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Jean Plaidy – La princesa viuda (PDF-EPUB)

Jean Plaidy – La princesa viuda (PDF-EPUB)

Jean Plaidy - La princesa viuda (PDF-EPUB)

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Introduccion del Libro Jean Plaidy – La princesa viuda (PDF-EPUB)

Las paredes grises de las torres brillaban como diamantes por el reflejo del sol.

Arreciaba el calor y los cortesanos sudaban debajo de los petos, mientras permanecían atentos a la lucha que entablaban cuatro mastines ingleses contra el león más hermoso y feroz de su majestad. Los perros, robustos, peleaban con tenacidad ante la fiera que nunca había sido vencida. El león, alentado por los espectadores, rugía atronadoramente, con desprecio.

—¡Vamos Rex, acaba con ellos! —gritó con voz aguda y excitada un niño en la tribuna. Su pelo rubio destellaba con reflejos rojizos. La vitalidad y la alegría del joven príncipe Enrique tenía algo de contagioso. A su lado, una niña un poco mayor, le tocaba el brazo intentando sosegarlo, pero el príncipe no prestaba atención. Dudoso y enfervorizado a la vez, Enrique deseaba más que nada que Rex venciera a los mastines. Para eso había sido llamado el mejor león del mundo.

El rey, erguido en su trono, no se perdía detalle de la pelea. Sus ropas humildes se destacaban entre los trajes más ostentosos de los súbditos. El monarca no gastaba dinero en su apariencia, pues el dinero, desde su punto de vista, solo servía para conseguir más dinero. Así lo había hecho desde la Batalla de Bosworth con excelentes resultados, gracias sobre todo a la labor impecable de Richard Empson y Edmund Dudley, sus dos eficientes ministros, sentados ahora a su vera.

Enrique VII observó orgulloso el hermoso semblante de Isabel de York. La reina era una buena esposa, aunque nunca se lo demostraría cabalmente. Al fin y al cabo, había ilegítimos entre los antepasados del monarca. ¿Y si alguien pusiera en duda su derecho al trono? Correspondía ser cauto, cuidadoso, poco demostrativo: el rey no permitía que los sentimientos pusieran freno a su ambición. Fue en virtud de sus ansias de poder que olvidó el amor por otras mujeres, por caso Maud Herbert y Catalina Lee, la dama en la que dejó de pensar cuando sus tropas vencieron a Ricardo III y entendió que una y solo una era la mujer indicada para él. Cuando Enrique se casó con Isabel, también se unieron las casas de York y de Lancaster: la paz para Inglaterra quedaba así garantizada.

Sí, Enrique VII se sentía un hombre de suerte. La reina había perdido solo dos de los seis hijos que ambos habían concebido. Con sus ropas humildes y su figura erguida, contempló ufano a su familia: dos varones, dos mujeres, la hermosa reina…

—Bastante bien, bastante bien —se dijo.

Claro que Arturo, el mayor, era un niño enfermo. Tosía constantemente y escupía sangre. La piel blanca y rosada del príncipe de Gales no eran síntoma de buena salud, pero vivía; a su manera era un muchacho atractivo, de carácter afable y no envidiaba a su hermano Enrique, un encantador niño de diez años que decía siempre la palabra justa y mostraba usualmente un semblante fresco, como recién levantado, aunque viniera de dar una larga cabalgata.

Enrique era el orgullo de su padre y el preferido de la plebe, que le sonreía generosamente a su paso. También era el objeto de los desvelos de la princesa Margarita, quien con sus maduros doce años no le perdía pisada, hecho que no le molestaba al príncipe, tan grande era el afecto que lo unía a su hermana mayor.

La más pequeña era María, una niña encantadora de cinco años, caprichosa, bonita y consentida por demás.

Sí, el rey se sentía afortunado. De los cuatro hijos que le dio Isabel solo uno mostraba problemas de salud. Su esposa había hecho muy bien su tarea.

Como si pudiera leer sus pensamientos, la reina lo miró sonriente y disipó el súbito resentimiento que sintió crecer dentro de ella. Al rey solo le importaba agrandar el trono y no quería a su esposa por el talento o la belleza que ella pudiera poseer, sino por ser la hija de Eduardo IV, la mujer que, además, le dio cuatro hijos.

En la arena, la lucha entre las bestias era encarnizada. La tensión entre los espectadores alcanzó su punto máximo cuando Rex cayó de espaldas y sobre él los perros, desgarrándole las carnes con sus mandíbulas llenas de sangre.

Fue cuando el príncipe Enrique se puso de pie y comenzó a gritar.

—¡Han vencido a Rex! —bramó.

El león permanecía inerte, los perros embravecidos le clavaban sus fauces, la multitud, fuera de sí, comenzó a vociferar.

—Nunca pensé que pudieran vencerlo —le dijo Isabel de York a su marido.

El rey no respondió y se limitó a dar una orden al cuidador de los perros.

—Llevátelos y saca al león de la arena, luego regresa —dijo Enrique VII.

Los niños, excitados, seguían con la vista fija en los animales.

 

Título: La princesa viuda (PDF-EPUB)
Autores: Jean Plaidy
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 3.6 MB
Formato: PDF-EPUB

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Jean Plaidy - La princesa viuda (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Jean Plaidy - La princesa viuda (PDF-EPUB) Las paredes grises de las torres brillaban como diamantes por el reflejo del sol. Arreciaba el calor y los cortesanos sudaban debajo de los petos, mientras permanecían atentos a la lucha que entablaban cuatro mastines ingleses contra el león más hermoso y feroz de su majestad. Los perros, robustos, peleaban con tenacidad ante la fiera que nunca había sido vencida. El león, alentado por los espectadores, rugía atronadoramente, con desprecio. —¡Vamos Rex,…

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