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Georges Simenon – El presidente (PDF-EPUB)

Georges Simenon – El presidente (PDF-EPUB)

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Georges Simenon – El presidente (PDF-EPUB)

Introduccion del Libro Georges Simenon – El presidente (PDF-EPUB)

Hacía más de una hora que no se movía, sentado en el viejo sillón Luis Felipe de respaldo casi recto, que había él trasladado de ministerio en ministerio y que era ya legendario.

Creían que dormía cuando se quedaba así, con los ojos cerrados, alzando, de cuando en cuando, un párpado para asestar una fugaz mirada. No sólo no dormía sino que tenía una idea precisa del aspecto que presentaba, con el torso un poco rígido dentro de una chaqueta demasiado holgada que hacía pensar en una levita, la barbilla sostenida por un cuello duro muy alto, indumento que mostraba en todas las fotografías y que usaba como uniforme desde el momento en que salía de su habitación, por la mañana.

Su piel hacíase de año en año más fina, más lisa, moteada de manchas blancas que le daban el aspecto de mármol, y que, ahora, dibujaba los pómulos salientes, ceñía los contornos del esqueleto, de modo que sus rasgos, al hacerse cada día más marcados, parecían depurarse. Una vez en el pueblo oyó a un chiquillo gritar a otro:

—¡Mira el tío «Calavera»!

A un metro apenas del fuego de leños que las ráfagas hacían crepitar a veces, permanecía inmóvil, con las manos cruzadas sobre el vientre en la postura que las colocarían después de su tocado mortuorio. ¿Se atreverían entonces a ponerle un rosario entre los dedos, como hicieron con uno de sus colegas que había sido varias veces presidente del Consejo también, y uno de los más altos grados de la Logia?

Sucedíale cada vez con mayor frecuencia —a cualquier hora del día, pero sobre todo a la caída de la tarde, cuando la señorita Milleran, su secretaria, entraba sin hacer ruido, sin agitar el aire, a encender la lámpara con pantalla de pergamino de su despacho y se retiraba a la habitación contigua— envolverse así en inmovilidad y silencio; y era como si hubiera levantado un muro a su alrededor, o más bien como si se acurrucase ceñidamente en una manta para no sentir más que su vida personal.

¿Se amodorraba a veces? Aunque así fuera, se negaba a admitirlo, persuadido de que su espíritu permanecía despierto; y para probárselo a él mismo, para probarlo a los que le rodeaban, se divertía llegada la ocasión, en describir las idas y venidas de cada cual.

Aquella tarde, por ejemplo, la señorita Milleran —el apellido a falta de una letra de un antiguo colega que había sido presidente de la República, aunque no por mucho tiempo, es cierto— entró dos veces de puntillas, y la segunda, después de comprobar que él no había muerto, que su pecho se levantaba todavía al ritmo de su respiración, empujó un leño que amenazaba con rodar sobre la alfombra.

Había él escogido, para hacer de ella su rincón preferido, la habitación más cercana a su dormitorio; y la mesa de madera maciza, ni barnizada ni encerada, tenía la tosquedad de una mesa de carnicero.

Era su famoso despacho, tantas veces fotografiado, que formaba ya en lo sucesivo parte también de la leyenda, como los menores recovecos de las Ebergues. El mundo entero sabía que su habitación parecía una celda frailuna, que las paredes estaban encaladas y que el Presidente dormía en una cama de hierro.

Se conocían, bajo todos sus aspectos, las cuatro habitaciones bajas de techo, antiguas cuadras o establos, entre las cuales habíanse suprimido las puertas y que estaban cubiertas, de arriba abajo, de estantes de pino y de libros.

¿Qué hacía la señorita Milleran mientras que él permanecía con los ojos cerrados?

No la había dictado nada. No tenía ninguna carta que contestar. No hacía labores de punto, no cosía. Y por la mañana era cuando ella recorría los diarios para indicarle, señalando con lápiz rojo, los artículos que podían interesarle.

Estaba persuadido de que ella tomaba notas, un poco a la manera de ciertos animales que amontonan en su madriguera todo lo que encuentran, y que, una vez que él hubiera muerto, escribiría sus memorias. Intentó a menudo sorprenderla, sin conseguirlo. Con el pretexto de mortificarla, habíase esforzado, sin éxito tampoco, en arrancarla una confesión.

Título:El presidente (PDF-EPUB)
Autores: Georges Simenon
Tipo: Libro
Idioma: Español
Peso: 1.2 MB
Formato: PDF-EPUB

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Georges Simenon - El presidente (PDF-EPUB) Introduccion del Libro Georges Simenon - El presidente (PDF-EPUB) Hacía más de una hora que no se movía, sentado en el viejo sillón Luis Felipe de respaldo casi recto, que había él trasladado de ministerio en ministerio y que era ya legendario. Creían que dormía cuando se quedaba así, con los ojos cerrados, alzando, de cuando en cuando, un párpado para asestar una fugaz mirada. No sólo no dormía sino que tenía una idea precisa del aspecto que presentaba, con el torso un poco…

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