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Javier Moro – A Flor De Piel (PDF-EPUB)

Javier Moro – A Flor De Piel (PDF-EPUB)

Javier Moro - A Flor De Piel (PDF-EPUB)

Javier Moro – A Flor De Piel (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Javier Moro – A Flor De Piel (PDF-EPUB)

La joven se abrió paso a empujones entre las bestias apretujadas en la entrada de su casa siempre en penumbra.

Aparte de la peste habitual a orines, a sudor animal y a paja mojada, un tufo a mandrágora la puso sobre aviso. «¿El médico?», se preguntó extrañada. Solo se oía el resuello de la vaca y el piar de los polluelos que picaban el suelo afanosamente. Ninguna voz, ningún sonido humano, ningún ladrido salía del interior de la casa usualmente atestada de animales y gente. «Qué raro», pensó Isabel. Sabía que su madre estaba dentro, porque guardaba cama. Así que depositó en un altillo el manojo de berzas que su padre le había encargado recoger, se quitó los zuecos sucios de barro y empujó el portón. Olía a humo, a humedad y a rancio.

Entornó los ojos, que tardaron unos segundos en adaptarse a la oscuridad. El haz de luz que se filtraba por una grieta en uno de los muros le hizo descubrir, para su sorpresa, que toda la familia estaba presente en esta sola habitación que hacía de establo, cocina, pocilga, dormitorio, salón y hasta de enfermería.

En el catre de madera lleno de paja cubierta con una sábana de estopa, donde solían dormir todos juntos, yacía bocarriba una mujer de mediana edad que parecía una anciana. Su madre. La Ignacia. La que no paraba de trajinar, la que animaba a los demás, la que no se amedrentaba ni por el frío ni por el hambre, la que parecía inmortal. Sin embargo, llevaba tres días con calentura, escalofríos, vómitos y convulsiones. Isabel se asustó al ver que le habían salido manchas rojas en el rostro.

Arrodillado en el suelo, con un rosario en la mano, el cura don Cayetano Maza, un hombre grueso con mejillas encarnadas, mascullaba una oración. A Isabel se le revolvió el estómago. El párroco no solía entrar en las casas, no le gustaba restregarse ni con la pobreza ni con la enfermedad. La última vez que lo hizo fue cuando vino a bautizar al hermano recién nacido, pero cuando llegó, el bebé ya había muerto.

—¿Madre? —preguntó Isabel con voz trémula.

Vio que sus hermanas pequeñas, María y Francisca, lloraban en silencio.

Juan, el mayor, contemplaba absorto el cuerpo yacente; a su lado estaba su padre, Jacobo Zendal, un campesino fibroso de piel curtida y arrugada, que levantó la vista hacia su hija. Tenía los ojos hinchados, febriles.

—¿Qué pasó? —preguntó Isabel.

En vez de contestar, el hombre le devolvió una mirada de impotencia. A su lado, la tía María, hermana de su madre, se encogió de hombros. El pequeño que llevaba en su regazo estiró los bracitos hacia Isabel, que le hizo un gesto de ternura.

—Viruela —dijo el médico—, viruela maligna.

Isabel paseó la mirada por su casa, que ni siquiera disponía de chimenea. El techo, las paredes y las vigas estaban negras de hollín. Sobre la cocina de leña se apilaban un par de cazos, un montón de platos, cucharones de madera y un cesto con ciruelas; dos cántaros, una silla y multitud de aperos y herramientas estaban desperdigados por el suelo, donde una cría de cerdo y varios polluelos deambulaban a su antojo.

Isabel reparó en la rueca apoyada contra la cocina, esa rueca para hilar lino que no faltaba en las casas de Galicia y que había sido la inseparable compañera de su madre, y entonces, de pronto, tomó conciencia de la realidad. Su madre acababa de fallecer. Era el jueves 31 de julio de 1788.

El contraste entre la miseria oscura del interior de la casa y el esplendor de la naturaleza del exterior no podía ser más punzante. Los campos de trigo, centeno y maíz que se extendían por las suaves lomas de los alrededores de la pedanía de Santa Mariña de Parada, en el municipio de Ordes, se habían teñido de oro. Pronto habría que segar. Las florecitas amarillas del tojo, un matorral que mezclado con plasta de vaca servía de abono, punteaban el monte. Por encima del canto de los pájaros, las campanas tocaban a muerto. Desde sus casas dispersas e igual de míseras quela de los Zendal, acudían los vecinos al entierro de la Ignacia, muchos de ellos descalzos, porque el campo estaba seco.

Sus ropas remendadas de colores oscuros o pardos, impregnadas de olor a humo, se enganchaban con las zarzas de las silvas. No muy lejos de la iglesia adonde se dirigían se erguía el pazo del dueño y señor de la mayoría de las tierras del municipio, junto a un hórreo gigante de piedra donde atesoraba castañas y miel.

Los Zendal llegaban por uno de los senderos, caminando detrás del cadáver tendido en un carro que chirriaba, tirado por la vaca. Bordeado de manzanos, perales y castaños, y de grandes robles donde anidaban tórtolas y arrendajos, era el mismo camino que emprendía Isabel todos los sábados para asistir a la clase de alfabetización que impartía el cura en la parroquia. A pesar de que era una anomalía ser la única hembra en una clase «solo para varones», el cura la había aceptado porque era espabilada, y también porque el hombre se cansó de discutir con la Ignacia. Harta de sentirse engañada con las pesas y las cuentas, la mujer había empleado toda su energía en vencer la terca oposición de muchos vecinos, y hasta la de su marido, para que la niña aprendiese a contar. Estaba lejos de sospechar que aquellas clases transformarían para siempre el destino de su hija. Para Isabel, aquellos momentos que parecían fuera del tiempo, los únicos en los que aprendió algo que no estuviera directamente relacionado con el mundo en el que había nacido, se habían acabado para siempre con la viruela de su madre.

En la sacristía, don Cayetano le señaló un papel sobre la mesa; el acta de defunción…

Título: A Flor De Piel (PDF-EPUB)
Autores: Javier Moro
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 2.7 MB
Formato: PDF-EPUB

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Javier Moro - A Flor De Piel (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Javier Moro - A Flor De Piel (PDF-EPUB) La joven se abrió paso a empujones entre las bestias apretujadas en la entrada de su casa siempre en penumbra. Aparte de la peste habitual a orines, a sudor animal y a paja mojada, un tufo a mandrágora la puso sobre aviso. «¿El médico?», se preguntó extrañada. Solo se oía el resuello de la vaca y el piar de los polluelos que picaban el suelo afanosamente. Ninguna voz, ningún…

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