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Gilbert Keith Chesterton – El poeta y los lunáticos (PDP-EPUB)

Gilbert Keith Chesterton – El poeta y los lunáticos (PDP-EPUB)

Gilbert Keith Chesterton - El poeta y los lunáticos (PDP-EPUB)

Gilbert Keith Chesterton – El poeta y los lunáticos (PDP-EPUB)

Introduccion del Libro Gilbert Keith Chesterton – El poeta y los lunáticos (PDP-EPUB)

La posada tenía por nombre El Sol Naciente aunque su apariencia hubiera justificado que se llamase El Sol Poniente. Estaba justo en medio de un jardín triangular no tan verde como gris, un jardín de setos arruinados por la invasión de los hierbajos de las riberas del río; tenía el jardín, además, unas glorietas de techos y bancos igualmente arruinados, y una fuente renegrida y seca, coronada por una ninfa de la que únicamente eran destacables sus manchas de humedad y los desconchones.

La posada en sí parecía más devorada que ornada por la hiedra y daba la impresión de que su antiguo armazón de ladrillos oscuros había sido corroído despaciosamente por las garras de los dragones que moraban en lo que en sí mismo era un gran parásito. Por su parte trasera, la posada daba a un camino estrecho y por lo general desierto, que a través de la colina conducía hasta un vado, hoy fuera de uso tras la reciente construcción de un puente, un buen trecho río abajo. Junto a la puerta de entrada había un banco y una mesa; sobre ésta, en un tablero, el nombre del hostal, con un sol que en tiempos fue de oro y ahora pardo, dibujado en el centro.

De pie, en el umbral, contemplando tristemente el camino, pues no miraba la belleza de la puesta del sol, se hallaba el posadero, un hombre de cabello negro y lacio, de rostro congestionado y purpúreo, no obstante lo cual mostraba los rasgos inequívocos de la melancolía. Pero había también una persona que demostraba cierta vitalidad: justo quien se iba en ese momento. El primer y único cliente en muchos meses. Una especie de solitaria golondrina que no había hecho verano y que ahora continuaba su peregrinar.

Era un médico de vacaciones; un hombre aún joven, menudo y bastante feo, pero de fealdad no del todo desagradable; un hombre de rostro demacrado mas con una sempiterna expresión de ironía, que tenía los cabellos rojos. La cualidad felina de sus movimientos contrastaba vivamente con la inerte ruindad, o con el evidente estancamiento, de la posada. Justo en ese preciso momento terminaba el joven médico de apretar las correas de su maleta sobre la mesa de la entrada, bajo el rótulo con el nombre del hostal. Ni el hostelero que lo miraba ahora apenas a un metro de distancia, ni la criada que iba de un lado a otro en el interior, en la penumbra del hostal, la única criada de la casa, se ofrecieron a echarle una mano, bien fuera por pereza o por falta de costumbre, bien fuese por despiste.

Dos secos restallidos rompieron pronto el silencio, del cual también sería difícil decir si era un silencio activo o un silencio aletargado. Primero fue la rotura abrupta de la correa de la maleta que el médico apretaba justo en ese instante. Después fue la violenta aunque jovial maldición que brotó de sus labios mientras contemplaba la correa rota.

—Vaya, esto era lo único que me faltaba —dijo casi de inmediato el joven médico, que tenía por apellido el de Garth—; no tendré otro remedio que hacer un nudo como sea… ¿Tendría usted una cuerda, un cordel… cualquier cosa?

El posadero de expresión melancólica dio una media vuelta muy despaciosa y entró en la casa sin decir palabra, para salir no mucho rato después con un trozo de cuerda lleno de polvo, que debió de ser parte, en otro tiempo, del ronzal quizás de un asno, quizás de una ternera.

—Es todo lo que he podido encontrar —dijo el posadero—. Hace tanto tiempo que no ato nada…

—Parece usted un poco deprimido, señor —observó el joven doctor Garth—; acaso le viniera bien un tónico… Mire, quizás se me haya roto esta correa del botiquín para proporcionárselo, veamos…

—Ácido prúsico, eso es lo que necesito yo —dijo el propietario del hostal El Sol Naciente.

—Nunca lo receto —respondió sonriente el médico—. Puede que el primer trago resulte grato, pero no estoy yo muy seguro de sus efectos secundarios… Sí, caballero; lo veo a usted muy preocupado… Ni siquiera ha mudado el semblante por otro más alegre cuando le he pagado la cuenta sin rechistar.

—Se lo agradezco mucho, caballero —gruñó el posadero—, pero comprenda que necesitaría que me pagaran muchas cuentas más como la suya, para conseguir que este viejo barracón no se caiga cualquier día, de una vez por todas. Hace tiempo fue un buen negocio, cuando este camino era de paso obligado para todo el mundo, el camino más recto, cuando todos habían de pasar forzosamente por el vado… Pero, ya sabe… Primero, el último propietario de tierras que hubo por aquí cerró el camino…

Y poco después, aprovechándose de eso, construyeron el puente una milla más abajo.

Ya nadie cruza por aquí… Y no sé, la verdad, qué se le ha podido perder a usted por estos pagos, dicho sea con el mayor de los respetos, señor…

—He oído decir que el nuevo propietario está en la más completa ruina —observó el doctor Garth—. Ya ve usted cómo es la vida, siempre se toma la conveniente venganza… Es un tal Westermaine, ¿no? He oído decir, igualmente, que vive con una hermana allá arriba, en la gran casa que tuvo el último gran terrateniente al que aludió usted, pero que lo hacen ambos en la más absoluta miseria… Al parecer todo por aquí es miserable… Esta región es una auténtica ruina, sí, eso he oído decir… No obstante, no creo que sea justo sostener lo que usted sostiene, eso de que nadie se deja caer por aquí —añadió acrecentando su sonrisa—, porque veo ahora mismo que dos hombres vienen colina abajo, en esta dirección…

Título: El poeta y los lunáticos (PDP-EPUB)
Autores: Gilbert Keith Chesterton
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.4 MB
Formato: PDF-EPUB

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Gilbert Keith Chesterton - El poeta y los lunáticos (PDP-EPUB) Introduccion del Libro Gilbert Keith Chesterton - El poeta y los lunáticos (PDP-EPUB) La posada tenía por nombre El Sol Naciente aunque su apariencia hubiera justificado que se llamase El Sol Poniente. Estaba justo en medio de un jardín triangular no tan verde como gris, un jardín de setos arruinados por la invasión de los hierbajos de las riberas del río; tenía el jardín, además, unas glorietas de techos y bancos igualmente arruinados, y una fuente…

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