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Jane Green – Hablemos Claro (PDF)

Jane Green – Hablemos Claro (PDF)

Jane Green - Hablemos Claro (PDF)

Jane Green – Hablemos Claro (PDF)

Introduccion del Libro Jane Green – Hablemos Claro (PDF)

«Irritantemente precisa, es una hilarante y conmovedora mirada al amor y al sexo.»

¿Eres como Tasha, soltera, a la búsqueda de… y encima productora del programa de televisión más popular de Reino Unido, con un jefe de pesadilla? Tasha tiene bastante experiencia en las tribulaciones de una chica de hoy para tener citas con hombres: ni ella ni sus tres amigas íntimas han conseguido vivir el cuento de hadas con el que crecieron.

Andy, siempre está enganchada a la pasión; Mel, a su relación con un indeseable, y Emma, a esperar con impaciencia a su media naranja. Y los hombres que las rodean no es que las ayuden demasiado.

Andrew, atractivo, amable y narcisista hasta la médula; Simon, alérgico al compromiso y peligrosamente traicionero, o Adam, guapo, bondadoso, con sentido del humor pero demasiado blando para resultar sexy…

Sigue a todos ellos en su búsqueda de la satisfacción y del derecho a amar y ser amados en esta divertida novela, dolorosamente honesta, a veces triste, pero siempre deslumbrante y tierna.

Prólogo

Nunca imaginé que a los treinta continuaría soltera. Se suponía que iba a seguir los pasos de mi madre, ¿no? Que estaría casada y tendría un par de hijos, un bonito apartamento de diseño, y un marido que tendría, a su vez, un deportivo, y alguna que otra amante.

A decir verdad, creo que me molestaría que tuviera amantes, aunque no tanto como el hecho de seguir aún soltera. Lo que me gustaría, lo que en realidad me encantaría, es avanzar hacia el altar engalanada como un merengue; en cambio, todo apunta a que me voy a quedar para vestir santos.

No creo que sea tan raro que una mujer de treinta años pase la mayor parte de su tiempo fantaseando con el día más importante de su vida. ¿O sí? No tengo ni idea, tal vez solo sean cosas mías, quizá el resto de mujeres centren sus energías en el trabajo. Es probable que yo sea el prototipo de mujer desesperada. Por Dios santo, espero que no sea así.

Y es que, aunque he mantenido alguna que otra relación sentimental, ninguno de los hombres con los que he salido ha sentido la tentación de proponerme matrimonio. En cambio, yo sí he visto en ellos a mi futuro marido. En todos y cada uno de ellos. Pero digo yo que si una se mete en harina, más vale hacerlo convencida de que el individuo en cuestión será el hombre de su vida, y no el tipo con el que pasará tres semanas y después la dejará tirada.

A veces creo que es culpa mía. Que debo de estar haciendo algo mal, como emitir mensajes subliminales que les permiten oler la desesperación. Es como si llevara un letrero luminoso pegado a la frente que dijera: «¡ALERTA! BUSCO COMPROMISO». Sin embargo, la mayoría de las veces les achaco a ellos la culpa. Porque son unos cabrones. Sin excepción.

A pesar de todo, no he perdido la esperanza de que mi hombre ideal, mi alma gemela, me esté esperando en algún lugar. Y cada vez que me rompen el corazón tiendo a creer que la próxima vez todo será distinto.

Además, me pierden los hombres fuertes, robustos y atractivos. El tipo de hombre del que, según mi madre, debería mantenerme alejada. Su consejo era siempre el mismo: «Búscate un novio feo. Son los más agradecidos». Aunque claro, para ella es fácil decirlo. Se casó con un hombre atractivo.

El problema que les encuentro a los tipos enclenques es que, a su lado, parezco una gigantona.

Es lo malo de medir uno setenta y siete y utilizar una talla cuarenta y cuatro, que mantengo a base de comer poco en público y darme tremendas comilonas en privado.

Los hombres robustos son mucho mejores; te abrazan, apoyan la cabeza sobre la tuya y te hacen sentir como una niña pequeña. Te protegen del mundo hostil y tienes la sensación de que nada malo volverá a sucederte.

Así son las cosas. Y para tu información, no estoy gorda, ni soy fea, ni insociable. La mayoría de la gente cree que tengo veintiséis años, lo cual, aunque me lo calle, me fastidia muchísimo. Me gustaría que me consideraran madura y sofisticada, y no una joven de asombroso atractivo.

Y si lo sé es porque los hombres —cuando todavía están en la fase amable— siempre me lo dicen. Desafortunadamente, yo no quiero ser atractiva sino hermosa. Y lo intento, de verdad, me pinto los ojos y trato de mirar con coquetería por debajo del flequillo, pero no hay nada que hacer.

La belleza no se consigue. O eres guapa o no lo eres.

En ciertos aspectos, podría decirse que soy afortunada. Gano el dinero suficiente como para dejar la tarjeta de crédito echando humo cada tres meses y tengo un piso en propiedad. Vale, no está en la zona más chic de Londres, pero si cerraras los ojos frente a la puerta, con algo de esfuerzo podrías llegar a imaginar que se encuentra en Belgravia. Si no fuera por el olor a orín de gato, claro.

Es evidente que tengo gatos. ¿Qué treintañera soltera que se precie, dispuesta a abandonar su carrera por el hombre rico y alto de sus sueños, no tiene gatos? Son como mis hijos, Harvey y Stanley.

Tal vez los nombres suenen algo estúpidos, pero me gusta que los gatos tengan nombres de persona, y si llaman la atención, mucho mejor. El mejor nombre que se le haya podido poner jamás a un gato es Dave. Dave el gato. Fantástico, ¿no? Detesto a todos los Micifuz, Minino y Micho. Yo también me cabrearía si mi madre me hubiera puesto uno de estos nombres, la verdad.

Tuve suerte. Me llamó Anastasia. Anestesia para mis enemigos, y Tasia, pronunciado Tasha, para mis muchos amigos.

Si resulta que estás casada, tienes amigos también casados y juntos compartís actividades de pareja; deja que te diga que para una chica soltera es vital tener buenas amigas.

Siempre he considerado que las revistas femeninas que sugieren a las mujeres que se olviden de los tíos, que descorchen una botella de vino y la compartan con sus amigas, son bazofia. Pero tienen razón.

Aunque lo cierto es que aún no he comprobado que la tengan; al fin y al cabo, no hace tanto tiempo, bueno, unos tres años, que salgo con un grupo de amigas. Pero sí, eso es exactamente a lo que nos dedicamos; quedamos una vez a la semana y bebemos, y aunque pueda parecer triste y lamentable, no lo es. Es estupendo.

Estoy yo, claro, y están Andrea, a quien llamamos Andy, Mel y Emma. Y por mucho que me disguste el término «marimachos» eso es precisamente lo que somos. Pero bueno, al menos no nos gusta el fútbol. Bueno, a Andy le encanta y es una forofa del Liverpool, pero yo creo que su afición obedece a dos razones: está colada por Stan Collymore, y cree que así impresiona a los hombres.

Y sí, los impresiona, pero no los atrae. Andrea es temible y más masculina que muchos de los hombres que conozco. Si un tipo bebe cerveza, allí va ella a retarlo a una competición, que, además, suele ganar. ¿Que si es atractiva? No me lo parece. Una chica muy divertida, pero no el tipo de mujer a la que los hombres les gusta encontrarse en su cama a la mañana siguiente.

Y ahora pensarás que soy cruel y una amargada. Pues bien, si casi todos los solteros de tu ciudad te hubieran hecho sentir como un trapo, tú también estarías un poco amargada. Pero no te vayas y te demostraré que no lo estoy tanto como parece.

Puede que te preguntes de dónde saco el dinero: soy realizadora de televisión. Tiene su gracia, ¿no? Llevo una vida excitante y glamourosa y resulta que hago programas de televisión; me paso el día rodeada de famosos y no hay manera de que pille a un hombre…

Título: Hablemos Claro (PDF)
Autores: Jane Green
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.4 MB
Formato: PDF

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Jane Green - Hablemos Claro (PDF) Introduccion del Libro Jane Green - Hablemos Claro (PDF) «Irritantemente precisa, es una hilarante y conmovedora mirada al amor y al sexo.» ¿Eres como Tasha, soltera, a la búsqueda de... y encima productora del programa de televisión más popular de Reino Unido, con un jefe de pesadilla? Tasha tiene bastante experiencia en las tribulaciones de una chica de hoy para tener citas con hombres: ni ella ni sus tres amigas íntimas han conseguido vivir el cuento de hadas con el que crecieron. Andy, siempre…

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