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José Carlos Somoza – Tetrammeron (PDF-EPUB)

José Carlos Somoza – Tetrammeron (PDF-EPUB)

José Carlos Somoza - Tetrammeron (PDF-EPUB)

José Carlos Somoza – Tetrammeron (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro José Carlos Somoza – Tetrammeron (PDF-EPUB)

Hay mucho alboroto en el autocar. Tras una hora de viaje, las chaquetas de los uniformes yacen dobladas en las redes portaequipajes, y sus propietarias han cambiado de asiento y forman pequeños grupos. Por el pasillo central se ven rodillas, piernas cruzadas, torsos que se inclinan hacia otros. Reinan los artilugios: Lidia deja que Viviana escuche un mensaje de su móvil; Greta ha abierto una pequeña consola;

Alicia y Laura comparten auriculares. Sor Esther no se mueve. Se sienta cerca del conductor, como dormida; apenas puede verse su brazo izquierdo cubierto por la manga del hábito.

Pero nada de cuanto la rodea importa mucho a Soledad, porque ahora sabe que se ha convertido en un fantasma.

Tiene que ser así, pues nadie parece darse cuenta de su presencia.

También ella cambia de asiento y se traslada a la última fila, porque odia el pasillo central. Para ello pasa por encima de los muslos de Yael, que están colocados uno sobre el otro y muestran la piel oscura brillante en su parte más mollar, bajo el borde de la falda. Yael no los retira, sino que sigue hablando con Magali, al otro lado del pasillo, y Soledad ni se molesta en pedirle permiso. Alza una pierna, luego la otra.

Algunas rastas de Yael quedan como imantadas a su falda, pero Yael no se inmuta.

Soledad ocupa el asiento contiguo al último de la última fila en el lado derecho, donde Eider se agazapa leyendo un libro.

—Hola —dice Soledad, para hacer una prueba.

A Eider le abulta la frente y usa gafas gruesas, lo que podría explicar por qué la apodan «La Hormiga». Su mochila se aplasta contra la ventanilla y sobre sus piernas reposa una bolsa de frutas que parecen duraznos. Del libro solo se ve el título:

Cuentos completos, el resto oculto por sus dedos. A Soledad le gustaría leerlos, todos los cuentos le encantan. Es como si Eider despertara de un trance cuando Soledad la saluda.

—¿Qué? —dice.

—Nada. Es que pensé que nadie podía verme.

Esto último lo dice más para sí que para Eider, que de todas formas no le hace caso y sigue concentrada en la lectura. Soledad vuelve a pensar que se ha convertido en fantasma, y la idea le hace tanta gracia que se ríe en voz alta. Se pregunta en qué instante de la excursión pudo acontecer tal prodigio, pero es más fácil saber cuándo los demás comienzan a mirarte que cuándo dejan de hacerlo.

El autocar gime al tomar una comarcal. Varias cabezas se alzan aprovechando la curva, y Soledad las imita. El poste indicador, que semeja saltar huyendo de ella al ritmo del camino pedregoso, dice «Ermita de San…» en un color y con unas letras que proclaman su interés turístico.

—Creo que hemos llegado —comenta Soledad, sin que Eider le responda.

La ermita es grande, mucho más de lo que ella esperaba, pero también ruinosa, y se alza sobre un monte de verdor puro que el sol ilumina de costado. Algunas paredes se han venido abajo y otras carecen de techo. Dos ventanas redondas miran a las niñas como cuencas de cráneo y una gran puerta ojival se abre en el centro.

Surge un silencio sorprendente, casi ensayado, cuando el motor se apaga. Se oyen estridores lejanos, como de pájaros exóticos. Viene el trasiego de chaquetas y mochilas, y sor Esther se pone en pie y ordena que formen una fila, porque quiere contarlas. Las excursionistas van saliendo tras ser señaladas por el dedo delgado y blanco.

—Una… Dos… Tres…

Soledad, adrede, se pone la última, detrás de Eider. Y mientras la fila avanza se le seca la boca con un pensamiento. «No me verá, no me va a contar.» Está extrañamente segura de que, cuando llegue su turno, sor Esther la mirará traspasándola sin que sus pupilas se desplacen para seguirla. Tal idea, de repente, le resulta angustiosa. «No me contará. Soy invisible.» Blanco, redondo e intemporal como la luna, el semblante de sor Esther va llenando su campo visual conforme las últimas compañeras se acercan. Sor Esther tiene el pelo bajo la toca dividido por una raya central que Soledad prolonga imaginariamente por todo su rostro hasta el mentón, hendiéndolo así en dos mitades que casi siempre son simétricas, como si la raya fuese un espejo.

—Treinta y cinco… —Se detiene y señala a Eider—. Treinta y seis…

Soledad aguanta la respiración mientras sor Esther dirige los ojos hacia ella.

—…y treinta y siete.

Y no sabe si alegrarse o entristecerse al comprobar que, después de todo, no es un fantasma. Pasa por delante del conductor, que es un hombre ya mayor, de por lo menos treinta y tantos, y nota su mirada fija en ella. ¡Desde luego que no ha desaparecido! Pero algo en esa mirada la hace sentirse incómoda y se apresura a salir al frío exterior, uniéndose a sus compañeras en lo alto del monte.

Título: Tetrammeron (PDF-EPUB)
Autores: José Carlos Somoza
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.5 MB
Formato: PDF-EPUB

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José Carlos Somoza - Tetrammeron (PDF-EPUB) Introduccion del Libro José Carlos Somoza - Tetrammeron (PDF-EPUB) Hay mucho alboroto en el autocar. Tras una hora de viaje, las chaquetas de los uniformes yacen dobladas en las redes portaequipajes, y sus propietarias han cambiado de asiento y forman pequeños grupos. Por el pasillo central se ven rodillas, piernas cruzadas, torsos que se inclinan hacia otros. Reinan los artilugios: Lidia deja que Viviana escuche un mensaje de su móvil; Greta ha abierto una pequeña consola; Alicia y Laura comparten auriculares. Sor Esther no…

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