban los susurros de los fantasmas.

—¿Qué te hace estar tan segura de dónde debe estar el alma de Zach? — preguntó.

—Fue un héroe… Quizá no al principio, cuando se comportaba como un cretino, pero en los últimos momentos de su vida sí, y esa es la parte que más cuenta, ¿verdad? Y los héroes van a los Campos Elíseos.

—No pongo en duda el valor de Zach —puntualizó el dios, con cariño—. Te lo preguntaré de otra forma: ¿por qué crees que eres tú quien debe juzgar su alma?

—Yo…, ¿eh? —espetó ella, bastante confundida. Había recibido demasiados golpes en la cabeza la noche anterior y una lección de semántica era lo último que necesitaba—. Mira, no he venido aquí a juzgar a nadie. Hice una promesa, y lo único que deseo es cumplirla.

—Sin embargo, soy yo quien toma las decisiones aquí abajo. No tú…

Título: Diosa (PDF)
Autores: Josephine Angelini
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.9 MB
Formato:PDF

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Josephine Angelini - Diosa (PDF)  Introduccion del Libro Josephine Angelini - Diosa (PDF) Después de que Helena liberara accidentalmente a los dioses cautivos en el Olimpo, tiene que encontrar la manera de devolverlos a su cautiverio sin que ello suponga comenzar una guerra devastadora. Pero los dioses están enfadados y su sed de sangre ya ha empezado a causar las primeras víctimas. Para empeorar las cosas, el Oráculo revela que un tirano diabólico se oculta entre ellos, lo que abre una brecha en el sólido grupo de amigos. Mientras los Dioses…

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