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Jean Plaidy – Eduardo Piernas Largas (PDF-EPUB)

Jean Plaidy – Eduardo Piernas Largas (PDF-EPUB)

Jean Plaidy - Eduardo Piernas Largas (PDF-EPUB)

Jean Plaidy – Eduardo Piernas Largas (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Jean Plaidy – Eduardo Piernas Largas (PDF-EPUB)

Aunque el rey había muerto hacía más de un año, la reina continuaba llorando su muerte. En algún sitio del otro lado del mar se encontraba su hijo, el nuevo rey quien ahora debía volver para reclamar su corona. La reina, que había dominado durante tanto tiempo a su esposo y, por consiguiente, a la corte, estaba postrada por el dolor.

Sólo podía pensar en que él había sido siempre, ese querido y amable esposo que la había adorado desde el día en que ella le había sido presentada como su prometida.

La reina sonreía a menudo al recordar que cuando se había negociado su matrimonio él había regateado, quejándose de la escasez de su dote, y hubo un momento en que parecía que a causa de la pobreza de su padre no habría casamiento.

Pero no bien Enrique posó sus ojos sobre ella, esas consideraciones carecieron totalmente de importancia, y desde ese instante y durante toda su vida el rey no ocultó que se consideraba el más afortunado de los monarcas por haber logrado como esposa esa hija sin dote de un señor empobrecido. Había sido un amor a primera vista, que había continuado durante todas sus vidas. Ella lo había dominado, y esa circunstancia había contribuido a una felicidad conyugal que raras veces se había conocido en los hogares reales. Su intento de gobernar al mismo tiempo Inglaterra había producido resultados menos felices.

Y ahora había muerto, y ella se encontraba sola en esa magnífica cama real del palacio de Westminster, en esa espléndida cámara que maravillaba a todos los que la contemplaban. El rey había sido el responsable de la belleza de ese cuarto. Enrique había amado el arte, la literatura, la música y la arquitectura. A menudo había dicho que le habría gustado rehuir las dificultades de la monarquía y dedicarse a ocupaciones en las cuales se habría destacado. En esa época algunos de los barones intercambiaban miradas furtivas, que daban a entender que para el país habría sido bueno si lo hubiese hecho. Los barones estaban en condiciones de ser insolentes.

Disfrutaban de excesivo poder desde que Juan, el padre de Enrique, se había visto obligado a firmar un documento, la Carta Magna, que había arrojado una sombra sobre sus vidas.

Le gustaba estar recostada en la cama, recorrer con la mirada ese cuarto y recordar la forma en que lo habían proyectado juntos. Los murales eran exquisitos.

Enrique era un hombre profundamente religioso, y había ordenado que se pintaran ángeles en el cielorraso. “Se podía estar recostado en la cama y creer que uno se encontraba en el paraíso”, había dicho ella y amante siempre ardiente, Enrique había replicado que cuando ella se encontraba con él se sentía en el paraíso.

—Oh, Dios —dijo ella en voz alta— por qué te lo llevaste. Nos podrían haber quedado muchos años.

Recordó que había ido allí a menudo para observar a los trabajadores. “Debe estar terminado antes de que concluya el verano” había dicho Enrique. “Si tienes que contratar a un millar de trabajadores por día, lo ordenaré”. “El costo, señor mío…” “habían gimoteado ellos. ¡Con cuánta impaciencia Enrique escuchaba esas quejas continuas sobre el dinero! Había hecho caso omiso de esas excusas. El pueblo pagaría. Por qué no. Los mercaderes de Londres eran ricos y siempre se podía echar la mano sobre los judíos”. La gente no tiene “alma” había dicho Enrique a su esposa.

“Se preocupan siempre por el dinero”.

¡Qué bueno, qué religioso había sido Enrique! En ese cuarto habían quedado pruebas de su devoción. Hasta en los montantes de las ventanas se habían tallado textos extraídos de la Biblia. En las paredes se habían pintado escenas de la vida de Eduardo el Confesor, para confirmar que Enrique había admirado a su santo antepasado mucho más que a cualquiera de sus belicosos sucesores. “Un noble rey”, decía. “Me gustaría ser como él”. Ella lo había desafiado. Esperaba, según le dijo, que no habría preferido vivir como un monje y que no se arrepentiría de su vida con ella, durante la cual habían tenido sus hermosos hijos. ¡De qué manera la había tranquilizado! En su círculo de familia se sentía el hombre más feliz. Eran sólo los barones quienes lo habían, atormentado, porque trataban continuamente de dominado, y los mercaderes de Londres, que no querían dar una parte de sus riquezas para el mejoramiento del país. La gente debía pagar por los privilegios que tenía. Su lema favorito estaba grabado en uno de los aguilones de ese cuarto:

“Quien no da lo que tiene, no recibe lo que desea”. Contenía una advertencia a sus rapaces sujetos, que hacían tanto alboroto por tener que pagar sus impuestos.

Debía dejar de rumiar el pasado. Era necesario reflexionar sobre el futuro. Pero ¿qué futuro podía haber para una reina viuda? En su mayoría, en esos casos se recluían en conventos, con el objeto de vivir los últimos años de sus vidas en una pía soledad, para que se pudiera perdonarles los actos que las necesidades mundanales les habían impuesto. No era esa la vida que se proponía llevar Leonor de Provenza. Era una gobernante nata, y no estaba dispuesta a renunciar fácilmente a su papel.

Pronto Eduardo volvería para reclamar la corona. Su amado primer hijo, ese hijo de quien ella y Enrique habían estado tan orgullosos. Mientras tanto, ella continuaba siendo la reina, y no permitida que nadie lo olvidara…

Título: Eduardo Piernas Largas (PDF-EPUB)
Autores: Jean Plaidy
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.3 MB
Formato: PDF-EPUB

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Jean Plaidy - Eduardo Piernas Largas (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Jean Plaidy - Eduardo Piernas Largas (PDF-EPUB) Aunque el rey había muerto hacía más de un año, la reina continuaba llorando su muerte. En algún sitio del otro lado del mar se encontraba su hijo, el nuevo rey quien ahora debía volver para reclamar su corona. La reina, que había dominado durante tanto tiempo a su esposo y, por consiguiente, a la corte, estaba postrada por el dolor. Sólo podía pensar en que él había sido siempre, ese querido…

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