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José Pablo Feinmann – Siempre nos quedará París (PDF-EPUB)

José Pablo Feinmann – Siempre nos quedará París (PDF-EPUB)

José Pablo Feinmann - Siempre nos quedará París (PDF-EPUB)

José Pablo Feinmann – Siempre nos quedará París (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro José Pablo Feinmann – Siempre nos quedará París (PDF-EPUB)

Cierto tiempo atrás abrí distraídamente el libro de un célebre filósofo francés que trataba sobre el esquivo arte del cine. No pude evitar una carcajada que sonó escandalosa en medio de una librería exquisita y algo secreta. El señor iniciaba su ensayo remitiendo a un más que hermético texto (breve) de Heidegger que se titula La época de la imagen del mundo. Conozco ese texto desde mis años de estudiante de filosofía y jamás se me había ocurrido relacionarlo con el cine. Me habría parecido una injuria. Una injuria al cine, no a Heidegger. Pero un filósofo francés tiene que cuidar su negocio. Si hay un texto de Heidegger que lleva en su título la palabra imagen ahí va él a sacarle el jugo y a exhibirse como un auténtico filósofo que se acerca al cine desde el pensar del maestro de Alemania.

Sí, se pueden establecer algunos juegos entre lo que Heidegger propone en ese texto (la muerte del sujeto y la muerte de la antropología; es decir, del hombre) con el cine. Sin embargo, el cine está en otro lado. Porque es un arte que —desde que se lanzó a narrar historias: algo que hizo antes que nadie la industria de Hollywood— requiere la presencia de sujetos y de hombres que protagonicen relatos. Por si fuera poco, el cine es un arte de entretenimiento. Es un show. Y Heidegger era un alemán campesino, pesado, que escribió un gran libro (Ser y tiempo) y luego, en su segunda etapa, adhirió al nacionalsocialismo.

El filósofo que mencioné es Gilles Deleuze y tengo otras diferencias con él, pero aquí importa esto: empezar un libro de cine con un ensayo de Heidegger porque habla de «la imagen del mundo» refiriéndose a algo que no tiene nada que ver con el cine sino con la muerte de sus excepcionales protagonistas, los sujetos, los seres humanos, los hombres ocupando la centralidad del relato (algo que, insisto, Heidegger viene a destruir en ese texto) es una jugarreta de un tipo que quiere exhibir que se trata de un filósofo el que ahora se ocupa del pobre cine.

Bueno, yo soy un filósofo y soy un cinéfilo apasionado. Y del cine me gustan muchas cosas. Pero siempre sigo unido a su magia por los deslumbramientos lejanos pero vivos, aún ardientes, de mi infancia. Eso no me ha impedido nunca tomarlo como base de muchas reflexiones acerca de la condición humana. Hay películas que valen por diez libros de filosofía. Incluso imágenes. A veces, una sola imagen.

Por ejemplo, cuando Jules y Jim, luego de largo tiempo sin verse, suben una escalera y recién entonces se miran a los ojos, y Truffaut congela esa imagen un instante apenas para decirnos: «Este momento es eterno, son dos conciencias que se dan mutuo reconocimiento, casi está fuera del tiempo». O cuando Fred Zinnemann eleva su cámara y vemos que Gary Cooper se ha quedado solo en medio del pueblo, desamparado, tal como está el hombre en la Tierra. O cuando la valija llena de billetes de Johnny Clay cae del carrito que lleva los equipajes y todo ese dinero que lo iba a salvar de su destino desdichado vuela por los aires. O cuando Bogart le da sus veinticinco mil dólares a Toro Moreno porque la mafia del box tanto lo había explotado y estafado que hasta le reclamaba ocho dólares. Y mil escenas más. El cine es emoción. Es maravilla. Es, como dijo Hitchcock, «la vida sin las partes aburridas».

En suma, hay dos posibilidades en este arte sumatorio (música, vestuario, actuación, cámara, luz, escenografía, edición, etcétera): 1) El cine es la vida sin las partes aburridas; 2) El cine son las partes aburridas sin la vida.

Este libro propone una mirada reflexiva sobre las historias que cada película entrega. De aquí que lleve por subtítulo El cine y la condición humana. Pero no es un libro de filosofía. Es un libro sobre el amor al cine. A partir de ese amor vendrá lo demás, pero sin él nada habría sido posible. Y amar el cine es amar sus relatos, sus personajes, sus escenografías, sus buenos y hasta sus malos actores, y sus grandes directores.

Este libro surgió de un programa televisivo que hicimos con Ricardo Cohen y su formidable equipo de colaboradores. Sin la producción de Ricardo y sin el trato exquisito, cálido, que todos tuvieron conmigo yo no habría podido decir todo lo que dije en cada grabación. Porque lo que decía brotaba en el momento en base a escenas que yo había sugerido y que María Julia Bertotto había recortado con precisión quirúrgica, fruto de la obsesión con que ella, como pocos, asume su relación con el arte. Luego vino la etapa de la desgrabación y una primera lectura literaria, brillante y cuidadosa, que hizo Germán Ferrari. Y luego me junté con todo el material y lo trabajé largamente. El estilo debía ser esencial. Aunque me permití dejar algunos tonos coloquiales para que todo fluyera con la espontaneidad de los momentos felices. Porque, creo, este libro debiera ser para el lector un largo momento feliz.

Como lo fueron para mí todas las etapas de su realización.

El cierre del libro es un cuento sobre Psicosis, el gran film de Hitchcock. Y entonces el grito de Janet Leigh —por primera vez— entra en relación con el gran arte del siglo XX y con la gran filosofía. En arte, con la obra maestra de Edvard Munch, El grito. En filosofía, con el Angelus Novus, ese cuadro de Klee en el que Walter Benjamin leyó el horror con que el ángel de la historia miraba hacia el pasado:

«Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y éste deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado.

Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única, que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies». Pero Janet no grita por haber mirado hacia el pasado, sino porque miró hacia el futuro. Hacia el inminente futuro. ¿Qué ve Janet? ¿Qué ve la desdichada Marion Crane? Ve a su asesino y ve el gran cuchillo que habrá de despedazar su cuerpo. Ve la imagen feroz y final de la Muerte. Y ve algo más.

Hoy, el grito de Janet es el grito de nuestro tiempo apocalíptico. Cuya imagen ya no es la de un mero cuchillo, sino la del Gran Tsunami, que, en el corazón de su vorágine, trae dos palabras: The End. Sin embargo, no podrá borrarlo todo. No es casual que este libro tenga el título que tiene. Porque tsunami o no, apocalipsis o no, siempre nos quedará París. Es una de las frases más hermosas jamás dichas en el cine y en la vida. Se la dice Bogart a Bergman en Casablanca, en el momento en que, saben, se separan para siempre.

Siempre nos quedará ese lugar donde fuimos intensamente felices, donde conocimos la plenitud, donde reímos, donde lloramos, donde sentimos la caricia de lo absoluto, donde nos creímos eternos y lo fuimos, porque ahí —en ese exacto y único lugar que jamás perderemos, que siempre será nuestro— nos enamoramos con un amor tan extremo, tan loco, que sólo podía durar para siempre, ni un día menos que la eternidad. Ese lugar es el cine. Porque es así, así de simple, así de complejo: pase lo que pase, y aun si lo que pasa es lo peor, siempre nos quedará el cine.

Título: Siempre nos quedará París (PDF-EPUB)
Autores: José Pablo Feinmann
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.5 MB
Formato: PDF-EPUB

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José Pablo Feinmann - Siempre nos quedará París (PDF-EPUB) Introduccion del Libro José Pablo Feinmann - Siempre nos quedará París (PDF-EPUB) Cierto tiempo atrás abrí distraídamente el libro de un célebre filósofo francés que trataba sobre el esquivo arte del cine. No pude evitar una carcajada que sonó escandalosa en medio de una librería exquisita y algo secreta. El señor iniciaba su ensayo remitiendo a un más que hermético texto (breve) de Heidegger que se titula La época de la imagen del mundo. Conozco ese texto desde…

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