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Henry James – Daisy Miller (trad. Lázaro Ros) (PDF-EPUB)

Henry James – Daisy Miller (trad. Lázaro Ros) (PDF-EPUB)

Henry James - Daisy Miller (trad. Lázaro Ros) (PDF-EPUB)

Henry James – Daisy Miller (trad. Lázaro Ros) (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Henry James – Daisy Miller (trad. Lázaro Ros) (PDF-EPUB)

En la pequeña ciudad suiza de Vevey hay un hotel extraordinariamente confortable, si bien es verdad que allí casi todos son buenos hoteles, ya que el negocio principal en esta región es el turismo. Muchos viajeros recordarán aún que nuestro hotel se halla situado al borde mismo de un renombrado lago azul, cuya visita es poco menos que obligatoria para todos los turistas. Por las orillas del lago se extiende, además, una ininterrumpida serie de albergues de diversas categorías que van desde el Gran Hotel, de nuevo estilo, fachada revocada de blanco, con un centenar de balcones y una docena de gallardetes flotando en su tejado, hasta la modesta pensión suiza, de típica fachada rústica, de madera, con el nombre escrito en caracteres góticos sobre un rótulo rojo o amarillo, fijado a una valla, y su correspondiente cenador de verano en el ángulo del jardín. Hay, sin embargo, un hotel en Vevey, famoso por su aire de lujo y seriedad, que lo distingue de sus empingorotados vecinos.

En el lugar descrito, durante el mes de junio, los viajeros norteamericanos son tan numerosos, que bien puede decirse que el hotel se transforma en un balneario norteamericano; hay citas, reuniones, ruidos que evocan una visión, un eco de Newport o de Saratoga. Por todas partes se tropieza con estilizadas jóvenes que caminan apresuradamente, crujen muselinas y sedas, suena por doquier, aun en las mañanas, música de baile, y un rumor de voces se escucha incesantemente.

Donde mejor se captan estas impresiones es en el mesón de Las Tres Coronas, que nos traslada imaginativamente al Ocean House o al Congress Hall. Pero en Las Tres Coronas existen otras muchas cosas que apagan en gran parte tales sugerencias: elegantes camareros, tan elegantes que más bien parecen secretarios de Embajada; princesas rusas sentadas en el jardín; niños polacos paseando alrededor de las princesas, llevados de la mano por sus preceptores; la imponente vista de la cresta nevada del Dent de Midi, y las pintorescas torres del castillo de Chillon.

Yo difícilmente afirmaría si son las analogías o las diferencias las que excitaban la imaginación de los jóvenes norteamericanos, quienes en los dos o tres años de su estancia en Vevey no podían prescindir del jardín de Las Tres Coronas para contemplar ociosos algunos de los tipos mencionados. Era una espléndida mañana de verano y, a pesar de ello, estos jóvenes seguían contemplando estáticos las mismas cosas que en su primera impresión les habían parecido encantadoras.

Nuestro protagonista había llegado de Ginebra el día anterior, desembarcando en la pequeña estación de Vevey, dispuesto a visitar a su tía, que se hallaba alojada en un hotel de la localidad. Ginebra también había sido durante algún tiempo lugar de residencia favorito de esta señora. Aquel día, su tía tenía dolor de cabeza; su tía tenía dolor de cabeza casi siempre, y se había recluido en su cuarto para remediarse oliendo alcanfor. No le podía recibir. Así, se halló en libertad de errar por donde quisiera.

Contaría el visitante unos veintisiete años de edad. Cuando sus amigos hablaban de él, decían que era un estudiante de Ginebra; cuando lo hacían sus enemigos…

Conviene, ante todo, consignar que no tenía enemigos. Era extremadamente amable, buen compañero y entrañablemente querido. Lo que sí he de añadir es que algunos murmuradores afirmaban que la verdadera razón de su larga estancia en Ginebra era su extremada devoción por cierta señorita extranjera… mayor que él. Muy contados norteamericanos, más bien creo que ninguno, podrían afirmar haber visto alguna vez a la mencionada señorita sobre la cual corrían particulares rumores. Pero Winterbourne, así se llamaba nuestro héroe, tenía algunos antecedentes en la antigua capital del calvinismo. En Ginebra había asistido a la escuela siendo muy niño, y en Ginebra había pasado más tarde a un colegio, circunstancias a las que se debía el gran número de amigos que tenía entre la gente joven. Relaciones que conservaba, sirviéndole de satisfacción.

Tras de llamar a la puerta de la habitación de su tía y de informarse de su indisposición, se encaminó a dar un paseo por el lugar, y ahora terminaba su desayuno, una taza de café que le había servido en una mesita del jardín del hotel uno de aquellos camareros que, por sus cuidados modales, parecía un attaché.

Terminado su café, encendió un cigarrillo en el momento en que aparecía en el paseo un muchachito, un bribonzuelo de nueve o diez años. El niño, poco desarrollado para su edad, tenía la expresión madura de un viejo de débil complexión, y una cara de facciones afiladas. Vestía calzones bombachos con medias rojas, que se despegaban de sus fláccidas pantorrillas; se adornaba con una brillante corbata rojo claro, y empuñaba un bastón de alpinista, cuyo regatón lanzaba contra cuanto veía a su alcance: los macizos de flores, los bancos del jardín, las colas de los vestidos de las señoras… Llegó frente a Winterbourne y se detuvo, mirándole con sus ojuelos brillantes e inquisitivos.

Título: Daisy Miller (trad. Lázaro Ros) (PDF-EPUB)
Autores: Henry James
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.5 MB
Formato: PDF-EPUB

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Henry James - Daisy Miller (trad. Lázaro Ros) (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Henry James - Daisy Miller (trad. Lázaro Ros) (PDF-EPUB) En la pequeña ciudad suiza de Vevey hay un hotel extraordinariamente confortable, si bien es verdad que allí casi todos son buenos hoteles, ya que el negocio principal en esta región es el turismo. Muchos viajeros recordarán aún que nuestro hotel se halla situado al borde mismo de un renombrado lago azul, cuya visita es poco menos que obligatoria para todos los turistas. Por las orillas…

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