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Giorgio Scerbanenco – Traidores a todos (PDF-EPUB)

Giorgio Scerbanenco – Traidores a todos (PDF-EPUB)

Giorgio Scerbanenco - Traidores a todos (PDF-EPUB)

Giorgio Scerbanenco – Traidores a todos (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Giorgio Scerbanenco – Traidores a todos (PDF-EPUB)

Es difícil matar a dos personas al mismo tiempo, pero ella detuvo el coche en el lugar preciso, que había estudiado muchas veces, casi al milímetro, hasta de noche, reconocible por el curioso, gótico y eiffeliano puentecillo de hierro que cruzaba el canal, y dijo deteniendo el coche justo en el centímetro cuadrado deseado, como se detiene una flecha cuando acierta en el centro del blanco:

—Voy a salir a fumar un cigarrillo, no me gusta fumar en el coche.

Se lo dijo a los dos que estaban detrás, los dos a los que tenía que matar, y se bajó sin esperar respuesta, aunque ellos, amablemente, adormecidos por la comilona y también por la edad, dijeron con voz ronca que sí, que se bajase, y, libres de su presencia, se dispusieron a dormir mejor, viejos y gordos como estaban, los dos con sus impermeables blancos, y ella con la bufanda de lana alrededor del cuello, de un color habano hepático, semejante al del cuello, que le hacía más gorda, y una cara parecida a la de una enorme rana, pero que, en cambio, tiempo atrás, millones de años antes, cuando todavía no había terminado la guerra, la Segunda Guerra Mundial, había sido muy hermosa. Así se lo dijo, y ella, ahora, iba a matarla, junto con su compañero. Alguien, oficialmente, la llamaba Adele Terrini, y en Buccinasco, en cambio, en Ca’ Tarino, donde había nacido y sabían muchas cosas de ella, la llamaban Adele la Ramera, aunque su padre, que era norteamericano y tonto, la había llamado Adele la Esperanza.

También ella era norteamericana, pero no tonta, y, apenas se bajó, volvió a cerrar la puerta del coche, aunque antes había echado el seguro, como el de las demás puertas, que también estaba echado. Luego encendió el cigarrillo. Después miró al otro lado del canal, a la carretera de Pavía, por donde, por la hora, los coches pasaban muy de vez en cuando, y esto también estaba calculado. Luego, como si estuviera paseando, se dirigió a la parte posterior del coche, un turismo modesto y ligero de laFiat, del que desconocía el nombre del modelo, pero del que había sopesado sus posibilidades y cualidades para el propósito que deseaba alcanzar.

El caso es que en medio había un canal que se llamaba Alzaia Naviglio Pavese, nombre muy difícil para una norteamericana como ella, e incomprensible. Su profesor de italiano en San Francisco, en Arizona —que nada tiene que ver con el otro San Francisco—, no se había andado con sutilezas y no le dijo que «alzaia» era el nombre de la cuerda con que remolcan, desde tierra —en cierto sentido, levantan— barcas y barquichuelos contra la corriente de un río o de un canal, pero no era precisamente la etimología, la filología de aquel nombre lo que a ella le interesaba, sino la maravillosa situación de un canal entre dos carreteras, y el hecho de que en aquella estación las aguas del canal estuvieran altas, y que la carretera mayor y asfaltada fuese una carretera estatal, denominación oficial que ella había estudiadocon empeño —Carretera Estatal núm. 35 de los Giovi—, y la otra, la que no estaba asfaltada, todavía conmovedoramente campesina, era la vieja carretera de la Alzaia.

Y en medio, el canal.

En los canales, si no están secos, hay agua, y aquél no estaba seco; por si fuera poco, ni siquiera tenía pretiles, rampas ni empalizadas: nada. Un coche, en laoscuridad de la noche, podía precipitarse en él sin que nada lo detuviera. Y entonces ella apenas empujó el coche, aquel modelo Fiat del que no sabía el nombre, y todo sucedió con gran precisión y suavidad; ocurrió suavemente en pocos segundos, como ella lo había previsto y organizado; hasta tuvo en cuenta la posición de las ruedas delanteras, que había dejado orientadas hacia la derecha, hacia el canal, y las marchas en punto muerto.

Fue como si empujara un carrito cuesta abajo, y el coche, con aquellos dos abotargados por el pollo con setas, el gorgonzola, las manzanas al horno bien cubiertas de zabaione, la sambuca negra —pagado todo por la norteamericana, a quien ellos, sin duda alguna, debieron de haber considerado tonta como su padre, maestro en tontería—, en fin, el coche, con Adele la Ramera —o bien Adele la Esperanza— y su compañero en el interior, se deslizó sin problemas, con una facilidad maravillosa, al canal, a las profundas aguas del canal, y la zambullida en el agua ocurrió en el preciso instante que ella había deseado, es decir, en el momento en que al otro lado del canal, por la carretera general, la Carretera Estatal núm. 35 de los Giovi, no pasaba ningún coche y la oscuridad era casi completa. Sólo se veían, muy lejanas, las luces de coches distantes que se acercaban.

El agua le salpicó alto, incluso le mojó el rostro, pero no le apagó el cigarrillo.

Luego otra salpicadura, casi sibilante, le dio en el pecho, como el chorro de un surtidor. Nunca se había imaginado que un coche, al caer en el agua, pudiese provocar aquellas fuentes y aquellos chorros. Sintió el cigarrillo empapado y flojo, deshaciéndose ya en sus labios, inequívocamente apagado, y, apartándolo de la boca, escupió aquella mezcla de papel y tabaco mojados; también tenía la cara y los cabellos mojados por la apestosa agua del canal —Alzaia Naviglio Pavese—, y se quedó esperando las burbujas en el agua…

Título: Traidores a todos (PDF-EPUB)
Autores: Giorgio Scerbanenco
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.3 MB
Formato: PDF-EPUB

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Giorgio Scerbanenco - Traidores a todos (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Giorgio Scerbanenco - Traidores a todos (PDF-EPUB) Es difícil matar a dos personas al mismo tiempo, pero ella detuvo el coche en el lugar preciso, que había estudiado muchas veces, casi al milímetro, hasta de noche, reconocible por el curioso, gótico y eiffeliano puentecillo de hierro que cruzaba el canal, y dijo deteniendo el coche justo en el centímetro cuadrado deseado, como se detiene una flecha cuando acierta en el centro del blanco: —Voy a salir a fumar un…

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