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Henry James – El eco (PDF-EPUB)

Henry James – El eco (PDF-EPUB)

Henry James - El eco (PDF-EPUB)

Henry James – El eco (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Henry James – El eco (PDF-EPUB)

—Supongo que mi hija estará aquí —dijo el anciano, indicando el camino que llevaba al pequeño salon de lecture. No es que fuese de edad harto avanzada, pero así lo consideraba George Flack y, ciertamente, parecía más viejo de lo que era. George Flack lo había encontrado sentado en el patio del hotel (se sentaba a menudo en el patio del hotel), y, tras acercarse a él con su característica llaneza, le había preguntado por la señorita Francina. El pobre señor Dosson se había aprestado con suma docilidad a atender al joven: levantándose como si fuera la cosa más normal del mundo, se había abierto camino a través del patio para anunciar al personaje en cuestión que tenía visita. Ofrecía un aspecto sumiso, casi servil, mientras en su búsqueda precedía al visitante estirando la cabeza; pero no era propio del señor Flack advertir este tipo de cosas. Aceptaba los buenos oficios del anciano como habría aceptado los de un camarero, sin el menor murmullo de protesta, con el fin de dar a entender que había venido a verle también a él. Un observador de estas dos personas se habría convencido de que la medida en que al señor Dosson se le antojaba natural que alguien quisiera ver a su hija sólo era igualada por la medida en que al joven se le antojaba natural que su padre tuviese que ir a buscarla. A la entrada del salon de lecture había un cortinaje superfluo que el señor Dosson retiró mientras George Flack entraba tras él.

La sala de lectura del Hôtel de l’Univers et de Cheltenham no tenía grandes dimensiones, y al señor Dosson le había parecido desde el primer momento que consistía sobre todo en un suelo sin alfombrar y muy bruñido en el que era fácil que resbalase un americano relajado y de cierta edad. Estaba además compuesta, según la percibía él, de una mesa con un gran tapete de terciopelo verde, de una chimenea con un montón de orlas y nada de fuego, de una ventana con un montón de cortinas y nada de luz, y del Figaro, que era incapaz de leer, y el New York Herald, que ya había leído. Justo ahora había una sola persona en posesión de todas estas comodidades: una joven que, sentada de espaldas a la ventana, miraba hacia la convencional habitación. Iba vestida como para salir a la calle; sus manos vacías descansaban sobre los brazos de la silla (se había quitado los largos guantes, que yacían en su regazo), y parecía dedicada en cuerpo y alma a no hacer nada. Su rostro estaba tan a la sombra que apenas se podía distinguir; con todo, nada más verla el joven exclamó:

—¡Vaya, pero si no es la señorita Francie…! ¡Es la señorita Delia!

—Bueno, supongo que eso podemos arreglarlo —dijo el señor Dosson, entrando con paso deambulante en la sala y arrastrando los pies por el suelo, sin alzarlos.

Hiciera lo que hiciese, siempre parecía que deambulaba: tenía cierto aspecto pasajero, cierto aspecto de no llegar, cansina y sin embargo pacientemente, incluso cuando se sentaba (pues era capaz de pasarse horas enteras sentado) en el patio de la posada.

Dirigiendo una mirada a los dos periódicos que estaban en el desierto de terciopelo verde, se acercó al ojo un monóculo imposible e indiferente.

—Delia, querida, ¿dónde está tu hermana?

Delia no hizo el menor movimiento, y, por lo que cupo observar, tampoco la menor expresión cruzó su rostro grande y joven. Solamente exclamó:

—Vaya, señor Flack, ¿de dónde sale usted?

—Bueno, éste es un buen sitio para encontrarse —observó su padre, como si quisiera suavemente, a modo de mera sugerencia de pasada, dejar de lado las explicaciones.

—Cualquier sitio es bueno cuando uno se encuentra con viejos amigos —dijo George Flack, mirando también los periódicos. Inspeccionó la fecha del ejemplar americano y volvió a dejarlo en su sitio.

—Y bien, ¿qué le parece París? —continuó, dirigiéndose a la joven.

—Lo estamos disfrutando mucho; pero, por supuesto, ya nos es familiar.

—Vaya, tenía la esperanza de que podría enseñarles algo —dijo el señor Flack.

—Me malicio que ya lo han visto casi todo —observó el señor Dosson.

—¡Bueno, más que tú sí que hemos visto! —exclamó su hija.

—Bueno, yo he visto un montón…, simplemente, sentándome ahí.

Una persona de oído fino podría haber sospechado que el señor Dosson había dicho «asentándome»[1]; pero es que solía pronunciar la misma palabra de manera distinta en ocasiones distintas.

—En fin, en París se puede ver de todo —dijo el joven—. Estoy francamente entusiasmado con París.

—¿No había estado aquí antes? —preguntó la señorita Delia.

—Sí, claro, pero siempre es nuevo. Y ¿qué tal está la señorita Francie?

—Está bien. Ha subido a coger no sé qué; vamos a salir otra vez.

—París tiene mucho atractivo para los jóvenes —dijo el señor Dosson al visitante.

—Bueno, pues yo me cuento entre los jóvenes. ¿Le importa que vaya con ustedes? —continuó el señor Flack, dirigiéndose a la muchacha.

—Será como en los viejos tiempos, en la cubierta —contestó ella—. Vamos a ir al Bon Marché.

—¿Por qué no van al Louvre? Es mucho mejor.

—Acabamos de volver de allí: ¡vaya mañanita!

—Pues el sitio está bien.

—Tiene algunas cosas que están bien, pero para mí que en otras se queda corto.

—Ah, lo han visto todo —dijo el señor Dosson. Luego añadió—: En fin, voy a avisar a Francie.

—Bueno, dile que se dé prisa —dijo a su vez la señorita Delia, balanceando un guante en cada mano.

Título: El eco (PDF-EPUB)
Autores: Henry James
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.1 MB
Formato: PDF-EPUB

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Henry James - El eco (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Henry James - El eco (PDF-EPUB) —Supongo que mi hija estará aquí —dijo el anciano, indicando el camino que llevaba al pequeño salon de lecture. No es que fuese de edad harto avanzada, pero así lo consideraba George Flack y, ciertamente, parecía más viejo de lo que era. George Flack lo había encontrado sentado en el patio del hotel (se sentaba a menudo en el patio del hotel), y, tras acercarse a él con su característica llaneza, le había preguntado por…

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