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Honoré De Balzac – La Paz Del Hogar (PDF)

Honoré De Balzac – La Paz Del Hogar (PDF)

Honoré De Balzac - La Paz Del Hogar (PDF)

Honoré De Balzac – La Paz Del Hogar (PDF)

Introduccion del Libro Honoré De Balzac – La Paz Del Hogar (PDF)

La aventura narrada en esta historia tuvo lugar hacia el año de 1809, en aquella época en que el fugaz imperio de Napoleón llegaba al brillante apogeo de su gloria. Los clarines de la gran victoria de Wagran resonaban aun en el corazón de la monarquía austriaca. Habíase firmado un tratado de paz entre Francia y los Aliados. Semejantes á astros que verifican sus revoluciones, reyes y príncipes se agruparon en torno de Napoleón, quien se complacía en uncir la Europa á su carro, como una especie de ensayo del magnífico poder que desplegó más tarde en Dresde.

Á guiarnos por el dicho de los contemporáneos, Paris no presenció nunca fiestas más hermosas que las que precedieron y siguieron al matrimonio de Napoleón con la archiduquesa de Austria. Ni aun en los días más brillantes de la monarquía acudieron tantos reyes y príncipes á las orillas del Sena, ni jamás la aristocracia francesa gozó de mayores riquezas ni esplendidez. Los diamantes esparramados con profusión sobre los atavíos, y los bordados de oro y plata de los uniformes formaban tan singular contraste con la sencillez republicana, que parecía como si las riquezas del mundo entero se hubiesen amontonado en los salones de Paris. Una embriaguez general se había apoderado de este efímero imperio. Los militares, sin excluir al mismo Emperador, gozaban como advenedizos los tesoros conquistados con la sangre de un millón de soldados adornados con la sencilla charretera de lana, y cuyas exigencias se habían satisfecho hasta entonces con algunas pocas varas de cinta encarnada. La mayor parte de las mujeres señalaban ya en esta época aquel bienestar de costumbres y aquel relajamiento moral que caracterizaron el reinado de Luis XV.

Ya fuese por imitar el tono de la desmoronada monarquía, ya por adoptar el ejemplo dado por la familia imperial, como lo pretendían los maldicientes del arrabal de Saint-Germain, es el caso que hombres y mujeres, sin excepción, se entregaban al placer con un entusiasmo desencadenado que parecía anunciar el fin de los siglos.

No era esta la sola causa de la licencia. La simpatía que los militares despertaron en las mujeres equivalía á un frenesí que corría parejas con las miras de Napoleón lo sobrado para que éste tratase de refrenarlos. Los hechos de armas, grandiosos y repetidos, hacían que los grandes tratados entre la Europa y Napoleón pareciesen como cortos armisticios, exponiendo de este modo á las pasiones á desenlaces rápidos como las resoluciones de aquel caudillo supremo de tantos cascos, dolmanes y cordones que tanto agradaban al bello sexo. Esto hacia que entonces los corazones fueran nómadas, como eran nómadas los regimientos. Amante, esposa, madre, viuda: He aquí la rápida y triste carrera que podía recorrer una mujer en el breve espacio de la publicación del primero al quinto boletín del Grande ejército.

Y, ¿no podían tal vez hacer tan seductores á los militares, las perspectivas de una viudez próxima, ó de una pensión, ó la esperanza de llevar un nombre heroico consagrado á la historia? Ó, ¿seria acaso el móvil de este ardor el que las mujeres tuviesen la certeza de enterrar el secreto de sus pasiones en el campo de batalla, ó bien era el valor, que tantas simpatías tiene entre ellas, la causa de este amoroso fanatismo?

Todo ello entraría en aquella atracción que las mujeres sentían hacia el amor, y, sin duda que el historiador de las costumbres del imperio tendrá en cuenta tales razones.

¿Cuántas faltas no cubrían entonces los laureles? Es preciso reconocer que las mujeres buscaban ávidamente á estos aventureros que les proporcionaban honores, riquezas y placeres, hasta tal punto que, á los ojos de las jóvenes, la charretera significaba á un tiempo la felicidad y la libertad. Todo cuanto resplandecía era objeto de una pasión; rasgo que caracteriza á una época sin igual en la historia. Jamás se dispararon más fuegos artificiales, ni los diamantes llegaron á tan subido precio. Hombres y mujeres se adornaban, con avidez con estas pulidas piedras que llegaron á adquirir semejante realce por la facilidad con que podía trasportarlas un ejército siempre en marcha. Y entonces un hombre no hacia el ridículo como hoy día, por llevar la pechera de la camisa ó los dedos cubiertos con magníficos diamantes. Murat, hombre de gustos fastuosos, era para el ejército un ejemplo del lujo más refinado.

El conde de Gondreville, conocido en otro tiempo bajo el nombre de el ciudadano Malin, célebre por su rapto, convertido entonces en un Lúculo de ese senado conservador que no conservó cosa alguna, retardaba tan solo su fiesta en honor de la paz para hacer mejor la corte á Napoleón esforzándose en eclipsar á los aduladores que habían informado al Emperador en contra suya. Los embajadores de cuantas potencias eran amigas de Francia (aunque á beneficio de inventario) las personas más ilustres del imperio, y aun algunos príncipes, discurrían en el momento á que nos referimos por los salones del opulento senador. El baile languidecía porque se esperaba con ansia al Emperador, cuya presencia había prometido el conde. Y Napoleón hubiera cumplido su promesa á no ser por la escena ocurrida aquella misma noche entre su esposa Josefina y él, escena que hubiera bastado á un ojo perspicaz para vislumbrar un divorcio no muy lejano entre los dos augustos esposos. La nueva de semejante aventura, que permaneció por entonces muy secreta, pero que no ha podido ocultarse á la historia, no llegó á oídos de los cortesanos ni tuvo otro resultado que la ausencia de Napoleón de la fiesta del conde de Gondreville…

Título: La Paz Del Hogar (PDF)
Autores: Honoré De Balzac
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 260 KB
Formato: PDF

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Honoré De Balzac - La Paz Del Hogar (PDF) Introduccion del Libro Honoré De Balzac - La Paz Del Hogar (PDF) La aventura narrada en esta historia tuvo lugar hacia el año de 1809, en aquella época en que el fugaz imperio de Napoleón llegaba al brillante apogeo de su gloria. Los clarines de la gran victoria de Wagran resonaban aun en el corazón de la monarquía austriaca. Habíase firmado un tratado de paz entre Francia y los Aliados. Semejantes á astros que verifican sus revoluciones, reyes…

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