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Jack London – Las Mil Docenas (PDF)

Jack London – Las Mil Docenas (PDF)

Jack London - Las Mil Docenas (PDF)

Jack London – Las Mil Docenas (PDF)

Introduccion del Libro Jack London – Las Mil Docenas (PDF)

David Rasmunsen era un buscavidas, y como muchos hombres de mayor estatura, un hombre de una sola idea. Por lo tanto, cuando la clarinada del norte resonó en sus oídos, concibió una aventura relacionada con huevos, y dedicó todas sus energías a concretarla.

Calculó brevemente, y en términos palpables, y la aventura se volvió iridiscente, espléndida.

La de que los huevos se venderían en Dawson a cinco dólares la docena era una premisa segura. Por lo cual resultaba indiscutible que mil docenas equivaldrían, en la Metrópoli Dorada, a cinco mil dólares.

Por otro lado, era preciso tener en cuenta los gastos, y los tuvo bien en cuenta, porque era un hombre cuidadoso, agudamente práctico, de pensamientos racionales y un corazón que la imaginación jamás enardecía. A quince centavos la docena, el costo inicial de sus mil docenas sería de ciento cincuenta dólares, una simple bagatela en comparación con la enorme ganancia. Y supongamos, supongamos, nada más, para mostrar alguna vez una alocada extravagancia, que el trasporte para él y los huevos ascendiera a ochocientos cincuenta más; todavía le quedarían cuatro mil limpios en efectivo, cuando hubiera vendido el último huevo y el último polvo cayera en su saco.

-¿Entiendes, Alma -lo calculaba con su esposa, el cómodo comedor hundido en un mar de mapas, investigaciones del gobierno, guías e itinerarios de Alaska-, entiendes?, los gastos no comienzan en verdad hasta llegar a Dyea; cincuenta dólares alcanzan, incluido un pasaje de primera. Ahora bien, desde Dyea hasta lago Linderman, los porteadores indios acarrean las mercancías por doce centavos el medio kilo, doce dólares los cincuenta kilos, o sea, ciento veinte dólares los quinientos. Digamos que tengo setecientos cincuenta kilos; me costarán ciento ochenta dólares… pongamos doscientos, para mayor seguridad. Un hombre del Klondike, que acaba de llegar, me informa con certeza que puedo comprar un barco por trescientos. Pero el mismo hombre me dice que con seguridad conseguiré un par de pasajeros por ciento cincuenta cada uno, con lo cual el barco me saldrá gratis, y además podrán ayudarme a gobernarlo. Y. . . eso es todo. Desembarcaré los huevos en Dawson.

-Cincuenta dólares de San Francisco a Dyea, doscientos de Dyea a Linderman, los pasajeros pagan el barco… doscientos cincuenta en total -sumó ella con rapidez.

-Y ciento cincuenta para mis ropas y equipo personal -continuó él, feliz-; eso deja un margen de quinientos para emergencias. ¿Y qué emergencias pueden surgir?

Alma se encogió de hombros y enarcó las cejas. Si esas vastas tierras del norte eran capaces de tragarse a un hombre y mil docenas de huevos, no cabía duda de que existía lugar de sobra para cualquier otra cosa que él poseyera. Así lo pensó, pero nada dijo. Conocía demasiado bien a David Rasmunsen, para decir nada.

-Si duplico el tiempo, para tener en cuenta las demoras casuales, puedo hacer el viaje en dos meses. ¡Piensa en eso, Alma! ¡Cuatro mil en dos meses! Mucho más que los míseros cien mensuales que gano ahora. Ampliaremos las construcciones donde tengamos espacio, gas en todas las habitaciones, y una vista, y el alquiler de la choza pagará los impuestos, el seguro y el agua, y dejará algo de sobra. Y además, siempre existe la posibilidad de que encuentre algo y regrese millonario. Y ahora dime, Alma, ¿no te parece que soy demasiado moderado?

Y Alma no podía opinar lo contrario. Además, ¿acaso su propio primo -aunque remoto y lejano, por cierto, la oveja negra, el inútil, el irreflexivo, no había vuelto de esas fantásticas tierras del norte con cien mil en polvo amarillo, para no hablar de la propiedad de la mitad del depósito del cual lo extrajo?

El vendedor de comestibles de David Rasmunsen se sorprendió cuando lo encontró pesando huevos en la balanza, al extremo del mostrador, y el propio Rasmunsen se sorprendió más cuando descubrió que una docena de huevos pesaba casi setecientos gramos, ¡setecientos kilos para sus mil docenas! No quedaría peso libre para sus ropas, mantas, utensilios de cocina, para no hablar de los alimentos que por fuerza debía consumir. Sus cálculos quedaban anulados, y estaba a punto de rehacerlos, cuando se le ocurrió la idea de pesar huevos pequeños. “Pues sean grandes o pequeños, una docena de huevos es una docena de huevos”, se dijo con sabiduría; y vio que una docena de huevos de tamaño reducido pesaba apenas quinientos treinta gramos. En consecuencia, la ciudad de San Francisco fue invadida por emisarios de expresión ansiosa, y las casas de comisiones y las asociaciones de granjeros asaltadas por una repentina demanda de huevos que no pesaran más de quinientos cincuenta gramos la docena…

Título: Las Mil Docenas (PDF)
Autores: Jack London
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 186 KB
Formato: PDF

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Jack London - Las Mil Docenas (PDF) Introduccion del Libro Jack London - Las Mil Docenas (PDF) David Rasmunsen era un buscavidas, y como muchos hombres de mayor estatura, un hombre de una sola idea. Por lo tanto, cuando la clarinada del norte resonó en sus oídos, concibió una aventura relacionada con huevos, y dedicó todas sus energías a concretarla. Calculó brevemente, y en términos palpables, y la aventura se volvió iridiscente, espléndida. La de que los huevos se venderían en Dawson a cinco dólares la docena era una…

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