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Graham Greene – El doctor Fischer de Ginebra (PDF-EPUB)

Graham Greene – El doctor Fischer de Ginebra (PDF-EPUB)

Graham Greene - El doctor Fischer de Ginebra (PDF-EPUB)

Graham Greene – El doctor Fischer de Ginebra (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Graham Greene – El doctor Fischer de Ginebra (PDF-EPUB)

Creo que detestaba al doctor Fischer más que a ningún hombre de cuantos he conocido, así como amé a su hija más que a mujer alguna. Qué cosa tan extraña que ella y yo llegáramos a conocernos, y que el encuentro acabase en boda. Anna-Luise y su millonario padre habitaban una gran mansión blanca de estilo clásico, a orillas del lago, en Versoix, muy cerca de Ginebra, mientras que yo trabajaba de traductor y corresponsal en la enorme, acristalada fábrica de chocolate sita en Vevey. Vivíamos en mundos —no solo en cantones— distintos. Cuando empezaba yo mi trabajo, a las 8.30 de la mañana, ella dormía aún en su alcoba blanquinosa, que era, me dijo, como un pastel de bodas; y al salir yo a comer el apresurado bocadillo que me servía dealmuerzo, ella, a buen seguro, atendía a su peinado sentada en bata ante el tocador.

De la venta de sus chocolates, mis patronos me pagaban un sueldo de tres mil francos mensuales; lo mismo que, imagino, ganaba en media mañana y sin trabajar el doctor Fischer, inventor muchos años atrás, del Dentophil Bouquet, un dentífrico supuestamente capaz de combatir las infecciones debidas a una excesiva ingestión de nuestros chocolates. Lo de Bouquet era por el perfume de la pasta, que uno podía elegir, y en los primeros anuncios aparecía un elegante ramillete con la leyenda:

«¿Qué flor prefiere usted?». Posteriormente, veríamos suaves fotografías de bellísimas muchachas que sostenían entre sus dientes sendas flores, todas distintas.

Mas no era a causa de su dinero que aborrecía yo al doctor Fischer. Le detestaba por su orgullo, por su desdén para con todo el mundo y por su crueldad. No quería a nadie, ni siquiera a su hija. Ni se molestó en oponerse a nuestra boda, porque no le inspiraba yo mayor desprecio que sus presuntos amigos, siempre dispuestos a acudir a él en manada a una seña suya. Anna-Luise, cuyo inglés no era perfecto, les llamaba «Pelotas». Si bien era «Pelotilleros» lo que sin duda quería decir, no tardé en adoptar aquel calificativo. Entre los Pelotas se encontraba un alcohólico actor de cine llamado Richard Deane; un divisionnaire —encumbradísimo mando del Ejército suizo, que solo cuenta con un general en tiempo de guerra— apellidado Krueger; un abogado internacionalista conocido como Kips; un asesor fiscal, monsieur Belmont; y una americana de pelo azul que atendía por Mrs. Montgomery. El general, como así le llamaban los otros, estaba retirado; Mrs. Montgomery había enviudado satisfactoriamente; y todos ellos se habían instalado en Ginebra por motivos parecidos: bien para escapar al fisco de sus respectivos países, bien para sacar provecho de las favorables condiciones del cantón. El doctor Fischer y el divisionnaire eran los dos únicos suizos del grupo cuando yo entré en relación con ellos, y Fischer resultaba, con mucho, el más rico. Los dominaba a todos como un hombre dominaría a un burro con un látigo en una mano y una zanahoria en la otra.

Todos estaban bien forrados, ¡pero cómo les gustaban las zanahorias! Sin ellas no hubieran tolerado las abominables fiestas de Fischer, en las que primero se les humillaba («¿Acaso no tienen ustedes sentido del humor?», le imagino diciendo en las reuniones iniciales) y luego eran recompensados. Por último aprendieron a reír sus chistes aun antes de que se los lanzara. Se tenían por un grupo selecto: no pocos, en Ginebra, les envidiaban su amistad con el ilustre doctor Fischer. (En qué era doctor, es algo que todavía hoy ignoro. Es posible que le hubieran inventado el título por halagarlo, como hacían con el divisionnaire llamándole «general».)

¿Cómo sucedió que me enamorase de la hija de Fischer? Eso es algo que no requiere explicación. Joven y bonita, inteligente y dueña de un corazón ardoroso, no consigo recordarla ahora sin que los ojos se me llenen de lágrimas; ¡qué misterio, sin embargo, debía de esconderse tras su amor por mí! Treinta y tantos años más joven que yo cuando nos conocimos, nada había en mí, de seguro, capaz de atraer a una muchacha de su edad. Perdida la mano izquierda en mis años mozos actuando como bombero —aquella noche de diciembre de 1940 durante el ataque relámpago que convirtió la City londinense en un ascua—, la pequeña pensión que me quedó, terminada la guerra, me permitió justo instalarme en Suiza, donde el conocimiento de idiomas que debía a mis padres puso a mi alcance una forma de ganarme la vida.

Aunque de modesto rango, mi padre había sido diplomático, de manera que durante mi niñez viví en Francia, Turquía y Paraguay, países cuyas respectivas lenguas aprendí. Por una curiosa coincidencia, mi padre y mi madre murieron la misma noche que yo quedé manco; quedaron sepultados bajo los escombros de una casa de West Kensington, mientras que mi mano se extravió en algún lugar de Leadenhall Street, cerca del Banco de Inglaterra.

Título: El doctor Fischer de Ginebra (PDF-EPUB)
Autores: Graham Greene
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 773 KB
Formato: PDF-EPUB

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Graham Greene - El doctor Fischer de Ginebra (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Graham Greene - El doctor Fischer de Ginebra (PDF-EPUB) Creo que detestaba al doctor Fischer más que a ningún hombre de cuantos he conocido, así como amé a su hija más que a mujer alguna. Qué cosa tan extraña que ella y yo llegáramos a conocernos, y que el encuentro acabase en boda. Anna-Luise y su millonario padre habitaban una gran mansión blanca de estilo clásico, a orillas del lago, en Versoix, muy cerca de…

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