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Gilbert Keith Chesterton – La taberna errante (PDP-EPUB)

Gilbert Keith Chesterton – La taberna errante (PDP-EPUB)

Gilbert Keith Chesterton - La taberna errante (PDP-EPUB)

Gilbert Keith Chesterton – La taberna errante (PDP-EPUB)

Introduccion del Libro Gilbert Keith Chesterton – La taberna errante (PDP-EPUB)

En un momento de su juventud y según propia confesión, G. K. Chesterton estuvo a punto de rodar hacia la mente y acabó elevándose hacia las cosas. El autor inglés, que defendió a algunas grandes personalidades porque transportaban una mayor cuota de «impersonalidad», era un hombre modesto y no nos habla apenas en su autobiografía de la naturaleza de esta crisis ni nos aclara el contenido de esa «exuberancia imaginativa» que le llevó a «imaginar las más depravadas atrocidades y los peores desatinos», pero sí sabemos que a ese accidente que lo salvó en su juventud unas veces lo llama cristianismo y otras veces sencillamente salud y sabemos también que tiene que ver con el hecho de «mirar hacia afuera» y de «pasar buenos ratos». Cuando estaba casi condenado a creer en «el solo pensamiento» — hasta el punto de aficionarse al espiritismo y participar en sesiones de ouija— descubrió el sentido común, que es un sentido porque es él el que nos descubre las cosas y que es común porque sólo se activa a partir de un suelo compartido. A ese suelo común, el único en el que pueden germinar los dientes de león, la cerveza y las asambleas políticas, a Chesterton le pareció bien llamarlo Dios.

En el prólogo a El club de los negocios raros, Borges lamenta que un hombre tan ingenioso incubase siempre en sus relatos un germen de moralismo. Si Chesterton fue un moralista —pardiez— lo fue de un modo bastante raro, como bien lo demuestra el escándalo con el que, hace no muchos años, fue recibida en las comunidades cristianas de EEUU una antología de sus ensayos. Contra el aborto, Chesterton defendía el infanticidio; frente al suicidio, elogiaba el asesinato; y con tal de no ser vegetariano se inclinaba al canibalismo. A la bonhomía de un pacifismo abstracto, oponía siempre la superioridad de un plan de ataque bien diseñado. Cuando el buen párroco de la aldea en la que acababa de pronunciar una conferencia le ofrecía un té, Chesterton cruzaba la calle y se metía en la taberna. Cuando tenía que entregar un artículo al día siguiente, su mujer le encerraba con llave en el despacho para que no saliera a cantar baladas inglesas con sus amigotes. Y como para demostrar que nunca se hace el ridículo cuando uno se ríe de sí mismo, incluso aceptó disfrazar su robusta humanidad de pistolero, con cartucheras y sombrero tejano, para protagonizar una película del Oeste, dirigida por sir James Barrie, que nunca llegó a estrenarse.

Chesterton quizás hubiese admirado la exquisita factura de los poemas de Borges y la sutileza de sus enigmas, pero hubiese incluido con un bostezo al argentino entre esos «deístas tristes» a los que abrumó toda su vida con un granizo de paradojas. Borges era un genio hosco, gruñón, altivo, ascético; tenía todo el empaque de un predicador y Chesterton, que los conoció de todas las clases, no podía sufrir a los predicadores. Ya predicasen el arte por el arte, el socialismo o el nombre de Cristo, siempre le pareció más decisivo, a la hora de clasificarlos, el temperamento que todos ellos compartían que las doctrinas que los enfrentaban. Nunca predicó contra ellos; los desnudó a golpes de razonamiento, los azotó, sacudió y derribó con sus argumentos e incluso arrojó a uno de ellos —o lo intentó— por la ventana. Sobre todo, les ofreció a cambio «los restos del naufragio» a los que llamamos mundo, con sus desconcertantes, loquísimas frases victorianas, para que pudiesen agarrarse a algo en el caso muy improbable de que no prefiriesen ahogarse. A los predicadores de izquierdas les reprochaba el «materialismo místico» en el que disolvían todas las diferencias, hasta el punto de no distinguir entre un cardo y una estrella o entre un clavo y una mano y al extremo de no reconocer que, por pocas que sean, las cosas buenas de este mundo son buenas. A los predicadores de derechas les afeaba su aristocratismo nihilista, que sacrificaba el patriotismo al imperialismo y los vicios más decentes a las virtudes más criminales. No soportaba a los escépticos que no creían ni en la tabla de multiplicar ni en los milagros, pero sí en los periódicos y las enciclopedias; ni a esos otros que, al mismo tiempo que sospechaban del arte, se vanagloriaban de sus propias obras.

Tampoco soportaba a los creyentes desmesurados incapaces de medir una castaña y, aún menos, una montaña, tan ocupados en dejarse devorar por Dios como para desdeñar comerse un pollo; ni a esos otros tan henchidos de fe que dudaban de sus propios razonamientos y temían sus pasatiempos. A unos y a otros les reprochaba, en definitiva, lo mismo: que nunca estuviesen de humor para las cosas y que, a fuerza de no apoyar en nada su lógica o sus misterios, acabasen por predicar —y promover— la Nada contra los hombres. El cristianismo de Chesterton era tan raro como su moralismo: era una batalla para conquistar flores y bares, para hacer realidad las piedras, las parras y los niños, para convertir el vino en vino y en pan los panes, para materializar, en definitiva, la existencia de las cosas en un mundo dominado por «dos sexos y un sol», despojos en la playa que era urgente no perder, pero a los que quizás no hacía falta agregar ya nada más. Por eso, cuando Chesterton se puso a escribir vidas de santos, no pensó en el «oriental» San Antonio ni en los ambiciosos Santo Domingo o San Ignacio ni en el sutilísimo San Agustín; pensó en San Francisco, que llamaba «hermanitos» a los osos y a las nubes, y en Santo Tomás, que sentía la muy pedestre manía de inducir e inducir para llegar lo más lejos posible por una pasarela de concreciones. Frente al «materialismo abstracto» de los ateos, Chesterton reivindicaba el «misticismo concreto» del hombre ordinario. Por eso, al contrario, se rió siempre de los libertarios de salón que se azacanaban de club en club y de conferencia en conferencia obsesionados con «abrir las mentes» de los hombres: pues «(estos audaces) pensaban que el objetivo de abrir las mentes es simplemente abrirlas, mientras que yo estoy absolutamente convencido de que el objetivo de abrir la mente, como el de abrir la boca, es cerrarla de nuevo sobre algo sólido».

Título: La taberna errante (PDP-EPUB)
Autores: Gilbert Keith Chesterton
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.6 MB
Formato: PDF-EPUB

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Gilbert Keith Chesterton - La taberna errante (PDP-EPUB) Introduccion del Libro Gilbert Keith Chesterton - La taberna errante (PDP-EPUB) En un momento de su juventud y según propia confesión, G. K. Chesterton estuvo a punto de rodar hacia la mente y acabó elevándose hacia las cosas. El autor inglés, que defendió a algunas grandes personalidades porque transportaban una mayor cuota de «impersonalidad», era un hombre modesto y no nos habla apenas en su autobiografía de la naturaleza de esta crisis ni nos aclara el contenido de esa «exuberancia…

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