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José Maria Eça de Queirós – Estampas egipcias (PDF-EPUB)

José Maria Eça de Queirós – Estampas egipcias (PDF-EPUB)

José Maria Eça de Queirós - Estampas egipcias (PDF-EPUB)

José Maria Eça de Queirós – Estampas egipcias (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro José Maria Eça de Queirós – Estampas egipcias (PDF-EPUB)

Por la mañana avistamos una tierra baja, casi al nivel del mar. Era Egipto.

Nos acercamos a la terrible embocadura con su muralla de rocas cubiertas de espuma. Al fondo se veía una línea de arena de color miel, como el de los leones: era el desierto. Junto al agua se alzaba una ciudad de grandes edificios blancos y, a lo lejos, en un saliente de tierra, se recortaba la silueta de unas palmeras. Era por fin Alejandría.

Tardamos en anclar. En la distancia se erguía la columna de Pompeyo.

Junto al paquebote, barcas árabes tripuladas por figuras negras, ágiles, relucientes, de turbantes coloridos sobre caras famélicas y rostros enjutos corrían velozmente, inclinadas por el viento. Aquellos hombres hablaban una lengua gutural, áspera, arrastrada, de la que no era posible comprender ni siquiera la intención de las frases. Había velas rayadas de amarillo y el sol golpeaba los grandes edificios blancos de Alejandría.

Saltamos a una barca. Los árabes remaban con estruendo y hablaban con violencia, en una agitación perpetua. Al pasar junto a uno de los grandes navíos del pachá se izó la bandera roja con la media luna blanca; en la cubierta se distinguían figuras oscuras con pantalones largos rojos y el tarbuch escarlata en la cabeza.

Corríamos por el agua azul de la bahía; se veían palacios, un edificio con una cúpula redonda, un minarete. El enorme palacio del pachá, de gusto italiano, asentaba su masa monótona sobre la arena, a lo lejos. Un cielo inmóvil, infinito, profundo, dejaba caer una luz magnífica.

Yo, mientras tanto, iba pensando en que me disponía a pisar el suelo de Alejandría. ¡Surcábamos las mismas aguas en las que otrora habían fondeado las galeras con velas de color púrpura que regresaban de Accio! Alejandría, vieja ciudad griega, vieja ciudad bizantina, ¿dónde estás? ¿Dónde están tus cuatro mil baños públicos, tus cuatro mil circos y tus cuatro mil jardines? ¿Dónde están tus diez mil mercaderes y los doce mil judíos que pagaban tributo al santo califa Omar? ¿Dónde están tus bibliotecas, tus palacios egipcios y el jardín maravilloso de Ceres, oh ciudad de Cleopatra, la más hermosa de las lágidas?

Estabas ante mí: ¡y lo que yo veía eran vastas construcciones negras y desmoronadas hechas con el barro del Nilo, un lugar enfangado e inmundo, lleno de escombros, una acumulación de edificaciones miserables e inexpresivas!

En el muelle, una muchedumbre de árabes gritaba, empujaba, gruñía. Un camello cargado avanzaba solemnemente. Viejos barcos chocaban entre sí mientras se mecían sobre el agua junto a un muelle de piedra pulido por las mareas, ¡y aquellas piedras cubrían el suelo venerable, casi mitológico, que pisara Homero!

Allí estaba la isla de Faros. Los ptolomeos unieron la isla a tierra firme mediante un camino de piedra: un istmo poblado de casas. Lo que no era más que un camino se ha ido ensanchando y hoy sobre él se asienta Alejandría de modo tan fuerte y seguro Por la mañana avistamos una tierra baja, casi al nivel del mar. Era Egipto.

Nos acercamos a la terrible embocadura con su muralla de rocas cubiertas de espuma. Al fondo se veía una línea de arena de color miel, como el de los leones: era el desierto. Junto al agua se alzaba una ciudad de grandes edificios blancos y, a lo lejos, en un saliente de tierra, se recortaba la silueta de unas palmeras. Era por fin Alejandría.

Tardamos en anclar. En la distancia se erguía la columna de Pompeyo.

Junto al paquebote, barcas árabes tripuladas por figuras negras, ágiles, relucientes, de turbantes coloridos sobre caras famélicas y rostros enjutos corrían velozmente, inclinadas por el viento. Aquellos hombres hablaban una lengua gutural, áspera, arrastrada, de la que no era posible comprender ni siquiera la intención de las frases. Había velas rayadas de amarillo y el sol golpeaba los grandes edificios blancos de Alejandría.

Saltamos a una barca. Los árabes remaban con estruendo y hablaban con violencia, en una agitación perpetua. Al pasar junto a uno de los grandes navíos del pachá se izó la bandera roja con la media luna blanca; en la cubierta se distinguían figuras oscuras con pantalones largos rojos y el tarbuch escarlata en la cabeza.

Corríamos por el agua azul de la bahía; se veían palacios, un edificio con una cúpula redonda, un minarete. El enorme palacio del pachá, de gusto italiano, asentaba su masa monótona sobre la arena, a lo lejos. Un cielo inmóvil, infinito, profundo, dejaba caer una luz magnífica.

Yo, mientras tanto, iba pensando en que me disponía a pisar el suelo de Alejandría. ¡Surcábamos las mismas aguas en las que otrora habían fondeado las galeras con velas de color púrpura que regresaban de Accio! Alejandría, vieja ciudad griega, vieja ciudad bizantina, ¿dónde estás? ¿Dónde están tus cuatro mil baños públicos, tus cuatro mil circos y tus cuatro mil jardines? ¿Dónde están tus diez mil mercaderes y los doce mil judíos que pagaban tributo al santo califa Omar? ¿Dónde están tus bibliotecas, tus palacios egipcios y el jardín maravilloso de Ceres, oh ciudad de Cleopatra, la más hermosa de las lágidas?

Estabas ante mí: ¡y lo que yo veía eran vastas construcciones negras y desmoronadas hechas con el barro del Nilo, un lugar enfangado e inmundo, lleno de escombros, una acumulación de edificaciones miserables e inexpresivas!

En el muelle, una muchedumbre de árabes gritaba, empujaba, gruñía. Un camello cargado avanzaba solemnemente. Viejos barcos chocaban entre sí mientras se mecían sobre el agua junto a un muelle de piedra pulido por las mareas, ¡y aquellas piedras cubrían el suelo venerable, casi mitológico, que pisara Homero!

Título: Estampas egipcias (PDF-EPUB)
Autores: José Maria Eça de Queirós
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.0 MB
Formato: PDF-EPUB

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José Maria Eça de Queirós - Estampas egipcias (PDF-EPUB) Introduccion del Libro José Maria Eça de Queirós - Estampas egipcias (PDF-EPUB) Por la mañana avistamos una tierra baja, casi al nivel del mar. Era Egipto. Nos acercamos a la terrible embocadura con su muralla de rocas cubiertas de espuma. Al fondo se veía una línea de arena de color miel, como el de los leones: era el desierto. Junto al agua se alzaba una ciudad de grandes edificios blancos y, a lo lejos, en un saliente de…

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