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John Brunner – Las casillas de la ciudad (PDF-EPUB)

John Brunner – Las casillas de la ciudad (PDF-EPUB)

John Brunner - Las casillas de la ciudad (PDF-EPUB)

John Brunner – Las casillas de la ciudad (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro John Brunner – Las casillas de la ciudad (PDF-EPUB)

Durante el vuelo desde Florida hablé con mi compañero de asiento o, para ser más exacto, él habló conmigo. Era un judío nacido en Europa, adentrado en la cincuentena, cuya familia había huido de la invasión nazi a principios de la segunda guerra mundial, pero aunque estaba muy orgulloso de hablar con acento europeo, cosa que repitió como mínimo una docena de veces («¡Se habrá fijado en mi acento, por supuesto!»), no conseguí precisar su lugar de origen exacto.

Llevaba cuatro años fuera de «casa», y daba la impresión de que había pasado mucho más tiempo en Estados Unidos que en Aguazul, pero era indudable el fervor que profesaba a su patria de adopción. Insistía en dirigirse a la azafata en un español espantoso, peor aún que el mío, aunque las azafatas de esta ruta hablan inglés, español y portugués con idéntica fluidez. Cuando el avión comenzó a volar en círculos para aterrizar, casi trepó a mi regazo en un esfuerzo por señalarme lugares interesantes de Vados.

Por fin, la azafata le ordenó con severidad, en inglés, que se abrochara el cinturón de seguridad. Creo que, si se calmó y sentó, fue debido más a que le hablaran en un idioma «extranjero» que a la orden en sí. Después, conseguí cerrar mi mente, ya que no mis oídos, a sus floridas descripciones.

Me callé (pues habría sido una grosería) que, si bien no había pisado jamás Vados, estaba casi seguro de que conocía la ciudad mejor que él, mucho mejor que cualquiera de los habitantes que no hubieran pateado las calles durante una semana, explorando y observando. Yo sabía que unos diez años atrás se había decretado que nacería una nueva capital sobre una extensión de tierra yerma y rocosa; que habían construido carreteras, encerrado torrentes montañosos en conductos de hormigón y alojado generadores eléctricos solares en las colinas circundantes, primero a lomos de mulas y después mediante helicópteros, para acceder a aquellos lugares inaccesibles incluso a las mulas. Ahora, era una floreciente ciudad de medio millón de habitantes.

También había estudiado la estructura básica de la ciudad, desarrollada orgánicamente a partir de tres gigantescas arterias: superautopistas de seis carriles, con arcenes de tres metros, desde Astoria Negra y Puerto Joaquín en la costa, y Cuatrovientos, el centro petrolífero en el cual se basaba la riqueza de Aguazul y, por tanto, de la ciudad.

Mientras contemplaba la ciudad real y el avión se dirigía hacia el aeropuerto excavado en la falda de la montaña, noté la excitación de mi compañero de asiento. Pues supongo que yo nunca había visto nada tan característico del siglo veinte.

—Hace diez años —me dije—, esto era un páramo. Maleza. Roca. Y fíjate ahora.

Un estremecimiento de asombro admirado recorrió mi espina dorsal. Debí de reflejar lo que sentía en mi expresión, porque mi compañero rió por lo bajo.

—Magnífico, ¿no? —dijo, con una sonrisa de satisfacción, como si él en persona fuera responsable de las gráciles torres, espléndidas avenidas y parques rebosantes de flores.

Su aspecto era, en verdad, magnífico, pero… si la realidad corriera pareja con la apariencia, yo no estaría aquí. Dudé si explicarme o no, y al final callé.

Cuando nos despedimos en el pasillo de la aduana de la terminal aérea, mi acompañante temporal insistió en estrecharme la mano y darme su tarjeta. El apellido impreso era Flores, con una dirección en Madison Avenue y otra en Vados.

Flores. ¿Blume?, me pregunté. ¿Rosenblume Tal vez. Los años habían suavizado su tan cacareado acento europeo hasta dotarlo de una pátina cosmopolita, carente de rasgos distintivos.

Se debatía entre el deseo de continuar alabando a su país de adopción y el anhelo de sumarse a la cola que formaban los autóctonos ante la aduana, haciendo valer sus derechos nacionales. Triunfó este último. Sin embargo, antes de separarnos, su mano señaló una foto colocada (de manera visible, pero con discreción) detrás de los aduaneros.

—¡He ahí un gran hombre! —dijo con vehemencia—. El hombre del que Vados recibió su nombre, por supuesto. ¡El Presidente!

 

Título: Las casillas de la ciudad (PDF-EPUB)
Autores: John Brunner
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.8 MB
Formato: PDF-EPUB

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John Brunner - Las casillas de la ciudad (PDF-EPUB) Introduccion del Libro John Brunner - Las casillas de la ciudad (PDF-EPUB) Durante el vuelo desde Florida hablé con mi compañero de asiento o, para ser más exacto, él habló conmigo. Era un judío nacido en Europa, adentrado en la cincuentena, cuya familia había huido de la invasión nazi a principios de la segunda guerra mundial, pero aunque estaba muy orgulloso de hablar con acento europeo, cosa que repitió como mínimo una docena de veces («¡Se habrá fijado…

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